domingo, 30 de marzo de 2014

Refinado pastel de la nostalgia

La más reciente cinta del director estadounidense Wes Anderson es una celebración pura: se halla repleta de nostalgia por un cine mucho más simple en su argumento y más maniqueo en sus personajes. Esto sin renunciar a ese estilo donde el pastiche, la estética kitsch y los giros acelerados de cámara llevan los papeles primordiales. Pero añadiendo como ingrediente a todo lo anterior los juegos narrativos enmarcados por el tamaño de la pantalla, la película resulta una experiencia agradable, divertida y ligera. Aunque no por esto último superficial. Además Anderson decide incluir en el reparto a todos sus amigos —actores experimentados la mayoría— borrando así el mal sabor de boca dejado por los niños-higaditos de Moonrise Kingdom o Un reino bajo la luna (2012), el crédito precedente.
Empiezo entonces con los narradores de la historia. Me detengo en uno de ellos. Hacía quizás tres décadas desde que un cineasta no aprovechaba al máximo las capacidades narrativas del actor F. Murray Abraham. La última vez que se le ve brillar en pantalla contando una historia es cuando su anciano Antonio Salieri se enfrenta en confesión a un sacerdote en Amadeus de Milos Forman. A partir de aquel momento se daba inicio al relato de la rivalidad entre dos compositores. Aquí el actor es uno más de varios narradores. Pero se erige como el principal, el que vive en carne propia el cuento en el centro de cuatro cajas chinas. La primera caja resulta un mero cascarón. En ella resuena la gloria de un escritor centroeuropeo: una muchacha entra en un cementerio nevado con un libro en la mano y deja una llave debajo del busto del escritor, ése que indica el lugar de su tumba. El libro de la joven tiene el mismo título de la cinta que vemos: El gran hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, 2014). La segunda caja nos transporta a los años ochenta. Ahí el escritor está vivo y prepara una conferencia en su hogar a pesar de la impertinencia de su nieto regordete y juguetón. El escritor maduro (Tom Wilkinson) habla de realismo, de cómo un autor alimenta sus historias con las mismas que le han sido contadas durante su vida. Al prometer a su público imaginario decirle cómo a su vez le relataron la historia del hotel Budapest se abre la tercera caja. Son los años sesenta y el escritor —veinte años más joven e interpretado por Jude Law— llega a la cima de una montaña por funicular para quedarse unos días en un hotel en pleno declive. Dentro del lugar se encontrará con su excéntrico dueño, el señor Mustafá (F. Murray Abraham) y a lo largo de una cena este hombre le revelará la historia principal, la de la cuarta caja. Ésta le pertenece al joven Zero Mustafá (Tony Revolori), empleado del hotel hacia el final de su época dorada y bajo las órdenes del muy refinado concièrge: el señor Gustave H. (Ralph Fiennes).
Tras ir penetrando poco a poco hacia la médula protegida por estas cuatro cajas, el relato transcurre antes de la Segunda Guerra Mundial, durante los años treinta y en un país centroeuropeo de fantasía de nombre Zubrowka. Por esto y por la pantalla cuadrada la cinta recuerda en mucho al cine de aventuras de la época, ése donde no había claroscuros ni ambigüedades sino personajes antitéticos: el héroe, su asistente, la damisela en problemas y hasta el villano bigotón de cara afilada. El señor Gustave —la sofisticación con patas por sus modos aristocráticos— en el fondo no es más que un sirviente listo a anticiparse a las necesidades de los clientes del hotel. Pero tiene además sus exabruptos altisonantes que por contrastar tanto con su refinamiento se tornan risibles. Tan buen sirviente se siente que entabla relaciones incluso carnales con las huéspedes más ancianas y ricas del hotel. Entre ellas, madame D. (Tilda Swinton, cubierta de una plasta inmensa de maquillaje). Cuando la ricachona ruca aparece asesinada en su mansión luego de dejar el hotel Budapest todas las sospechas recaen en el señor Gustave, sobre todo por haberle heredado ella una valiosísima pintura de un artista flamenco. Mientras tanto, Zero se enamora de la achichincle del pastelero del pueblo, Agatha (Saoirse Ronan), una bella joven de trenzas recogidas con una mancha en la mejilla derecha cuyo