Hace algunos antieres subí el texto del presente enlace a esta misma bitácora. Como siento la necesidad de “cerrar ciclos” aquí poco a poco, he decidido complementarlo con la siguiente entrada:
Ni a finales de los años ochenta ni en 2010 pensé que Flores en el ático (Flowers in the Attic) se convertiría en una especie de fenómeno de canal estilo Hallmark (o Lifetime, para ser preciso): más libruchos redactados por un escritor fantasma, precuelas y secuelas en miniseries y por ahí algún refrito de la cinta original de 1987. Uno pensaría que dicho fenómeno no tendría que haber traspasado las fronteras de mi generación, la X. Pero si actualmente algunos de mis alumnos en la universidad siguen escuchando las canciones de Luis Miguel o Timbiriche por la influencia perniciosa de sus padres, ¿qué le vamos a hacer? Llegó el momento de volverse a arranar enfrente de la pantalla chica, poner la película ochentera gracias a la magia gratuita de la plataforma Tubi y hacerle una (in)cierta reevaluación. Quién sabe si saldrá mejor o peor parada.

Los dramas familiares rifan. Así que me alisto para el coro de críos de voz tenebrosa no muy disímil al de Los niños del maíz. Los infames infantes solo nos sirven de fondo musical para mostrar una fortaleza pesimonónica. Supongo que para los años ochenta el género gótico todavía no se había desgastado demasiado. Nomás tantito. Hay una voz femenina que narra. Se trata de la protagonista: Cathy. (Me imagino que, en el libro de doña Andrews, será la narradora. Mentiría si dijera que algún día lo leeré. Aquel interés por la literatura juvenil gringa bestselleriana quedó atrás desde los noventa). En pocas palabras, toda la vida de la ado Cathy se hallaba sumida en un ambiente idílico hasta antes de alojarse en la tétrica casona de su abuelita (¿de Batman?). Habrá que ponerse en antecedentes. La perfecta familia Dollanganger en nuestros tiempos progres habría incitado multitudinarias protestas callejeras por su pigmentocracia (“¿por qué Lupita Nyong’o no puede ser Elena de Troya?, ¿eh?”): todos güeritos, ojiclaros y blancos. Ninguna perfección arcádica ni rubia dura para siempre. Comprobado queda con la llegada de la policía durante el cumpleaños del amado padre (gran casualidad que muriera precisamente entonces) y, al percatarse de la terrible verdad, el grito de “¡nooooooo!” de Cathy (Kristy Swanson), la hija predilecta, la daddy’s little girl. No va a ser el único que pegue durante el filme.

Corrine (Victoria Tennant), la madre, es una atorranta incapaz de laburar. ¿Dónde quedaron las mujeres trabajadoras de los ochenta como las de Cómo eliminar a su jefe, Secretaria ejecutiva, Terri Garr en Mr. Mom o la recientemente fallecida Diane Keaton en Baby Boom? ¿Una viuda de la época no se habría fajado las faldas y puesto las pilas para sacar adelante a sus chilpayates? Esta no. Así que toca volver al remanso de la mansión patriarcal de la cual fue corrida por entrepiernarse con el ahora difunto. Los cinco venden su cantón de white picket fence y emprenden el periplo. Después de una sesuda reflexión en el autobús sobre si sus padres debieron haberles comprado una mascota para enterarse de que la muerte existía, arriban a pie a la casona. Como buenos jodidos. Ni siquiera les mandaron una carcacha desvencijada para recogerlos. La abuelita (Louise Fletcher) es más cercana a Catalina Creel que a Sara García. Pero, a diferencia de la villana coetánea del chongo, la abue de Flores en el ático viste de negro, no usa parche y lleva entre las manos una biblia con la que pretende darles de zapes a estos cuatro engendros del pecado. ¿Por qué se les considera fruto de la maldad más concupiscente? Ah, porque resulta que papá y mamá eran tío y sobrina. ¡Ande! ¡Fúchila! Pior que en la novelucha del Gabo. Para mayor asquito, la abue nunca se cambia de ropa ni de joyas. Le gusta imponer la moda caricatura. Como Marge Simpson.

