lunes, 28 de mayo de 2012

Esto es una ficción (V): Paquirrín Almaraz

Éstos son los cuatro júniors de nuestra imagen inicial. Sin embargo, a cualquier reunión exclusiva se suelen colar indeseables y, por lo tanto, hay alguien más de quien se debería hablar en esta historia. Y no. Por desgracia, no aparece en aquellas fotografías repetidas de la avenida Central ni mucho menos podría contarse entre los chicos chic de las páginas de sociales. Su nombre se ha mencionado antes en los diarios. Sobre todo, tras su arresto. Aunque muchos ciudadanos de la Comarca no lo consideran como parte del grupo de los “júniors malditos” por razones evidentes. Incluso ellos, los protagonistas de la revuelta, dirían que esta persona ni siquiera estaba a su altura como para formar parte de la pandilla. Y, a pesar de todo esto, en algún momento no fueron capaces de prescindir de él. Y es que Francisco “Paquirrín” Almaraz resultó ser más importante para el asunto de lo que jamás adivinó aquella tarde de viernes Eddy Moreno —en este caso su gran capacidad de adelantarse a los hechos falló, sobre todo, por haber subestimado al oponente— y podría afirmarse ahora que fue decisiva su participación en los acontecimientos que determinaron el final de esta historia.
No perteneció nunca en realidad al grupo porque la familia de Paquirrín no tenía ni buen nombre ni dinero. Su padre, el señor Ignacio Almaraz Díaz, era empleado de un banco. Lo fue desde muy joven y lo siguió siendo durante cuarenta años. Su madre, la señora Eugenia Serna de Almaraz, una simple ama de casa que para ayudarle a su marido había abierto un negocito de tacos y hamburguesas muy dado al traste a pesar de su nombre en inglés “The Snacks In The Money”. Junto a ellos, un hermano y dos hermanas —todos menores— Paquirrín vivía en la colonia Navarro. Sus estudios anteriores al nivel superior los realizó en escuelas públicas, todo para que después pudiera acceder a las aulas de una universidad privada, la Ibero, y al escoger una carrera la ideal para continuar perpetuando las esperanzas de la familia le pareció que ésa debería ser Comercio Exterior. Fue ahí donde coincidió con Richy Hamse.
Desde que conoció a Richy, Paquirrín quedó prendado de él. Admiraba el dinero de su familia, la casa donde vivía, su carro nuevo, la seguridad para hablar con los demás tan característica de las clases altas y hasta su cinismo para echarse la vaca y pasar materias de panzazo dándoles regalos costosos a los profesores o a veces sólo suplicándoles. Él jamás había poseído las oportunidades del hijo único de los Hamse: idiomas, viajes al extranjero, ropa de marca, gadgets electrónicos. Pero por sobre todo eso admiraba su facilidad para atraer al sexo opuesto, algo de lo que Paquirrín no podía preciarse, por lo menos con los estándares de belleza femenina que traía metidos en la cabeza desde pequeño. Y es que su padre y él eran muy aficionados al viejo cine de Hollywood y desde pequeño las ensoñaciones sexuales de Paquirrín estuvieron pobladas por espectros seductores de otra época como Rita Hayworth, Marilyn Monroe, Marlene Dietrich, Greta Garbo y las poquísimas muchachas de la universidad que se acercaban a ese ideal —ahora cada vez más frondosas desde que Hollywood decidió desechar la anorexia por ser contraria a la salud y retomar los modelos femeninos de antaño— sólo lo veían con cierto asco, mientras que a Richy lo saludaban, le mandaban video-recaditos pornográficos por el celular, se subían a su BMW y terminaban siendo sin ningún empacho sus amigas con derechos.
Richy recibía de beneficio a cambio de su faldera amistad ayuda en los trabajos, apuntes para copiar, una respuesta correcta en un examen parcial que solía ponerle los pelos de punta a Paquirrín porque nunca se caracterizó por tener fría la sangre. Y es que en eso de sacar buenas notas, el buen Almaraz era muy útil. Tenía veintidós años y ya se había emparejado con los de un semestre más arriba y Richy lo conoció, aunque había entrado un año escolar antes a la universidad, porque de dejar pendientes tantas materias y de disminuir cada vez más la carga académica ya llevaba las mismas que él. Bobby y Charly, por verlo muy de vez en cuando, apenas notaban su presencia. En cambio, Eddy no sólo despreciaba a Paquirrín porque no viniera de lo que podrían llamarse buenas familias o nuevos ricos, también lo odiaba por su aspecto estereotípico del naco promedio: bajito, de cabello oscuro, tez morena, ojos color café y con ciertos rasgos aindiados. Esto último era lo que le parecía más vomitivo a Eddy que hasta lo llamaba a sus espaldas jodido indio pandroso prófugo del metate y bajado del cerro a tamborazos.
Pero lo que más despreciaba de la presencia de Paquirrín era que si su padre, el abogado mediocre, seguía perdiendo clientes al ritmo que iba, pronto él y toda su familia se convertirían en vecinos de los mugres Almaraz en una colonia tan chafa como la Navarro o la Estrella o la Jacarandas y tendría que topárselo todos los días en el Súper Navarro cuando sus papás lo mandaran a comprar leche o huevos y quizás —esto lo atormentaba hasta el límite— hasta cayeran más abajo y entonces un pinche naco como el Paquirrín lo vería desde arriba y esa posibilidad (ser visto por él desde las alturas del bienestar proporcionado por una colonia como la Navarro) era algo inaceptable.
Paquirrín no era ajeno al desprecio de Eddy o a la indiferencia de Charly y Bobby. Eso, sin embargo, aparentaba importarle poco. Su amistad hacia Richy era sincera y jamás se habría atrevido a cuestionar si era usado o no por él. Le bastaba estar cerca del mundo al cual siempre quiso acceder. Tanto así que no resultaba ser esfuerzo alguno el trabajo extra ni las constantes humillaciones como la que acababan de hacerle al no invitarlo a salir con ellos. Paquirrín estaba consciente de que las oportunidades se darían en un futuro y él mantendría los ojos y los oídos bien abiertos para aprovecharlas y así obtener por fin lo que siempre quiso: lana y viejas buenonas.