contorno adquiere la forma de un cuerno de abundancia que recuerda a cierto país de Mesoamérica. Cuando el señor Gustave y Zero se birlan descaradamente la pintura después de la lectura del testamento comenzarán a ser perseguidos tanto por quienes se creen legítimos herederos —el hijo de la muerta (Adrien Brody) y su siniestro secuaz (Willem Dafoe)— como por un grupo de policías comandados por Henckels (Edward Norton). Sólo monsieur Serge X. (Mathieu Amalric), el mayordomo de la vieja, podrá proveer la información necesaria para exonerar al señor Gustave. El cobarde hombrecillo, sin embargo, ha desaparecido sin dejar rastro. Se detonan así una serie de peripecias que incluirán más asesinatos, persecuciones incluso en esquí, huída extraordinaria de una prisión, múltiples balazos, gags visuales y hasta un gato lanzado por una ventana.
Como puede percibirse luego de esta descripción de la delirante (aunque bastante simple) historia, uno de los aspectos más admirables de la película es su reparto. Por si fuera poco a todos los actores anteriores se unen los amigos y antiguos colaboradores de Anderson: Bill Murray (La vida acuática con Steve Zissou), Owen Wilson (Los excéntricos Tenenbaum), Bob Balaban (Moonrise Kingdom), Jason Schwartzman (Rushmore) y Waris Ahluwalia (Viaje a Darjeeling). Eso sin contar a otros actores reconocidos: Harvey Keitel, Jeff Goldblum y Léa Seydoux. Muchos, obviamente, colaboran con apariciones fugaces. Sin embargo, lo que más destaca del trabajo actoral es que por fin alguien decidió explotar la venia cómica de Ralph Fiennes, un actor por lo regular identificado con papeles bastante intensos en su dramatismo. La dirección de arte —y esto no es ninguna novedad tomando en cuenta la filmografía del realizador— también se vuelve notable a través de sus escenarios naturales (un pueblito pintoresco de Alemania), de las maquetas invernales, el vestuario, el maquillaje y las caracterizaciones para otorgarle así al espectador un verdadero festín audiovisual y recrear este invento de república llamada Zubrowka. Todo durante un momento de dolorosa transición: de los años de buena vida y despreocupación a los de la guerra con el nazismo como cáncer invasor. Además el juego de las cajas chinas —algo ya de larga tradición en la literatura si nos remontamos hasta Las mil y una noches— se traduce al lenguaje cinematográfico y halla su reflejo en el cambiante tamaño de la pantalla que va de rectangular a cuadrada según la época en la que se cuenta la historia, según la caja en la cual esté el espectador. De esta forma se presenciará el contraste en la decoración del hotel entre los años treinta y los sesenta. En el pasado, prácticamente una construcción que se asemeja a los pasteles de Agatha por sus colores en el exterior. En el interior, el colmo del esplendor aristocrático. En los sesenta la austeridad de tintes comunistas y la decadencia se hacen notar en colores, muebles e incluso baños ya pasados de moda. Por debajo de las bromas, las peripecias, el reparto multiestelar y el colorido hay un discurso nostálgico a favor del refinamiento y la civilización. No por nada el único momento en blanco y negro de la película es aquél que antecede a la futura muerte del señor Gustave, una a manos de los esbirros de la barbarie. Tal vez en esa médula seria del filme se halle la obra de Stefan Zweig de la cual Wes Anderson dice inspirarse para escribir el guión. Sí, en El gran hotel Budapest se ofrece un producto ligero para divertirse y arrancarnos risas; pero con un trasfondo de humanidad. Como última recomendación —además de que por todo lo anterior hay que ir a verla en la sala de cine— será necesario quedarse a que pasen los créditos enteros para ver bailar al cosaco de caricatura. Todavía no tiene fecha de estreno para México.

El gran hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, 2014). Dirigida por Wes Anderson. Producida por el director, Jeremy Dawson, Steven M. Rales y Scott Rudin. Protagonizada por Ralph Fiennes, Tony Revolori, F. Murray Abraham y Saoirse Ronan.

Otro avance, éste no censurado: http://www.youtube.com/watch?v=G1jG8HUY4zI

Nota del 6 de abril: Recientemente se anunció que El gran hotel Budapest formará parte de la programación de la 56 muestra internacional de cine.