Pronto se establece el trato: mientras muere el languideciente patriarca de la familia pipirisnáis, la inútil Corrine lo apapachará para que vuelva a incluirla en su testamento. Después, todos serán más ricos que el señor Burns. Mientras tanto, los engendrillos tendrán que permanecer encerrados y bajo llave en un cuarto de la casa. Nadie puede enterarse de su existencia. Muchos menos, el patriarca. No podrán entrar ni salir. Mucho menos, hacer ruido ni escándalo. Aquí entra en juego precisamente la edad de los mellizos chillones y chípiles. Tanto así que en no pocas ocasiones uno se pone sin pudores del lado de la abuela maltratadora cuya fuerza hercúlea le permite levantar por los aires a una niña de cinco años sin ni siquiera doblar las rodillas. Le envidio su espalda de acero. Qué buenos (d)efectos especiales. Viva la viejurria mamada. Especialmente, después de que el niño caníbal le muerde el chabocho chamorro adobado. Carrie (Lindsay Parker) es la típica gringuita de los ochenta, estilo Drew Barrymore en E.T. o la de Poltergeist. El niño, Cory (Ben Ganger), parece un querubín, excepto en los brazos peludos que bien pudieran pertenecer a un licántropo. Sin embargo, entre Cathy y Chris, su hermano mayor, existe una gran disparidad. (The gap between us is too wide, dice la letra de una rola cursi que actualmente me hace llorar sin excepción). El actor que lo interpreta (Jeb Stuart Adams) ya tenía 26 años para 1987. Diez menos de lo que se supone que debería tener en la peli y vaya que se nota la “diferiencia”. Especialmente, en una de las escenas iniciales en que corre como baboso a abrazar a su papaíto o en las que Cathy está muy sensual en la tina del baño y él anda merodeando por ahí. ¡Guácala con el sátiro pervertidor! Más adecuada en la edad para su papel era Kristy “Cazavampiros” Swanson. Apenas los sweet 16 cuando se produjo este crédito. Empero, su inexperiencia resulta notable. En demasía. Sobre todo, para llevar la mayor parte del peso de la peli sobre sus hombros.
Total que los chamacos se quedan encerrados en el cuarto. Al menos, por unas escaleras adyacentes se puede subir a un ático el cual les servirá de patio o jardín. C’est pas si pire. De ahí, el poético título de la obra original. Ah, qué bonito lo bonito. Volvamos a los dilemas de la abue. Sí, tan pituca, estirada, autoritaria y ricachona, pero por qué no le pide a una humilde fámula que les lleve el desayuno todos los días a los ora sí que huercos (gracias, Gabriel Zaid, por recordarme que la palabrita viene del latín Orcus). Quizás sería porque, de no hacerlo así, eventualmente habría que matar a la sirvienta para que no raje de que hay unos morritos encerrados en el cuarto que da al ático. Hablando de criadas bien criadas, la veintiúnica que aparece durante toda la película, mientras limpia una ventana, no es otra que la propia autora del bestseller en que se basa esto: V.C. Andrews. O sea, cameo gratuito. Como los de Hitch. Quienes un poco más intervienen en la trama dentro del servicio doméstico son el jardinero (Gus Peters) y el mayordomo (Alex Koba). El primero no es muy diferente a Willie, el de Los Simpson: solo le falta abrir la boca y empezar a hablar con acento escocés. El problema para Peters es que no nos despejará la duda: su personaje carece de parlamentos. Igual le ocurre al segundo. Y ni hablemos del moribundo abuelo (Nathan Davis). ¿Pasaría Flores en el ático el test de Bechler?

Otro problema surge con lo visto hasta ahora. La ubicación en el tiempo. Ya nos había sembrado la duda el hecho de que la viuda fuera tan bolsona. Uno se pregunta con pasmosa constancia en qué época se supone que está transcurriendo la trama. Un respeto a las figuras de autoridad se daba de forma más común y con mayor frecuencia en los años cincuenta. Gran diferencia entre finales de los ochenta y la mentada década, cuando se supone que se ubica la novela. Sí, está bien. Uno entiende. Por alguna razón, los ochenta estadounidenses de Reagan-Bush se sentían como un recliclado de la ñoñez de los cincuenta. No hubo pocas historias como esta o la de Footloose, donde padres extremadamente religiosos hacían de las suyas con su represión y la juventud se sublevaba contra la autoridad porque no los dejaban mover el bote. Aunque, claro, se podría alegar que quedan zonas del mundo que todavía viven en la Edad Media. Muy patriarcal el sistema. Sin embargo, aquí el don está confinado a una cama y quien da los golpes y latigazos es la abuela Hulk. Bien les hubiera valido poner en la banda sonora la conocida canción de Cri-Cri. Di por qué, dime abuelita, di por qué, eres cabroncita. En fin. No entiendo por qué un peladote como el tal Chris no se puede descontar desde un comienzo a la vetusta Morla y escapar con sus hermanos. Pero de eso se trataban los ochenta: de jugar a que a uno lo reprimían como si estuviera en los cincuenta.
