Pensar en el encierro de los niños entalcados de Flores en el ático, me remitió a otra película. También se trata de una cuenta pendiente desde mi niñez. Aunque esta sí es una joya. No sé con exactitud el modo en que la vi. Como muchas otras cintas de esta sección y la de las porquerías, supongo que ocurrió gracias al antediluviano videodisco de la RCA. Pudo haber sido en otro formato: una cinta Beta o VHS. Aunque no lo creo porque mantengo vívida en el recuerdo la carátula del videodisco, la misma que acompaña el principio de este texto. Entre aquella primera vez y la más reciente de 2025, se halla un intervalo de décadas. Cuatro quizás. A pesar del lapso, el cine adquiere para mí la habilidad mágica de dejar una impronta imborrable. Alguien allá arriba me dio la condena de una memoria visual poderosa. Una vez despertadas las remembranzas latentes de la infancia (cinematográficas muchísimas de ellas), logré acordarme de ciertas escenas que creía perdidas en la memoria: ella como cautiva en un sótano de diseño gótico y él cuando le muestra su colección de mariposas (sobre todo, el resplandor de la azul en el centro de un cuadro). También, hacia el desenlace, al golpearlo ella con una pala en la cabeza bajo la lluvia y lo falso, por lo brillante, del color de la sangre. El azul de la mariposa y el rojo de la sangre, reitero. No recordaba para nada el final: el hecho de que ella muera y, una vez revisados sus errores, él salga a buscar a otra mujer para espiar, secuestrar y apresar en su sótano. Algunos años antes de aquel primer encuentro con el largometraje, a Terence Stamp ya antes lo había visto en una sala de cine como Zod en Superman II (1980), pero no hubo manera de que lo relacionara con el villano de esta otra película. Entre el general Zod y el protagonista de The Collector había un gran trecho. Todavía más entre Zod y su papel en Las aventuras de Priscilla, reina del desierto. No creo haber visto tampoco otra cinta en la que participara Samantha Eggar. Quizás sí en alguna de las muchas series gringas en las cuales apareció de forma fugaz como Reportera del crimen, El crucero del amor o La isla de la fantasía. De esas que el canal 5 de Televisa le recetaba al público televidente las noches de entre semana.
Basada en la novela homónima de 1963 del británico John Fowler, el detonante en The Collector es un secuestro. Desde la época de las cavernas quizás. La imagen se ha recreado hasta el hastío: el cavernícola que le da el garrotazo a la hembra para llevársela de las greñas a su cueva. De ahí a las representaciones pictóricas del rapto durante el Barroco. En nuestra época de civilización consumada, el garrotazo cavernario suele convertirse en la dote, la promesa de estabilidad (“el carrito y la casita, mi amor”) o, por otro lado, en tiempos bastante más modernos y liberados, la aceptación de que la mujer vaya a trabajar, se realice, sienta que se vale por sí misma, etcétera. Sin embargo, exista o no matrimonio (o sea, contrato) de por medio, el resultado es el mismo. Una vez que se da la convivencia diaria, el vínculo se torna hacia la codependencia emocional. De esta, al terror a la pérdida de la otra persona y finalmente al ejercicio del control. Que en casos extremos, como el de nuestro protagonista, consiste en el excesivo sobre cualquier conducta por parte de la mujer o sus apéndices (díganse, hijos, si los hubiera). ¿A dónde vas? ¿Con quién andas? ¿Por qué no respondes mis mensajes? Un control no muy disímil al ejercido en el set por un director sobre su actriz protagonista. No hablo de Hitchcock, sino de Wyler, cuyas tácticas para obtener una mejor interpretación por parte de Eggar radicaron en aislarla del resto del equipo de rodaje, aun en recibir un trato distante y frío por parte de Stamp.
En el arranque de El coleccionista (The Collector, 1965) de William Wyler, un golpe de suerte le permite a Freddie (Stamp) comprar una casa aislada en el campo, aunque con un pasado histórico que ignora. De igual manera, esa buena suerte le da los medios para secuestrar a Miranda (Eggar), la mujer de la que se siente prendado y de quien cronometra cada minuto de su rutina diaria. Su intención es mantenerla encerrada en el sótano hasta que lo conozca bien y aprenda a amarlo de la misma manera como él la ama. Aunque basada en la novela de Fowler, la cinta bien podría haberse calcado de una obra de teatro. Después del secuestro en Londres, la mayor parte de la trama consiste en la interacción entre ambos personajes dentro de espacios cerrados. Eso no demerita el impacto de una relación que va más allá de lo tóxico. Desde que Freddie (enmascarado con un nombre falso) le plantea la situación, Miranda trata por diferentes medios de convencerlo de dejarla ir o de escapar: fingir una enfermedad, aprovechar la visita inesperada de un vecino, debatir sobre El guardián entre el centeno o el arte de Picasso e incluso sortear una embarazosa propuesta de matrimonio. Aun al darle por su lado, Freddie lograr oler el fétido olor de la duplicidad. Durante todo su cautiverio, él lucha contra el deseo de poseerla con el pretexto tan británico de que “la respeta demasiado”. Cuando la fecha prometida de liberación llega y se va, todo se prepara para una última confrontación, una última batalla por la libertad. El final nos plantea que el título de El coleccionista va más allá de las mariposas que el protagonista suele cazar. Si en los años 60 una película con esta temática no era nada común, ahora se dan sin levantar mucha ámpula e incluso son receptoras de grandes premios hollywoodenses como ocurriera con La habitación de Lenny Abrahamson hace más de una década.
