viernes, 25 de mayo de 2012

Esto es una ficción (I): Bobby Gil

Roberto “Bobby” Gil, el número dos entre los cuatro cabecillas y el hombre fuerte del grupo, se levantó temprano —para él esto era, claro, pasadas las nueve de la mañana— y lo hizo a pesar de las dosis libatorias ingeridas la noche anterior, a pesar incluso de la peste del cigarro que aún le salía por la boca. Ese día abrió los ojos mucho más temprano de lo usual en situaciones tan crudas no porque el despertador hubiera sonado ni porque su madre hubiera tocado a la puerta de su cuarto sino porque al lado de su casa estaban remodelando. Sí, para desgracia de Bobby, todos los días desde antes de las nueve llegaban los albañiles a dar de mazazos y, entre uno y otro, a también mentarse la progenitora a gritos. A veces, la mole de Bobby despertaba al son de alguna cumbia estrepitosa. Y el pobre, tanto ese día como muchos otros, ya estaba hasta los güevos de esos pinches albañiles nacos que lo despertaban cada día tan temprano y sobre todo después de una noche de parranda. Se quitó las lagañas de los ojos, murmuró para sí jodidos albañiles nacos, ojalá se mueran los muy perros infernales y sólo le quedó como alternativa despedirse de la cama. Se miró en el espejo sobre la cómoda y chistó al notar las ojeras. Escuchó un fuerte mazazo al lado de la ventana y tuvo que hacer un esfuerzo formidable para no abrirla en ese momento y gritarles a esos albañiles que fueran a chingar a su putísima y changa mamacita.
Era el colmo porque los viernes ni siquiera debía ir a clases temprano en la mañana. Bobby aprovechaba esos períodos matinales despejados y se encerraba en el gimnasio para levantar pesas. Estaba orgulloso de su fornido cuerpo. Desde la secundaria le había dado por inscribirse en algún gimnasio de la localidad (el de moda, claro), levantar pesas, inyectarse jugo y ponerse, como acostumbran todavía hoy decir los jóvenes, bien mamey. Eso intimidaba a sus demás compañeros, siempre engañados por lo obvio de su masa corporal, y él se dio cuenta además de que a algunas niñas (a veces a las más fresas) las excitaba sobremanera. No faltaba la que con ronroneos le pidiera palpar sus músculos con un dejo colorado en la mejilla. Y, bueno, las señoras ya mayorcitas se volvían locas. Al menos, así, compensaba su jeta de simio malhumorado con la cual la mayoría de las veces ahuyentaba a las otras damitas, aquéllas que desde chico lo rechazaban y, por desgracia, precisamente las codiciadas por él y por su genitalidad. Durante muchos años, recordó las fiestas de quince años de la secundaria que poco se asemejaban a las de sus padres, qué cursilerías y qué gatadas ésas de los chambelanes, los valses ridículos y los vestiditos pasteles, ésas les tocaron a sus papás cuando ya incluso estaban pasadas de moda, por lo menos ahora la niña iba vestida nice sí pero normal y nada más invitaba a los amigos a su casa, la fiesta era en ocasiones temática y de vez en cuando había algo de música y sí, se ponían a bailar, en esas reuniones y en muchas otras, así como en los antros de moda. Recordó también en el gimnasio mientras fortalecía sus bíceps esas quinceañeras reuniones en las cuales no hubo niña que no rechazara su invitación a bailar por lo poco agraciado de su rostro.
No pocas veces le dieron ganas de agarrarlas a trancazos porque nunca, ni siquiera entonces, se distinguió por su tolerancia a la frustración ni mucho menos por ser paciente. Aun menos desde las primeras dosis de esteroides. En la prepa del Cumbres, cuando ya empezaba a dar el estirón y a ponerse más musculoso, tenía fama de peleonero. Tanto que estuvo a punto de ser expulsado alrededor de cinco veces. Quién sabe por qué, pero esa mañana debajo de la regadera, en los vestidores del gimnasio se le vino a la mente aquella vez en que un compañero de la escuela, un cerebrito de lentes e incipiente bigote, le había dicho palabras más, palabras menos que era un retrasado mental y Bobby estuvo a punto de abrirle el cráneo contra una banqueta cuando no encontró el insulto adecuado para revirarle la observación. Si no hubiera sido por la intervención de sus padres, los legionarios lo habrían corrido. Esa vez, la vio muy cerca.