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El segundo “¡nooooo!” de la Cathy se da cuando la méndiga abue metiche descubre a los chavitos durmiendo de forma “mixta” y, para ella, pecaminosa en la misma cama y, en venganza, destruye una bailarina / un joyero / una caja musical (todo en uno) que le había regalado el padre al comienzo de la película. Este “¡noooo!” es más llorón y quejica que el del principio. Además de que está en cámara lenta. Zach Snyder habría tenido un orgasmo. Después de un intento fallido de fuga, la inútil y desaparecida madre regresa, toda arreglada y en mood Rosita Fresita. Se ha convertido en una rich bitch por excelencia. Más que con la voz distinguida de Victoria Tennant, me la imagino con la de mi maestra de la materia de Taller de redacción de la prepa, una poupée descerebrada de familia dizque gachupina: “O sea, niños, ya mero se muere mi papi. Pérense tantitito, gachos”. (Inserte aquí el tono más fresa que pueda usted imaginarse y del que hiciera escuela Luis de Alba con su personaje del Pirruris). Aquella lejana fresa fracasada metida con calzador a maestra de prepa nos pedía hablar con buena dicción cuando ella era incapaz de sacarse la papota de la boca. Paradojas de la educación jesuita.
Llega por fin una de mis partes favoritas desde que vi esto en la pubertad. Attache ta tuque! Cuando la abuelita cacha a los hermanos mayores hablando mientras Swanson está encuerada y sensual en la tina de baño y les grita “¡Sinners!”. Después de que se me quedara tatuada en el cerebro otra voz, la de Louise Fletcher, andaba por la casa familiar imitándola al grito de “¡Sinners!” por doquier, grito lanzado a quien se me pusiera enfrente. Total que el hermano ora sí muy gallito se le pone al tú por tú a la abue y logra que huya avergonzada del cuarto. Sin embargo, las cosas no se van a quedar así. “Echo chi que ño”. Ñaca, ñaca. Doña Abue Golpeadora regresará para vengarse y dejar pelona a la zorra de su nieta, empujoncito, cachetadón y “you are a sinner!” de por medio.
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Permítaseme otra divagación. Me pregunto si en el libro sería verdad lo que solo la abuela sospechaba en la película. Qué cochonneries se habrán perdido en la adaptación. Hay una escena en la que Cathy está muy complacida con su pierna en la tina del baño (ah, sí, olvidé mencionarlo: se supone que quiere ser bailarina cuando crezca), la narradora menciona la palabra “fantasía” y ya se dijo que su hermano merodea por ahí. Me pregunto si la abue fundamentalista se habrá quedado traumada al leer el Génesis con aquello de que los hijos de Adán y Eva tuvieron que haberse entrepiernado con sus hermanas para poblar la Tierra. Qué feyo es el incesto. Este planteamiento llegó bastante tarde a la exploración del tema. La película lo evita porque a los productores les dio miedo la reacción de la audiencia y buscaban una clasificación PG13 para arrear a la pubertada a los cines. (El libro, según me informa la omnisapiente IA, sí incluye el tema peliagudo). Ya El castillo de la pureza de Ripstein había hecho de las suyas en el cine mexicano durante los setenta cuando los personajes de Diana Bracho y Arturo Beristáin le encontraron fraterna utilidad al asiento trasero de un coche abandonado. A falta de alguien más con quien echar pata, dijo la progenie de Adán y Eva. Lo único bueno del plantamiento fallido fue que, cuando vi La cumbre escarlata de Guille del Toro de inmediato supe cuál era el secreto entre los personajes de Tom Hiddleston y Jessica Chastain.
De vuelta a la pelona realidad. Es evidente que Kristy Swanson no se dejó cortar la greña porque la peluca que llevará de ahora en adelante da más risa que lástima. Ya se sabe que desde tiempos inmemoriales no hay nada más preciado en Hollywood que una larga y sedosa cabellera rubia. A partir de aquí, los cuatro chavitos parecen haberse revolcado en talco porque cada vez aparecen más pálidos (aunque, dicho sea de paso, no más flacos). Después de todo, nadie les hubiera podido pedir comprometerse tanto con sus papeles como Christian Bale en El maquinista. (Otro pinche loco del método). Mientras tanto, se ve que la mamá se la pasa de lo lindo después de reconciliarse con el patriarca que no termina de morirse nunca y, además de haber sido devuelta al estado “inmaculiado” de señorita, aprovecha para refocilarse en los brazos de un nuevo pretendiente copetón de mediana edad.
