jueves, 8 de abril de 2010

Twin Peaks, a veinte años de su nacimiento


Comienzo, para conmemorar este esperado cumpleaños, con otro texto del apartado sobre David Lynch en Vislumbre de cineastas. Nótese lo objetivo que trataba de ser:

Ese mismo año (1990), Lynch estrena en las pantallas televisivas su creación más popular: la serie Twin Peaks (traducida en México con el funesto nombre de Picos Gemelos, mutilada por el doblaje y cuyo primer capítulo estaba disponible en video como El enigma de Twin Peaks). Semejante a Terciopelo azul, Twin Peaks –pueblo donde se desarrolla la acción— tenía como núcleo el asesinato de Laura Palmer (Sheryl Lee de nuevo), una adolescente lúbrica, también hija de familia, cocainómana, reina escolar, prostituta y traficante de drogas, entre otras actividades increíbles por su variedad. El reparto combinaba los actores consentidos del realizador (Kyle MacLachlan, Sherilyn Fenn, Jack Nance, Grace Zabriskie) con viejas glorias (Piper Laurie, Russ Tamblyn) y entonces caras nuevas (Lara Flynn Boyle, James Marshall, Joan Chen). La fotografía, los diálogos y la música eran insuperables. No se escatimaron tampoco las secuencias simbólicas, el humor negro y las visiones. La primera temporada fue un éxito. En la segunda, la cadena norteamericana ABC presionó a los creadores (Lynch y Mark Frost) para que la identidad del asesino saliera a la luz. Con la desaparición del enigma, se esfumó la audiencia y Twin Peaks fue cancelada. Sin embargo, Lynch –terco en su fijación con Laura Palmer— rodó Twin Peaks: Fire Walk with Me, filme donde relata, sin censura, los últimos siete días de la joven. Con un presupuesto menor, una que otra escena superrealista, abucheos en Cannes y el encanto de la Palmer desaparecido –Lee actuaba mejor muerta que viva— Fire Walk with Me se convirtió en otro tropiezo, como Dunas, del director.

Y ahora sí el texto confesional que vengo prometiendo desde hace cinco días:

