domingo, 2 de marzo de 2014

No sólo un bellísimo truco

Vi esta película por primera vez hace varias semanas. Como di cuenta en Twitter salí alucinando de la sala de cine. La dolce vita en ácido, me dije. Una definición bastante simplona. El fin de semana pasado volví a la misma sala para verla de nuevo. Sabía que la riqueza del filme era tan abrumadora que necesitaba urgentemente otra vista para digerirlo por completo. La segunda vez salí intensamente conmovido. ¿Qué se hace ante la presencia de una obra de arte? Supongo que en mi caso escribir sobre ella. Tratar de que la gente la busque y viva esta experiencia por sí misma. Poco importan los premios que gane. O los que le nieguen. A mí La gran belleza me ganó de pies a cabeza. Va a continuación la reseña:

Algo sucede cuando uno se enfrenta a una película que aparenta detentar todas las claves para develar el misterio de la vida y de cómo ésta se va escapando de las manos como agua. Como con todo arte esto no es más que un truco. Invenciones encarnadas en personajes, escenarios, música y relato. Todo montado en una pantalla grande para deslumbrar a quien observa maravillado desde la oscuridad. En el presente ejemplo, sin embargo, el truco es tan bello que colma los sentidos involucrados: vista y oído. Si uno se abandona a la nueva propuesta del director Paolo Sorrentino (Il divo) presenciará una de las experiencias cinematográficas más excepcionales de este año.
Desde el preludio de La gran belleza (La grande bellezza, 2013) Sorrentino plantea su juego estético, ése dentro del cual no habrá concesiones para el espectador pues se despliega como un bombardeo de hermosas imágenes. “Roma o muerte”, desde el inicio parece proclamar el cineasta como lo hace la base de la estatua ecuestre de Garibaldi. La cámara vuela por encima de las aguas cristalinas de la Fuente del Agua Paola. El lente vaga inquieto por lo alto de una colina romana. Pero lúdico corta la escena. Alguien se refresca en la fuente. Una mujer fuma junto a un busto de blancura sepulcral. El conteo de presencias se vuelve incesante. De repente esta cámara nos obliga a adquirir otro punto de vista. Va y viene teniendo como fondo las voces en yiddish de un coro. Con el canto de voces centroeuropeas aparece un estereotípico grupo de turistas japoneses. Uno de ellos sucumbe ante la gran belleza de una ciudad eterna. Ésta es la Roma de Sorrentino: teatral, barroca, frenética y —sí, ¿cómo no?— decadente. Su capacidad de seducción se tornará tan avasallante que apagará la voz de un escritor durante cuarenta años.
Obvio que el realizador de origen napolitano no observa la urbe como un extranjero a la manera de Woody Allen —quien presentó en A Roma con amor (2012) sólo el preciosismo de las tarjetas postales, sólo el punto de vista de los turistas estadounidenses no muy disímiles a los japoneses. Sorrentino la conoce desde dentro y desde fuera, en todas sus referencias fílmicas (claro, ya se sabe, La dolce vita) o reales. También en todas sus épocas: los acueductos, el coliseo, las termas de Caracalla, el templete de Bramante, la cúpula diseñada por Miguel Ángel, la Plaza Navona, la fuente de los ríos de Bernini, los jardines poblados por querubines y monjas, los inmigrantes, los criminales de cuello blanco, la intelectualidad y el clero, los ricos y los famosos, los privilegiados triunfantes en lo alto de un edificio teniendo como escenario refulgentes anuncios de neón. El vehículo para esta mirada desde el interior de Roma no la da un romano sino otro napolitano venido a la capital en su juventud. Dicho personaje requerirá una entrada triunfal. Como la de un emperador de la antigüedad. Al fin y al cabo, él se confiesa en algún momento “el rey de los mundanos”. Luego del preludio sobre la colina, un grito desconcierta y transporta sin avisos a una fiesta cuyo frenesí alcanza los linderos del surrealismo. El ambiente suena a Raffaella Carrà. Jóvenes, viejos, bellos, feos. Gente de todas las edades y latitudes baila y bebe. Una desnudista tatuada, un grupo de mariachis y hasta una enana se mezclan entre esta orgía de poses, vestidos y colores. De un falso pastel-coliseo sale una mujer de cierta edad cuyas carnes desbordan su vestido, cuya cara está igualmente a punto de estallar por el bótox. Grita felicitaciones para Jep. Y, claro, para Roma, la eterna. De espaldas primero. Luego girando vemos por fin al hombre que esa noche de desenfreno cumple 65 años: cabello color plata peinado a la gomina, sonrisa pícara, cigarro atenazado entre los dientes. El dandismo hecho carne. Éste es Jep Gambardella (Toni Servillo). Pocas entradas de un personaje principal en el cine tan brillantes como ésta. Un momento silencioso se impone, empero, a la mitad de la coreografía de “Mueve la colita”. Aunque en medio de sus amigos danzantes Jep ensimismado confiesa que gracias a su sensibilidad siempre tuvo como destino convertirse en escritor.