En el libro los chavalillos pasan años y años y años en el encierro. Aquí ni se nota que crezcan un centímetro los mellizos de cinco años. Por atascarse de galletas endulzadas con arsénico, muere Cory. Como cadáver, queda a cuadro incluso más angelical que Tobi, el niño con alas. De repente, me acordé de aquella película setentera española que de vez en cuando pasaban en la telerisa junto con las de Joselito. Esa ya la incluí en mi lista para volver a verla pronto. Después de enterrar de forma clandestina al enano y de anunciarles a los hermanos su muerte con la mayor frialdad posible, la güevona Corrine prepara sus virginales nupcias con su preten cincuentón. Los carnales por fin se alistan para ora sí escapar por la puerta grande de la casona.
Ah, por fin. Valió la pena aguantar tanta torpeza. Llegamos al clímax: descontón a la abue, rápida visita al ahora vacío cuarto del abuelo para enterarse de los términos del testamento e irrupción a la boda fifí. Qué bueno que a alguien (¿a la fámula interpretada por Andrews?) se le ocurrió dejar el testamento tirado por ahí después de que el carcamán colgara los tenis. Córranle a la aburridas nupcias a las que, por cierto, apenas asisten contadísimas momias. Mi segundo momento favorito es la grandiosa escena de “Eat the cookie!”. Como con la anterior de “Sinners!”, también iba de un lado a otro por la casa con mi arma homicida (una galleta Oreo a medio comer) gritando como Swanson: “Eat the cookie!”. Y ya. Muérete para quedarme con la fortuna familiar. Qué bella es la anagnórisis. O algo por el estilo. Ante la pregunta de la momiza de quiénes son estos chamacos colados, “flacos”, pálidos y apestosos, Cathy responde gritona: “¡Somos los hijos de la novia!”. ¡Ay, güey-tabarnak! ¿No que la señorita Corrine era más virgen que la Madonna?.jpg)
Quizás desde entonces nada me complace más en el cine que ver cómo se arruina una boda. Los hijos mayores le reclaman a la madre que intentara asesinarlos para cobrar la herencia de papi. Después de un breve manoteo entre madre e hija, doña Tennant cae injustificadamente al vacío. Digo “injustificadamente” porque la otra ni siquiera la empuja tan gacho y la pared de la terraza es lo bastante alta para que nadie se caiga del otro lado. En fin. Misterios ochenteros de la gravedad. Sin embargo, la madre egoísta (por hacerle eco al título de una telenovela de Julieta Rosen de aquella época) debe recibir su castigo: la horca improvisada con su velo de novia. Como cantara Palito Ortega allá por la prehistoria: Y te vas / y te vas / al cielo vestida de novia te vas. Parece que a Virginia Tennant le ofendió tanto el final de su personaje que no la volvieron a ver en el set. Lo mismo pasó con el director y tuvieron que llamar a otro para rodar esta secuencia. En la ficción, quién sabe qué alegarían los testigos para que Cathy no fuera a la cárcel. A lo mejor, ni intervención de la policía hubo. Porque de observar cómo muere su madre con una media sonrisa macabrona, pasamos al corte inmediato donde los tres carnalitos se encuentran bajo el umbral de la mansión y se enfrentan al mundo exterior. Por cierto, con las mismas garras que llevaban puestas para la boda. La abue nomás se les queda milando como el chinito con un chipote chillón mientras ve partir a los tres engendros del demonio hacia el mentado mundo exterior: metros y metros de inmenso jardín. Por algo esta bazofia apenas cuenta con una cali de 25 en Metacritic. Al menos tuvo de decencia de durar hora y media. Tampoco habrá necesidad de echarle un ojo al refrito de 2014 con Heather Graham, Ellen Burstyn y la niña de Mad Men, auspiciado por el maravilloso canal Lifetime. A estas alturas del partido (a la vuelta de la esquina de mis 51), el tiempo resulta ser el recurso más valioso y el que menos puede uno darse el lujo de desperdiciar.
—Flores en el ático (Flowers in the Attic, 1987). Dirigida por Jeffrey Bloom. Producida por Tom Fries y Sy Levin. Protagonizada por Victoria Tennant, Louise Fletcher y Kristy Swanson.