miércoles, 18 de junio de 2014

Poder en una bella edad

En su crédito del año pasado François Ozon continúa tratando el tema de esos jóvenes tal vez demasiado maduros para el bien ajeno, ésos que a través de la cuidadosa observación ejercen su particular poder ante generaciones de mayor edad. Y las dejan perplejas. Incluso impotentes. Un ejemplo ya se dio con En la casa (2012), adaptación cinematográfica de la obra española El chico de la última fila. Ahí el alumno seducía —metafóricamente, aclaro— a su profesor a través de la escritura. Y lo arruinaba. En el caso de la protagonista de Joven y bella (Jeune et jolie, 2013), su poder tendrá influencia a través del cuerpo. De esta forma, la juventud se vuelve de nueva cuenta el anzuelo para esos hombres mayores que buscan una relación sexual con una chica que apenas llega a la mayoría de edad. Pero la muchacha no tendrá motivo aparente para dedicarse a la prostitución. Ni por afán de goce ninfomaníaco, ni por la retribución económica.
Durante el largometraje Joven y bella el espectador presenciará cómo transcurre la vida de Isabelle (Marine Vacth) durante un año convenientemente dividido en las cuatro estaciones. El cineasta establece el punto de partida de la historia en el verano. Isabelle visita la costa con su familia pequeño burguesa: su madre Sylvie (Géraldine Pailhas), su padrastro Patrick (Frédéric Pierrot) y su hermano menor Victor (Fantin Ravat). El inicio en la vida sexual activa ocurre al lado de un turista alemán que la ha estado cortejando. El acto se consuma bajo las estrellas y junto al mar. Para cualquier otra chica el recuerdo de esta noche habría sido romántico. Sin embargo, a ella la deja indiferente. Pareciera que Isabelle sólo cumple con el trámite de perder la virginidad. Cuando la familia se despide del verano al mismo tiempo que se aleja de la costa por la carretera, la joven ni siquiera le concederá a su fugaz amante en bicicleta una mirada desde la ventanilla.
En el otoño, de regreso en la ciudad y ya bajo el resguardo del departamento familiar o del liceo, Isabelle buscará escudada tras el alias de Léa encuentros clandestinos con hombres mayores y ricos a cambio de buenas cantidades dinero. Las citas se llevan a cabo en hoteles de lujo, lejos de los lugares frecuentados por su familia o sus amigas. Frente a éstas, Isabelle enmascara tantos mensajes de texto con un novio ficticio de la universidad. Junto a los clientes el placer sexual no forma parte de la ecuación. Tampoco el dinero pues tan pronto entra al departamento familiar Isabelle lo guarda en una bolsa oculta entre su ropa. Ni siquiera lo gasta. El principal motivo podría acaso hallarse en la excitación de la clandestinidad y sobre todo —subvirtiendo todos los estereotipos asociados con el fenómeno de la prostitución— el infinito poder que, encima de la cama, ejerce ante estos hombres de mayor edad y riqueza. Tal vez se trate de ese aburrimiento tan característico de la pequeña burguesía, clase muy presente en la cada vez más larga filmografía del director francés. Sólo uno de sus clientes, Georges, le inspira cierta simpatía. De pronto irrumpirá la muerte en una de sus citas con Léa y así se destapará la doble vida de la muchacha. La familia —en especial, la madre— intentará encontrar como loca un motivo para explicar los actos de Isabelle. Las respuestas serán vagas. Aun confusas. Ella simplemente se encoge de hombros. Luego, cuando trate de llevar una vida más convencional, con su nuevo novio Alex, sentirá otra vez la frialdad. Como si sólo pudiera sentir placer en la existencia alterna de lo clandestino.
Ante Joven y bella hay que estar conscientes de que Ozon nunca ha sido y nunca será un realista social. El filme no tiene como intención denunciar esos casos de prostitución tan ventilados en el primer mundo, los de chicas de clase media o alta o de incluso universitarias de las mismos sectores sociales. Eso ya lo había hecho unos años antes y en el mismo país Malgorzata Szumowska con Elles (2011), mero traslado de un reportaje de revista femenina a la pantalla grande. Como acostumbra, el director francés plantea una experiencia estética fuertemente inclinada hacia el artificio. No hay nada de grotesco ni sórdido en las escenas de cama. Al contrario. A pesar del intercambio de dinero y de la falta de equilibrio entre un cuerpo femenino esbelto y hermoso y otro masculino ya en franca decadencia; el tono intencionalmente cursi de Ozon irrumpe a través de la banda sonora y de la constante presencia de la voz de Françoise Hardy (algo nada nuevo en su obra; para muestra, recuérdese 8 mujeres). Sin duda, a la cinta podría acusársele de banalizar el tema. Pero con tal argumento también no resultaría nada difícil calificar la filmografía entera del cineasta con dicho adjetivo. Precisamente por alejar el tema de la corrección política y de las preocupaciones sociales Ozon gana puntos en interés. Eso no significa que Joven y bella esté a la altura de sus mejores cintas. Joven y bella formó parte de la selección oficial del festival de Cannes del 2013. Llegó a México con la edición 55 de la Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional. Su estreno en corrida comercial para nuestro país está previsto para el 19 de junio.

Joven y bella (Jeune et jolie, 2013). Dirigida por François Ozon. Producida por Eric y Nicolas Altmayer. Protagonizada por Marine Vacth, Géraldine Pailhas, Frédéric Pierrot y Fantin Ravat.