domingo, 5 de agosto de 2012

Una historia encenegada

La Muestra de Cine a la que aludo en la entrada anterior fue la edición XXXVIII. En el DF se llevó a cabo en otoño de 2001 y supongo que llegaría a Torreón a principios de 2002. Entre las películas seleccionadas estaban Deseando amar, Coronación, La pianista, Un amigo como Harry y la del comentario que presento hoy, La Ciénaga de Lucrecia Martel. Aunque la ópera prima de la cineasta argentina no me gustó del todo (y no he tenido oportunidad de revalorarla), me han agradado sus siguientes créditos como La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008). Va entonces el segundo texto:

Aunque la carrera de la directora argentina Lucrecia Martel comienza en 1991 con la filmación de cortos y series, no es hasta hace poco que aparece su primer largometraje. Si para una mujer en un país desarrollado es difícil producir una obra cinematográfica, en Argentina los obstáculos deben ser mayores y sólo por eso La Ciénaga (2001) es digna de comentarse. El problema principal es, sin caer en críticas feroces, la falta de estructuración gracias a una trama muy nebulosa.
El filme comienza con el accidente de Mecha (Graciela Borges) en la finca donde su familia cosecha pimientos rojos. Junto a una pileta bastante descuidada, Mecha cae al suelo por su embriaguez y se corta el pecho con unos vasos rotos. A ella acuden sus cuatro hijos —Momi, Vero, Joaquín, José— y la sirvienta Isabel. No así su esposo Gregorio, un inútil. Ese mismo día, el hijo menor de Tali (Mercedes Morán) es llevado a la misma clínica por una herida en la pierna. Las dos mujeres son primas. Mecha invita entonces a Tali y a sus hijos a La Ciénaga.
Los personajes abundan en la ópera prima de Martel y éste es uno de los primeros baches que se le presentan al espectador. ¿Quién es quién en las familias de Mecha y Tali? ¿Cómo se relacionan? Siembra tanta confusión el número de participante (niños, jóvenes, adultos) que, cuando ya se sabe a ciencia cierta quiénes son y cómo se llaman, arriban los créditos finales. Eso sin contar los saltos mortales en la sucesión de hechos los cuales exigen una concentración aún mayor. Muchos datos son suprimidos para darle agilidad a este laberinto de pequeñas, a veces diminutas, anécdotas familiares. Apenas se intuye cómo llega José de Buenos Aires a La Ciénaga o en qué momento se embaraza Isabel o lo sucedido durante la aventura de Gregorio y Mercedes. Ni qué decir de las relaciones entre ellos. Todas, sin excepción, son tratadas con cierta superficialidad. En una película aparte podrían contarse las duplas Mecha-Gregorio, Tali-Rafael, Momi-Isabel o José-Mercedes.
Martel prefiere aglomerar los cuantiosos roles en una película de apenas hora y cuarenta minutos. Se requiere mucho más que un anecdotario ya no para captar atención sino para retenerla, se necesita una historia con estructura menos inconexa y menos encenegada. La realizadora no plantea nada más fuera del retrato de familias sumidas en la abulia del calor o de la rutina. Las anécdotas de La Ciénaga sin duda divierten y entretienen. Eso es cierto. Pero divertir y entretener ya son tareas acostumbradas de Hollywood en su vacuidad y sus presupuestos exagerados. Un cine contenido en la Muestra Internacional debería reflejar ambiciones de otro alcance. Aún así, ¿de qué otra manera se enterarían los espectadores de la existencia de una directora argentina llamada Lucrecia Martel? La Ciénaga constituye, sólo por eso, un debut prometedor, una curiosidad alentadora. Sin embargo, palidece en el contexto formado por las cintas que hasta ahora la acompañan. Mejor suerte para el segundo largometraje.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=q9j1y6suhgY