A lo largo del truco del relato —ése en el que casi se enceguece al espectador para no percibir la profunda melancolía del protagonista— Jep se enfrenta a la constante pregunta de por qué no ha vuelto a escribir una novela en cuarenta años luego del éxito de El aparato humano. Se encoge de hombros y sigue con la fiesta, sigue siendo el rey de los mundanos. Roma y su poder seductor distraen en demasía. Pero con la muerte de un amor proveniente del pasado y surgido en su juventud (por eso, quizás más idealizado y potente) Jep se da cuenta de su abulia, del hastío de una existencia tal vez tirada al albañal, perdida entre la vacuidad de una vida entre escritores frustrados y socialités en problemas. A lo largo de las noches romanas y fellinescas de Jep transitan enanas editoras, performanceras con el pubis tan rojo como sus convicciones, diablos delirantes con traumas edípicos, dueños de bares para desnudistas con cuarentonas hijas trabajando en ellos, niñas pintoras de arte moderno y berrinchudo explotadas por sus progenitores, magos que hacen desaparecer jirafas, nobles listos para rentarse en alguna cena de lujo, decrépitas santas milagrosas, escritoras comprometidas cuya superioridad moral resulta harto quebrantable, custodios de palacios repletos de clasicismo e incluso la mismísima madame Ardant. Cómo no terminar alucinado ante este desfile barroco. Nada, empero, se compara a la visión en el techo de la recámara de Jep. No la del río Tíber. Sino la del mar abierto. El mar de su juventud.
De entre toda esta gente destaca la bailarina Ramona (Sabrina Ferilli), hija de un viejo amigo de Jep. Pronto el ex escritor y ahora entrevistador la convierte en su amante. Algo de juventud rescata en ella al volverse su maestro, al llevarla de la mano a las fiestas, al recorrer los secretos de los palacetes romanos a mitad de la noche. Incluso así imposible resultará escaparse de la médula agazapada tras tantas anécdotas. La niña en el tempietto se lo dice claramente a Jep: “¿Quién eres? No eres nadie”. Su odisea es la de una nueva identidad. Llegará también la decepción. La muerte se halla en todas partes. Incluso en la voluptuosidad sin límites del cuerpo de Ramona. Así La grande belleza no es únicamente el bellísimo truco de la jirafa que desaparece dentro de las termas de Caracalla ni el de los festines ruidosos en un balcón con vistas al coliseo. También es el tan doloroso como oculto viaje de reconocimiento de un escritor que no escribe; de un hombre cuya juventud se le ha escapado ante el alcohol, la música y la verborrea; de alguien que vivió un primer amor nunca recuperado. De esta forma la promesa de audacia cinematográfica vista hace cinco años en Il divo —una más de varias colaboraciones al lado de Toni Servillo— se cumple cabalmente en este crédito. Ningún actor habría tenido el carisma ni el porte ni el rostro de payaso triste. Ningún otro habría sido capaz de transmitir a los espectadores tanta nostalgia envuelta por tanta elegante vacuidad. Ante el vuelo de los flamencos que deciden tomarse un descanso en el balcón y al escuchar la frase de la monja decrépita sobre la importancia de las raíces, Jep tendrá una epifanía y con la mirada puesta en el mar abierto podrá volver a escribir. Mientras tanto, en el epílogo, nosotros nos quedaremos en Roma y recorreremos el Tíber. Mientras tanto, Sorrentino ya les ha dado a los cinéfilos una obra maestra tan absurda como profunda, tan divertida como emocionante. Una obra que está sin dudas a la altura de su antecesora. Bien podremos ahora imaginar la fascinante conversación que tendrían sobre la mesa de un café Marcello Rubini y Jep Gambardella. Larga vida a esta Roma seductora.

La gran belleza (La grande bellezza, 2013). Dirigida por Paolo Sorrentino. Producida por Francesca Cima y Nicola Giuliano. Protagonizada por Toni Servillo y Sabrina Ferilli.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=rcVkWiHRh04

Nota del 3 de marzo: La cinta se estrena en México el viernes 7 de marzo. Y, agregando información mucho menos importante, anoche ganó el premio ése a mejor película en lengua extranjera.