lunes, 14 de julio de 2014

Mi tío Antonio

Sólo un Jutra
En Montreal vivo sobre la calle Prince-Arthur y a unas cuantas cuadras de mi edificio hay un parque muy pequeño que lleva el nombre de uno de los pioneros del cine moderno de Quebec. Los premios concedidos cada año a los mejores artífices del cine quebequense también llevan idéntico nombre. La casa en la cual vivió dicho cineasta durante los últimos años de su vida se encuentra tan sólo unas calles más allá, tras la sección peatonal de Prince-Arthur, a unos cuantos pasos del parque Saint-Louis y sobre la calle Laval. Actualmente el sitio alberga la Casa de Escritores de Montreal.
Cuando el mundo se entera de que una vez más un largometraje originario de Quebec o dirigido por un realizador quebequense ha sido nominado a un Óscar o seleccionado para el festival de Cannes, no parece ese mismo mundo darse cuenta de que el primero en prepararles el camino a los nuevos directores de la provincia —como Jean-Marc Vallée, Denis Villeneuve, Xavier Dolan, Philippe Falardeau o Kim Nguyen— fue este hombre. Al final de su largometraje innovador e independiente de los años sesenta À tout prendre una figura masculina se lanza verticalmente a las aguas de un río. Tal imagen se tornó recurrente a lo largo de su filmografía por repetirse una y otra vez. Décadas más tarde ese hombre morirá no en la ficción del séptimo arte sino en la realidad imitando el mismo acto cuando se lance del emblemático puente Jacques Cartier hacia las gélidas aguas del río San Lorenzo. El cuerpo del director fue recuperado meses después de su desaparición con la llegada de la primavera. Una nota para identificarlo se halló adherida a su cinturón de viaje: “Me llamo Claude Jutra”. Era el realizador Claude Jutra. El único. Y vaya que sí.
Claude nació de apellido Jutras (misma pronunciación en francés con o sin la “s”) casi a la par de un desastre financiero mundial al inicio de los treinta. Pero para su suerte la familia Jutras era acaudalada. Pequeño-burguesa sí, aunque abierta a las manifestaciones artísticas. Hijo de un doctor-radiólogo interesado en el arte. Y de Rachel, claro, una madre dominante y posesiva que a veces se comportaba más como la esposa celosa del hijo. El amor más intenso en la vida de Claude, como lo confesara él. Con la primera vista de imágenes en movimiento dentro de la casa familiar su joven percepción de ocho años se transformó. No es hasta los dieciséis que recibe como regalo por parte de su padre la primera cámara. Las aspiraciones de la familia Jutras lo obligaron a seguir el camino del progenitor y a estudiar medicina en la Universidad de Montreal. Nunca ejerció tal oficio más que en la ficción del cine, ya se tratara del propio o del de los colegas. Tan pronto termina los estudios se involucra en la vida artística montrealense y comienza a hacer cine al lado del fotógrafo Michel Brault. Pronto Claude se quita la “s” de su apellido. No había necesidad de pluralizarlo, bromeaba. En el mundo sólo había un Claude Jutra. Entra a trabajar a la ONF (Office national du film). Ahí realiza documentales sobre músicos jóvenes, el cantante Félix Leclerc, lucha libre o el recién nacido fenómeno del skateboard. Siendo además mimo y actor, protagoniza y co-dirige el corto clásico de Norman McLaren A Chairy Tale o Il était une chaise (1957). Lo protagoniza al lado, por supuesto, de una silla rejega sobre la cual nadie puede sentarse. La música, de Ravi Shankar. Ellos descubrieron su obra antes que Los Beatles. El corto lo lleva a Europa. Y a la madre patria de Quebec. Ahí se familiariza con la Nouvelle Vague. Conoce a Truffaut. Al regreso da inicio en su terruño la llamada Revolución Tranquila y él hace À tout prendre (1963), recuento semi-autobiográfico y al mismo tiempo compendio de subversiones contra los tabúes de la época en la todavía cerrada sociedad quebequense que apenas acaba de salir de la Grande Noirceur tras la muerte de Maurice Duplessis: bohemia, relaciones inter-raciales, aborto, homosexualidad. De esta forma Jutra aparece fulgurando en el firmamento como el pionero del cine quebequense moderno y con identidad propia. Y al arribar los setenta filma en la región minera de Quebec Mi tío Antonio (Mon oncle Antoine, 1971), película ahora considerada como la mejor dentro de Canadá en toda la historia de la cinematografía de ese país.