A pesar de su carácter violento, siempre terminaba zafándose de castigos. Hasta cuando hacía alguna gracia le regalaban algo caro. Últimamente, empero, los comentarios cizañosos de su hermano le habían costado muchos beneficios. La actitud poco filial le cayó bastante pesada en esos días porque un regalo en particular ocupaba su mente. No se quería quedar atrás con respecto al BMW nuevo de Richy Hamse. Pronto iba a cumplir los veintitrés años y sus padres le habían prometido un carro nuevo, un Audi del año —además, claro, de su camioneta Lobo y eso porque el Jeep ya no le gustaba tanto como regalo porque Charly le había dicho que eran muy de maricón. O al menos, eso vio en una serie de la televisión británica del año del caldo, una serie británica sobre maricones tan del gusto de Rolis. Su hermano mayor, como siempre, había puesto cara de purga con la promesa del Audi. Ya Bobby sabía lo que Manolo les decía a sus padres sobre él a sus espaldas. Vago irresponsable. No se merecía esos mimos. Miren nomás sus calificaciones del semestre pasado. Sigan consintiéndolo y verán sus barrabasadas. Y Bobby en más de una ocasión se lió a golpes con su hermano de veintiséis porque si por un lado era el mimado de la familia, por otro no se cansaban de erigirlo como el objeto de comparaciones con Manolo que ya había terminado la carrera con excelentes notas y trabajaba en la maquiladora de su padre. Durante el almuerzo con ellos a las dos, volvieron a surgir estos temas tan recurrentes sobre la mesa familiar. El rencor de Manolo estaba justificado por completo pues muy bajo precio le parecían esas crueles comparaciones a cambio de tantos premios, regalos, viajes y concesiones que él nunca se habría imaginado para sí por ser el mayor y quien siempre debía darle ejemplo a Bobby. Fuera de su incómodo carnal y a pesar de sus esporádicos incidentes de violencia, el menor de los Gil Uribe se llevaba bastante bien con el resto de su clan.
Don Juancho Gil Ulloa, el abuelo paterno de Bobby, había nacido en la Madre Patria y su hijo Manuel estaba tan orgulloso de su origen peninsular (o más bien del origen peninsular de su padre) que incluso hablaba con el acento de esa nación, era socio del Club España y junto con su mujer, Delfina Uribe de Gil, participaba con fidelidad en las fiestas de La Covadonga. Todas las primitas Gil Martínez de Bobby salían bien monas bailando flamenco ahí cada año. En alguna ocasión declaró en un periódico que él, el señor don Manuel Gil Gutiérrez, más que mexicano, se sentía criollo —declaración que ocasionó no pocas burlas en la Comarca Lagunera, tanto así que cuando el señor regidor panista Gil Gutiérrez decidió emprender la carrera política hacia la alcaldía de Torreón ésta no pudo despegar del suelo ni un centímetro gracias a aquella poco prudente declaración de su supuesto criollismo que fue interpretada por el nacionalista pueblo lagunero más bien como malinchismo.
Las frustradas aspiraciones políticas de don Manuel Gil no habían sido lo único desagradable en la vida del clan. Desde hacía seis años, Bobby, Manolo y sus padres no iban a ningún sitio sin guaruras. Y eso porque habían tratado de secuestrar a don Manuel. Fue mucho después de la cruenta guerra contra el narcotráfico y cuando ya la gente había bajado la guardia; pero en su juventud, durante el sexenio de Felipe Calderón, don Manuel vio a muchos de sus amigos y conocidos ser levantados o incluso asesinados por criminales o policías. A pesar de haber vivido ya varios años en paz desde aquella época negra no se descuidaría nunca más. Bobby se acordaba con lujo de pormenores de aquel infausto día en el cual, regresando de clases, se encontró a su mamá lloriqueando, a su hermano Manolo con la cara pálida y a su padre tratando de calmarlos. Tenía diecisiete años. A partir del día siguiente, ya estaban afuera de su casa varios prietos panzones, con sus camionetas Dodge, listos para seguirlos a donde fueran y a cualquier hora de la jornada. No le agradó nada la idea de tener pegados a dos pendejos detrás de él todo el tiempo. Pero no le quedó de otra. Era el precio a pagar por venir de una buena familia. La envidia y el resentimiento de los nacos los habían obligado a perder un poquito de su privacidad. Y, muy en el fondo, Bobby aún albergaba el anhelo de que se le olvidara a su papá el intento de secuestro y corriera de una vez a esos pinches mantenidos.
A la molestia de los guarros se le había añadido hacía cuatro meses el inicio de las remodelaciones en la casa de los vecinos. Por culpa del ruidajero de los albañiles, Bobby decidió ese día echarse la vaca de sus clases de la tarde, las de las tres y las cuatro. No fue al Tec de Monterrey hasta las seis, cuando ya se había repuesto con una siestecita de dos horas en la recámara de sus padres. Estudiaba ahí, en el Tec, ingeniería no porque le gustara sino porque don Manuel sabía que esa carrera le ayudaría bastante a la hora en que se incorporara a alguna de las gerencias de la maquiladora. Aunque ese momento lo veía su padre cada vez más lejano porque Bobby era probablemente el alumno que más materias había repetido, por no decir reprobado, en el departamento de Ingeniería Industrial de esa tan reputada como carísima institución educativa. Cuando Bobby se subió al cinco para las seis a su camioneta Lobo teniendo como destino la escuela, maldijo a los albañiles que en la casa vecina ya se estaban preparando para darle fin a la jornada. No sabía hasta dónde lo conduciría su rencor contra ellos.