sábado, 9 de abril de 2011

Alejandro Jodorowsky en el Cinéma du Parc


Yo me enteré de su visita desde principios de este año. O quizás haya sido desde finales del año pasado. No recuerdo cuándo con exactitud. Pero sí supe que Alejandro Jodorowsky iba a estar en Montreal invitado por una cosa llamada Universidad de Foulosophie (ni idea de qué sea esa payasada). Lo supe cuando vi un cartel o panfleto en el videoclub “La Boîte Noire”. Sí, el titiritero, el mimo, el psicomago, el psicochamán, el actor, el escritor, el cineasta (todo él y todos ellos) estuvo la semana pasada en Montreal. Aprovechando esa visita decidieron hacerle un homenaje en el marco del Festival de Cine Latinoamericano de Montreal. De él había leído El maestro y la magas (2005), había visto Fando y Lys (1968), El Topo (1970) y la que para mí es su obra maestra en cine La montaña sagrada (1973). Una nota en la sección de cine de La Presse anunciaba su próximo arribo algunas semanas antes, recordaba que Jodorowsky había estado en Montreal en los años setenta. Acá vino para los estrenos de El Topo y La montaña sagrada. La nota reproducía una foto suya de aquella época, foto en la cual aparece al lado de un caballo blanco. Quién sabe si eso se haya tratado de uno de sus efímeros-pánicos. Lo cierto es que Jodorowsky cuenta en La danza de la realidad (2001) que cuando formaba parte de la compañía de Marcel Marceau, también en aquella época ya lejana, había visitado Montreal, esperando en un cuarto oscuro que le concedieran una visa para entrar a Estados Unidos.
Me entero entonces por la publicidad y por el sitio del Cinéma du Parc que Jodorowsky estará en el festival fílmico para presentar dos de sus películas. No lo dudo. Puede que la oportunidad de verlo en persona no se presente en el futuro así diga que piensa vivir hasta los ciento cincuenta años. Tan pronto se anuncia la visita en La Presse, esa semana desaparecen las películas del estante dedicado a su obra fílmica en “La Boîte Noire”. Parece que algo de interés ha suscitado el anuncio, tanto así que los curiosos han decidido rentar sus películas y tal vez enterarse, como yo lo hice hace algunos meses, de quién es este hombre. Otros ya lo sabrán desde hace muchos años. Aquí no escasean los jipis de mediana edad. El tiempo pasa muy rápido. Ahora estamos a veintidós de marzo. Es martes. Es el día en que se publica el programa del festival y por lo tanto el primero en que se empiezan a vender los boletos. Tengo constantes fantasías de desastre. En mi mente todo siempre saldrá mal así planee mis movimientos con minuciosidad para que el azar no me traicione. Pienso que, como si fuera un concierto de Lady Gaga, los boletos para las películas de Jodorowsky se van a acabar a las horas de comenzada la venta. Veo a qué hora son las funciones en el Cinéma du Parc y entre una y otra bajo. Faltan quince minutos para las siete de la noche. El chavo de la taquilla parece no saber ni de qué le estoy hablando cuando le digo que quiero comprar boletos para el festival. Llama a ese santoclós de barba punk que es Roland Smith, el dueño del cine, el que lo salvara luego de aquel deprimente verano en que cerró sus puertas, y tras intentar en la computadora varias veces Smith, algo impaciente, me dice que espere hasta que los programas del festival estén impresos y que mejor regrese el viernes. Tengo que repetirme que los boletos no se van a acabar, que no habrá multitudes delirantes esperando ver a Jodorowsky. El sábado regreso y sin ningún problema compro el boleto para La montaña sagrada y para otra película más programada en el festival, una de Álex de la Iglesia. Así, con una semana de anticipación, ya tengo mi entrada.