Mi tío Antonio abre planteando el gran problema de Quebec, uno que todavía hoy sigue irresuelto y se torna cada vez menos latente: la supeditación a un poder central que no habla su mismo idioma. A mitad de los años cuarenta un empleado de la mina de asbesto le habla a su supervisor en francés mientras éste le da explicaciones en inglés. No se entienden. No hay comunicación entre estas dos soledades. El mismo padre de familia de nombre Jos Poulin (Lionel Villeneuve) renuncia a su trabajo en la mina para irse de leñador luego de que sus amigos hablan en el bar de la muerte prematura de Euclid, otro minero. Jos está harto. Sin embargo, para buscarse el sustento alterno, tendrá que dejar a su esposa y a sus cinco hijos durante seis meses. En paralelo vemos al joven Benoît (Jacques Gagnon), el protagonista de esta historia de crecimiento, que observa todo a su alrededor. El muchacho huérfano de quince años está vestido de monaguillo en el velorio de Euclid y mira en primer lugar a su tío Antoine (Jean Duceppe), el tendero del pueblo al mismo tiempo que enterrador. El viejo está preparando el cadáver para la sepultura. Batalla para quitarle a Euclid el rosario de entre los dedos. Benoît también ve las burlas y veras de Fernand (Jutra), el empleado de su tío. Y oculta el rostro tras un misal. Tiene una sonrisa socarrona ante las actitudes hipócritas de los adultos. Tan pronto termine la premisa se da un salto no anunciado en el tiempo. Ya no es otoño. Ahora el pueblo de Benoît está cubierto de nieve y por el calendario de la tienda nos enteraremos de que es la víspera de Navidad. El protagonista lleva un yeso en uno de sus brazos. Se ha roto el brazo, tal vez llevando a cabo una travesura. En este día Fernand entra con el alba a la tienda. La familia del tío Antoine vive en el piso de arriba y apenas se está despertando. Excepto nuestro héroe, claro, porque es monaguillo. La segunda en levantarse y bajar por té en bata es la esposa de Antoine, Cécile (Olivette Thibault). Aunque parezca más matrona ajada que niña en flor se cubre el pecho ante la presencia de Fernand. Después el protagonista del filme irrumpirá por la entrada principal. Ha estado ayudándole al padre del pueblo en la misa del amanecer. Y luego baja Carmen (Lyne Champagne), la adolescente protegida de los tíos, con quien Benoît juega y coquetea. Finalmente, el tío Antoine. Él podría haberse aparecido ya con una botella de aguardiente en la mano. Al fin y al cabo, con el invierno el alcohol calienta un poquito. Y como el frío dura el día entero la bebida caerá en su estómago con persistente frecuencia. Este día el pueblo entero pasará por la tienda del viejo borracho. El sitio se convertirá en el centro neurálgico de la comunidad: la expectativa general ante la decoración de los escaparates de la tienda, un compromiso matrimonial se anuncia, la mujer más bella hace una entrada explosiva para probarse ropa interior y hacia el final resuena la llamada para anunciar un deceso inesperado en la casa del leñador ausente. A lo largo del día la sonrisa socarrona de Benoît se irá desdibujando. Ya por la noche —al acudir junto con su tío en medio de una tormenta invernal a recoger un cadáver de un chico de su edad— no habrá más motivos para sonreír. Los primeros juegos eróticos con Carmen, el desprecio del patrón de la mina, el alcoholismo de su tío y, sobre todo, la traición de la tía Cécile irán marchitando su ánimo hasta culminar en una fantasía onírica tan lujuriosa como inocente con Alexandrine (Monique Mercure), la mujer más bella del pueblo y esposa del notario. Ni hablemos de su encuentro frontal con la muerte. Mi tío Antonio habla de una problemática universal: la del joven que va aprendiendo y asimilando los vicios de su sociedad. Al hacerlo vive experiencias contundentes enlazadas con el amor, la familia, la injusticia, la vida y la muerte. La más bella imagen de estos dos últimos aspectos —dos caras de una misma moneda— quizás sea la de Benoît y Carmen interpretando el rol de esposos en un cuarto repleto de ataúdes.