Corría el año de 1990. Estaba en el segundo de secundaria en la Escuela Carlos Pereyra. Debió suceder durante la tercera semana de abril. Era aquella tarde-noche en que mi hermana Gisel tenía sintonizado en la televisión el canal de la ABC. En aquel entonces la compañía de cable se robaba sin pudor las señales de los canales gringos. Se podían ver los programas de allá sin los retrasos a los que nos tienen acostumbrados actualmente las filiales para Latinoamérica. Mi hermana veía una serie de televisión que, estando en sus primeros episodios, ni siquiera se había convertido todavía en la de moda. Era apenas el tercer capítulo de la serie (el segundo si seguimos el orden impuesto por el DVD en donde el primero no se cuenta por ser el llamado “piloto”) y yo sólo alcancé a ver sobre la pantalla a una joven mujer de suéter y falda tableada bailando muy lentamente al son de una música adormecedora dentro de una cafetería muy del estilo de los años cincuenta en Estados Unidos. Todavía no imaginaba la afición que nacería gracias a aquella serie.
El segundo encuentro, el definitivo, se dio en el Videocentro (franquicia ahora extinta) que la familia de mi mejor amigo Joselo tenía sobre la Saltillo 400. Ahí encontré una película en VHS que se titulaba El enigma de Twin Peaks. En la carátula tenía la imagen azulada de una mujer muerta. Siendo consumidor incansable de películas de terror y de suspenso, no dudé en rentarla. Presenciar aquellas imágenes me dejó tan perplejo como emocionado. A pesar de haber visto —en algún momento de mi infancia y a través de la reja formada por los dedos de mis manos— El hombre elefante (1980), yo no sabía quién era David Lynch. Estaba a punto de descubrirlo. No en el cine sino con una serie de televisión.
Aquella versión internacional del capítulo piloto de Twin Peaks (torpemente traducida a nuestro idioma como Picos Gemelos) preparada por Lynch por si acaso la serie no era escogida para su transmisión, daba fin al enigma de la muerte de Laura Palmer con un epílogo más que alucinante. Tuve mala suerte. Para cuando yo renté la película, la primera temporada de Twin Peaks —compuesta de ocho episodios— ya se había terminado. El 30 de septiembre de 1990 comenzó la segunda y, por supuesto, grabé en un videocassette VHS aquel primer episodio de dos horas. Una y otra vez vi aquellos cortos al inicio, los precedidos por un “previously on Twin Peaks”, para tratar de entender en segundos todo lo ocurrido durante la primera temporada, armar de alguna forma aquel complicado rompecabezas, ensamblar en el nuevo panorama todo aquello que no estaba en el piloto que yo había visto. Aquel pueblo imaginado del noroeste de Estados Unidos, cercano a la frontera con Canadá, enclavado en una región de bosques y montañas, se convirtió en una obsesión que ninguna persona a mi alrededor entendía. Durante muchos años, yo no conocí a nadie que se haya reído siquiera cuando en Los Simpson se parodió el sueño lleno de pistas del agente Dale Cooper en “¿Quién mató al señor Burns?” donde Lisa tomaba el rol del enano y el jefe Wiggum el de Cooper.
Cada semana grababa los episodios y como muchos otros —no en mi país sino en Estados Unidos— me preguntaba quién había asesinado a Laura Palmer pues, para ese entonces, Twin Peaks ya se había transformado en un fenómeno de masas en el país del norte (del sur para mí ahora). Aquella mezcla de intriga policial, telenovela, puntadas de humor negro, magia, ensoñación y perversiones ocultas teniendo como escenario un pueblito en apariencia congelado en los años cincuenta y plagado tanto de secretos como de personajes extraños, era ideal para la imaginación del adolescente que yo era entonces. Habría dado el alma por vivir en un pueblo como ése: un lugar donde se bebía el mejor café y el mejor pie de cereza, donde un crimen se resolvía con las pistas de un sueño, donde el pelo se volvía blanco de la noche a la mañana, donde las señoras con parche poseían fuerza sobrenatural, donde se aparecían enanos bailarines o gigantes estoicos. En fin, donde “siempre hay música en el aire”. Sí, cada semana grababa mi capítulo de Twin Peaks con el anhelo de que no se fuera la luz ni la señal de cable, de que esa tarde no terminara decepcionado ni mentándole su puta madre a la CFE o a Telecable de La Laguna. Lo que por cierto sí ocurrió en cuatro o cinco ocasiones. Tal vez más. Ansioso esperaba esas primeras notas de la canción “Falling”, autoría de Angelo Baladamenti, junto con la imagen del pájaro que ladeaba un poco la cabeza seguido por las del aserradero y la entrada al pueblo de Twin Peaks. Población: 51,201. Y uno más: yo.
Con orgullo llevaba al colegio un cuaderno con la imagen de Laura Palmer muerta en la portada —un recorte que saqué quizás de la revista People y de su lista de las personas más fascinantes del año. Aquél era un personaje que a mí me habría encantado crear con la pluma: una estudiante de preparatoria en apariencia perfecta —reina de su escuela, voluntaria en actividades diversas, hija ejemplar— que por las noches se volvía prostituta o swinger, consumidora y traficante de droga. Y sí, ese rostro de ficción se hallaba petrificado sobre uno de mis cuadernos escolares mientras mis compañeros de clase, ignorando de lo que se trataba, tal vez no me bajaban de necrófilo. Cuando me aburría de mis clases —lo cual no era infrecuente— trataba de escribir de memoria las rimas recitadas por Bob, el espíritu asesino de Laura Palmer: Through the dark of futures past / The magician longs to see / One chants out between two worlds / Fire walk with me / I’ll catch you with my death bag / You may think I’ve gone insane / But I promise / I will kill again. Luego compré el cassette / álbum Floating into the Night (1990) de Julee Cruise con algunas de las canciones que se escuchaban en la serie, canciones como “Falling”, “The Nightingale” o “The World Spins”. Todavía conservo ese cassette que tantas veces fue tocado en estéreos, grabadoras portátiles o en el reproductor de un Dogde blanco que ya debe estar comiendo gusanos en algún deshuesadero de coches.
Incluso cuando se descubrió la identidad del homicida y la serie se fue a pique —o más bien al caer hasta los más profundos avernos del absurdo porque uno de sus creadores originales se hallaba ocupado en gira con Salvaje de corazón— seguí siendo fiel. No lloré a moco tendido cuando la serie fue cancelada porque sabía que podría revisitarla en el futuro, algo que hago de vez en cuando. Sigo siéndole fiel; pero no soy un obsesivo “twinpeakero” al modo de los Trekkies de Viaje a las estrellas. Pero sí puedo confesar que tengo la serie en VHS —no las grabaciones que hice a los quince años, sino la original— y en DVD (en dicho formato por partida doble ya que una versión, la que carece del piloto, se encuentra en Torreón y la otra, la dorada y más reciente que incluye el piloto, me acompaña en Montreal). Así que hoy, 8 de abril de 2010, se cumplen veinte años de que el episodio piloto fuera transmitido por la cadena ABC. Larga vida a Twin Peaks.

La ya legendaria escena del piloto en que los padres de Laura Palmer se enteran de su muerte con Ray Wise, Grace Zabriskie y Michael Ontkean: http://www.youtube.com/watch?v=EUJSMAWFXkY Tan buena que uno no sabe si reír o llorar.