Durante la semana he estado leyendo La danza de la realidad, autobiografía del maestro. Termino la lectura casi en sincronía, un día antes de la proyección del filme. Es un buen augurio. Ese sábado, el dos de abril, no me levanto ni tarde ni temprano. Pero ya desde la mañana llega la usual desesperación. Cargo la batería de mi cámara. Y eso que casi nunca la uso. No tendría por qué estar agotada la pila. Aun así, la cargo. Llevo mi ejemplar de La danza… por si acaso se da la oportunidad de pedirle una firma al maestro. Pero desde antes me digo que me conformo con sacarle una foto o un video con mi cámara. Eso porque la firma de libros me la he perdido. Fue el día anterior justo a mediodía, un viernes en que enseño español durante casi toda la mañana y parte de la tarde. Salgo de mi departamento cuarenta y cinco minutos antes de la hora programada. Camino por las calles de mi barrio pues qué caso tiene llegar a barrer. Hace mucho viento. Es, sin embargo, un día soleado. Estoy frente a la entrada del cine a las dos y media. Ya el acceso está abierto. Como no veo una multitud peleándose entre sí para entrar espero un poco. Unos minutos acaso. Finalmente entro. Faltan todavía veinte minutos y la sala no está llena. Trato de sentarme estratégicamente lo más cerca de donde colocaron un micrófono en el lado derecho de la sala; pero evito hacerlo en algún lugar de la primera fila pues ya sé que en ocasiones como la presente ésos los reservan para los invitados especiales entre los que seguramente estará Alejandro Jodorowsky. Oigo a la gente hablar en inglés y en francés. Hay jóvenes y otros no tanto. Muchos de los presentes llevan por fuera, en su cáscara, la admiración por el maestro. Son de los que ostentan tatuajes, rastas, perforaciones, ropa oscura. Son jipis trasnochados. Tampoco faltan los darquetos. Trato de distraerme con el libro que he estado leyendo, uno de una autora colombiana; pero no puedo concentrarme en la lectura. Por ahí, a lo lejos, oigo el rumor de que Jodorowsky no aparecerá hasta el final de la película. No me extraña. Me lo imagino rodeado de un cortejo que lo lleva de acá para allá, de presentación en presentación. La sala está repleta para las tres. Entonces aparece Roland Smith acompañado de otro hombre ya mayor. Por supuesto, Smith anuncia que Jodorowsky llegará hasta después de la película y como premio de consolación nos presenta al distribuidor de La montaña sagrada en Montreal durante los años setenta. Luego de algunas palabras que rememoraron esa época, luego de contarnos el distribuidor cómo arriesgó todo su dinero para traer La montaña sagrada y cómo ésta resultó un éxito, las luces se apagan y la cinta da inicio.
Faltando quince minutos para que finalice la película se siente cierta conmoción en la sala. No necesito ni voltear para saber que Alejandro Jodorowsky ha llegado acompañado de su cortejo. Alguien le pide al parroquiano que está en la butaca de adelante de la mía que se levante para cederle su lugar al maestro. En cuestión de segundos Jodorowsky, vestido completamente de un negro que contrasta con sus canas, está sentado delante de mí. Preparo mi cámara. La pongo en la función de tomar video. Es la primera vez que veo el reflejo no sólo del director sino de uno de los actores de una cinta en la realidad. Ahí, delante de mí, están los dos Alejandros, el joven y el viejo. “Zoom back, camera!”, dice Jodorowsky en la pantalla y en inglés con su marcado acento. Nunca antes me ha ocurrido lo que veo. Se oyen los primeros aplausos. Tan pronto se torna nívea por completo la pantalla, empiezo a tomar el video de la entrada anterior. Cuando se encienden las luces, un hombre de la tal Universidad de Foulosophie presenta a Jodorowsky. Él pasa a donde está el micrófono, mientras una molesta fotógrafa revolotea a su alrededor para sacarle fotos con un flash enceguecedor. Jodorowsky habla y nos dice lo siguiente en francés (hago aquí una mala traducción porque ni su manejo del francés ni el mío son los mejores): “Bien, cada vez que me piden presentar la película porque me van a hacer preguntas al final, nadie me hace preguntas. Pero tengo cinco minutos ya que me dicen que la otra película está a punto comenzar. ¿Qué quieren que les diga en cinco minutos? Los años pasaron y la gente me dice que antes el mundo era ingenuo, que se podía hacer eso, que ahora es más difícil. Quiero contarles que sí fue muy difícil rodar la película. En momentos me perseguían, querían matarme. Me pusieron un revólver en el pecho. Tuve que escaparme de México porque creían que haría una misa negra en la Basílica de Guadalupe, que me burlaría de quién sabe qué. El secretario de Gobernación me prohibió sacar algún uniforme en la película. Ni siquiera de bombero. Nada. Entonces me escapé a los Estados Unidos con el material. Ni siquiera podía hablar inglés bien. Pero el filme está aquí. ¿Qué quieren que les diga? Después envejecí. Todavía estoy vivo. Salí de la película y llegué aquí con ustedes. Entonces si quieren que les diga algo…” Pero Jodorowsky no dice nada más. Vienen otra vez los aplausos. Tan pronto terminan, Smith anuncia que Jodorowsky se va a la otra sala donde presentarán Santa Sangre (1989). Así tan rápido como ha entrado, el maestro sale. Cuando dejo la sala ya no hay ni rastro del cineasta. Me encojo de hombros y salgo del lugar. Subo a mi departamento y me apresto para ver Santa Sangre, ya no en presencia de su director ni de tantos otros desconocidos, sino en DVD y en la comodidad de mi guarida.
La visita de Jodorowsky termina el domingo cuando es trasmitido “Tout le monde en parle” por Radio Canadá. El citado programa es una adaptación (o copia barata si se quiere) del homónimo francés. Seguramente Jodorowsky ya dejó Montreal; pero este programa se habrá grabado días antes. Como me sucede cada fin de semana que le echo un vistazo a las personalidades que aparecen en dicha emisión, me quedo con signos de interrogación en la cara ante todos esos nombres de artistas, deportistas o políticos completamente desconocidos para mí. Es extraño. No tengo manera de comprobarlo; pero parecería que el star system quebequense es tan populoso como el mexicano, aunque cuando el nuestro tiene una clientela de al menos una centena de millones de mexicanos, aquél se alimenta de unos cuantos millones de quebequenses. Como que las proporciones demográficas aparentan ser absurdas. Pero en fin. Me distraigo. El único nombre que sobresale entonces de entre los invitados, la única verdadera estrella de alcances internacionales esta noche de domingo es Alejandro Jodorowsky. Otra vez aparece vestido de negro y no sé por qué pienso que también se encuentra fuera del agua entre tanta frivolidad colorida. Guy A. Lepage, ese hombre que todavía se atreve a llevar un mullet ochentero y que a pesar de su horrenda voz de pito conduce el programa, entabla un diálogo cordial con Jodorowsky. En la mesa también están un bufón cuarentón de cara abotagada y los otros invitados. Es obvio que sus achichincles de detrás de las cámaras le hicieron una buena investigación al señor Paje. El conductor-actor-comediante cita La danza de la realidad. Luego se presentan fragmentos tanto de El Topo como de La montaña sagrada. Después de uno de ellos, el bufón se atreve a preguntarle a Jodorowsky si estaba drogado cuando hizo la película. Pendejo. Al final, como cada semana, sale una edecán de mediocre belleza para recomendar un vino y ofrecérselo a los invitados. Ante la invitación a brindar con los conductores y otros invitados, Jodorowsky dice que él no bebe ni una gota de alcohol (ni se mete drogas ni fuma) y explica que está convencido que todas ellas son formas de envenenarse la sangre y al hacerlo se envenena al mundo entero. El conductor y el bufón del programa exhiben rostros de sorpresa. Tan hipócrita como servilmente se altera la rutina de la emisión. Se guardan el vino y las copas como si un decrépito sacerdote católico del tiempo de la Grande Noirceur acabara de regañarlos por empinar el codo. Nadie les prohibió tomar vino. Pero así de mustia y educadita es esta gente. Jodorowsky se despide y se va. Sin embargo, una vez volviendo de la pausa, las copas y el vino vuelven a aparecer. Los cobardes, que no pudieron beber su vinito frente a Jodorowsky como si éste fuera una abuelita zapatona que les estuviera prohibiendo hacer lo que les diera la gana, brindaron al son de “envenenemos nuestra sangre”. Los idiotas no entendieron nada. Un momento cumbre más de la televisión quebequense que, por cierto, no difiere mucho de la mexicana. Y Jodorowsky, sin darse por aludido, porque dudo que haya visto o le haya importado esta entrevista tan chafa, se regresa a París muy quitado de la pena a seguir leyendo el Tarot, a seguir observando cómo danza la realidad.

Los otros cinco minutos que no presencié. Es decir, Jodorowsky presentando Santa Sangre en otra sala del Cinéma du Parc: http://www.youtube.com/watch?v=UzbiCd4s-9U