Sin embargo, Jutra tiene la habilidad para darle cabida a lo regional dentro de lo universal. Para quien esté más enterado de la historia y la vida política de Quebec habrá otra lectura, una de subversión y de crítica. Jutra filma Mi tío Antonio en una región donde por la explotación de las minas de asbesto los trabajadores morían a los cuarenta años. El velorio de Euclid al comienzo de la película tiene entonces peso social. La explotación se constituía lugar común y detonaba las tensiones lingüísticas pues los patrones hablaban inglés y los mineros, francés. Tal explotación se filtra hacia otras capas y alcanza incluso a los niños: basta presenciar cómo se comporta el padre de Carmen. Jutra captura con la cámara de Michel Brault los recuerdos contenidos en el guión de Clément Perron y lo hace tras casi una década de la Revolución Tranquila, tiempo durante el cual la sociedad quebequense se secularizó y pasó de un régimen de derecha muy conservador a uno de izquierda, preocupado por darle a los francófonos un sistema de salud gratuito, asistencia social así como acceso a la educación superior. Este movimiento de apertura y al mismo tiempo de liberación del dominio de una clase alta e industrial preponderantemente anglófona culmina con actos terroristas: la crisis de octubre de 1970.
Mi tío Antonio, hecha durante aquellos años no tan tranquilos, se arma en base a una agridulce mirada retrospectiva hacia aquella época en Quebec conocida como la Grande Noirceur (Gran Oscuridad). Cuando el ex minero Jos Poulin se encuentra al comienzo de la película dentro del baño del bar —además de los rayones con tintes sexuales y de los dibujos de mujeres desnudas con las piernas abiertas—  leemos unas palabras que todo lo dicen sobre el periodo en el que está situada la trama de la cinta: ¡Jódete, Duplessis! Maurice Duplessis personifica la Grande Noirceur en Quebec. Duplessis, el primer ministro de extrema derecha, conservador y siempre asociado con una iglesia católica autoritaria que en aquella época regía cada una de las decisiones vitales de los quebequenses. Pero Jutra se cuida de no caer en el panfleto. Él mismo declara durante una entrevista en inglés que la función del cine no es hacer un ensayo. Y por no hacerlo en diversas ocasiones se convirtió en blanco de críticas de sus colegas más radicales e identificados con el separatismo. Y, en mi opinión, no es necesario contar con toda esta información sobre la historia de Quebec para disfrutar Mi tío Antonio. Si acaso el mensaje resulta demasiado obvio cuando aparece el patrón anglófono de la mina cubierto de pieles y en su trineo lanzando de modo displicente regalos para los niños ante la falta de aumentos de salario para los mineros. Benoît y un amigo se rebelan contra este anciano, como años después lo haría entera la sociedad quebequense. Aunque la rebelión de los muchachos es lúdica: le lanzan bolas de nieve al caballo haciéndolo correr a toda velocidad. Tal acto en poco se relaciona con los bombazos, los secuestros y las muertes de la crisis de octubre. La recompensa de Benoît se materializará en la sonrisa de Carmen. La actitud del héroe ante el patrón no difiere mucho de la desplegada a espaldas del cura durante la misa: entretenerse con un hilo de la camisa para pasar el tiempo. Lo lúdico se contagia a otros habitantes. A pesar de las muertes prematuras y de las carencias en el pueblo no sólo se respira tristeza o resentimiento. Hay trances de alegría que matizan la oscuridad. Por ejemplo, la guerra de bolas de nieve entre los mineros y los niños.