Un paréntesis suscitado por la pregunta. Qué hay de la maldita soledad. Desde siempre se nos condiciona a ser gregarios puesto que, se argumenta, sin interacción social no hay supervivencia. En ocasiones, el género humano entero cae en conductas irracionales con tal de no ser visto como el solitario. O sentirse como tal. En dicha condición, parece residir una anomalía. ¿Por qué no sonríe? ¿Por qué no habla? ¿Por qué se aparta? O la peor de todas: ¿por qué tan serio? Ya en una ocasión anterior clasifiqué la rola “Pour ne pas vivre seul”, interpretada por Dalida, como gran ejemplo de un tratado sobre la soledad, gran reflexión respecto al tema en unos cuantos versos. (La versión en español de Luz Casal, “Por no vivir a solas”, no le llega a los talones y, aunque se acerca, la letra no es exactamente igual aun aferrándose a la idea principal). A final de cuentas, no hay remedio que valga. Los mensajes de todos se van a quedar sin responder. Las imaginarias idas al café, suspendidas indefinidamente. No solo porque uno no tenga Whats. Alguna otra canción cursi dice que nadie está ni estará completamente de tu lado. Lo cual, también es cierto. Por esa razón, como cantara Iolanda Cristina Gigliotti, “pour ne pas vivre seul (…) on vit (…) avec un croix”. ¿Qué queda ante una desilusión tras otra? Quizás la de creer con firmeza que detrás de aquella imagen constantiniana de una cruz hay un ser divino que sí está del lado de uno, que escucha, protege y ama sin condiciones. Tal vez, ese se transforme en el último refugio que le queda a quien se siente estrangulado por una vejez prematura y, peor aún, alguien que si ya ha perdido a quien más ha amado / deseado / anhelado, por lo tanto, ya lo ha perdido todo. Qué más queda sino la autonegación, el ascetismo, la insularidad, la promesa tal vez vacía de una vida consagrada.
Volviendo ahora sí a la cinta. Esta logra perturbar por la humanización del antihéroe-protagonista, por mostrarnos su torpeza patética para entablar relaciones, esa misma soledad sin bridas del párrafo anterior. Cualquiera en menor o en mayor medida podría identificarse con Freddie. Pero como espectadores, ¿seremos capaces de ponernos en los zapatos de Miranda Grey, el personaje de Eggar? De veras contemplarla como la madre o la hermana desaparecida de las incontables teleseries del hoy muy de moda true crime. Por emplear otro anglicismo, actualmente se habla de incels como algo ultramoderno. Casi siempre para rastrear el origen de una matanza o un tiroteo. Como el que se suscitó el 22 de junio pasado en el barrio de Côte de Neiges en Montreal donde murieron dos personas. Sin embargo, siempre han existido hombres apocados, incapaces de conectar con el resto del mundo y, en específico, con la persona anhelada. Si retrocedemos cuatrocientos veinte años en el tiempo, hallaremos el ejemplo impreso de la pastora Marcela. Con valentía, la mujer se defiende de quienes la acusan de “basilisco” por no corresponder los amores de un tipo que se suicidó a causa, dicen, de su rechazo. Con la lectura de la novela de Cervantes, cualquier asunto se dilucida. Porque el Quijote parece contenerlo todo desde hace siglos. Las redes sociales y las generaciones más jóvenes, con sus etiquetas nuevas para fenómenos viejos, quieren convencernos al resto de la humanidad (los ya avejentados de forma prematura por ellos) de que estos asuntos nacieron en sus mentes. Malas noticias: no es así.
Un alma caritativa subió El coleccionista entera y de muy buena calidad hace varios meses a YouTube. Entonces, acababan de fallecer los actores protagonistas (Stamp, el 17 de agosto de 2025 y Eggar, el 15 de octubre). Por derechos de autor, no hace mucho tumbaron el video y se le puede encontrar actualmente en una versión de calidad rebajada en cierto sitio de Rusia, ahíto de clásicos imposibles de conseguir en los menús de otras plataformas legales, por completo desinteresadas en que las generaciones más jóvenes se familiaricen con la tradición o el canon cinematográficos. Ahí he vuelto a ver además La noche americana y The Go-Between y he visto por vez primera Pépé le Moko, Le jour se lève y Trono de sangre. Logros del cine que no requieren de pantallas gigantes para avasallarnos.
Quién sabe si El coleccionista le haya servido de inspiración a Almodóvar para ¡Átame! o La piel que habito. En la primera, el final es optimista. La mujer se enamora del loco de atar y viven, uno supone, felices para siempre. En la segunda, ella escapa a su cautiverio. Casualmente, el loco de atar es interpretado por el mismo actor con una separación de 21 años: Antonio Banderas. Y, para volver al sótano, el diseño gótico lo volví a ver hace poco en la versión de Guillermo del Toro de Frankenstein. El mismo sitio donde un padre (el creador) mantiene encadenado a su hijo (la criatura).
Más de sesenta años después, la película dirigida por William Wyler sigue perturbando.
—El coleccionista (The Collector, 1965). Dirigida por William Wyler. Producida por Jud Kinberg y John Kohn. Protagonizada por Terence Stamp y Samantha Eggar.
El avance: https://www.youtube.com/watch?v=5CuxkTnu-CA