A pesar de que durante décadas ha sido considerada la obra maestra de su director así como la mejor película hecha en Canadá (y por extensión en Quebec), Mi tío Antonio no está exenta de pequeñas fallas. Sí, el desempeño de actores no profesionales como los adolescentes Gagnon o Champagne se encuentra a la altura de un actor veterano del cine, el teatro y la televisión regional como Jean Duceppe. Quizás esto se deba también a la ya amplia experiencia del director con niños y jóvenes actores. Sin embargo, no escasean los momentos incómodos, de ésos que casi expulsan al espectador del paraíso de la ficción. Sobre todo, tratándose de algunos habitantes del pueblo minero donde se filmó la película. Pienso, por ejemplo, en los amigos de Jos Poulin sentados a la mesa del bar o en algunos clientes de la tienda. Estos extras se muestran asustados, huidizos ante la cámara. En uno o dos casos, rígidos y muy poco naturales. Aunque, claro, la intención del director al usar actores no profesionales sea precisamente la contraria. También resaltan las torpezas con el sonido atribuibles al bajo presupuesto de la cinta. Basta citar el grito de la hija de Jos al llamar a su madre porque su hermano tiene fiebre: un eco nada auténtico. Por otro lado, la verosimilitud del relato se halla reforzada con su muy evidente estilo documental, producto de la mancuerna Jutra-Brault. A pesar de lo expuesto anteriormente, entiendo por qué Mi tío Antonio es una pieza fílmica tan admirada no sólo en su país de origen sino alrededor del mundo. La cinta tiene alma, conmueve y además transita entre la esfera regional y la universal con admirable soltura. La obra maestra de Jutra pisó nuestras tierras con la segunda edición de la Muestra Internacional de Cine en diciembre de 1972. Y por tratarse de una producción de la ONF se encuentra entera en línea en el sitio www.onf.ca sin necesidad de pago de por medio. También en la misma página de Internet recomiendo el documental Claude Jutra: Portrait sur film (2002) de donde tomo los datos biográficos del cineasta.
Por desgracia los últimos años de la vida de Jutra trascurren entre el desempleo, la pobreza, la falta de reconocimiento, la enfermedad y finalmente la tragedia. Su siguiente proyecto (mucho más ambicioso y costoso gracias al éxito de Mi tío Antonio), Kamouraska (1973), culmina en ruptura con Michel Brault y para colmo en fracaso de taquilla. La industria fílmica quebequense estará de capa caída durante los siguientes diez años y él vivirá en el “exilio” del Canadá anglófono. Al regresar a Quebec los proyectos apenas se contarán. Pronto el Alzheimer lo despojará de su memoria. Sumido en la incapacidad de seguir actuando o dirigiendo, Jutra no soportará la existencia y tomará de decisión de suicidarse en noviembre de 1986. Hasta abril de 1987 se recuperará el cuerpo con la nota que lo identifica: “Me llamo Claude Jutra”. Sin lugar a titubeos, este nombre debería recordarse siempre cuando nos enfrentamos a productos fílmicos como Jesús de Montreal de Denys Arcand, C.R.A.Z.Y. de Vallée, La mujer que cantaba de Villeneuve, Señor Lazhar de Falardeau, Laurence Anyways de Dolan o Rebelle de Nguyen. Porque de veras no hubo ni habrá otro Claude Jutra.

Mi tío Antonio (Mon oncle Antoine, 1971). Dirigida por Claude Jutra. Producida por Marc Beaudet. Protagonizada por Jacques Gagnon, Jean Duceppe, Olivette Thibault, Lyne Champagne y Claude Jutra.

Enlace a Mi tío Antonio en el sitio de la ONF:
Enlace a Portrait sur film un documental biográfico sobre el director: