lunes, 28 de mayo de 2012

Canto de cisne en Kieslowski

Aquí viene otro texto añejo. Éste sí sobre una gran película:

El cineasta Krzysztof Kieslowski alcanza renombre más allá de su natal Polonia a principios de los noventa con la trilogía Azul (1993), Blanco (1994) y Rojo. Tales trabajos fílmicos se fundan como alegorías para aludir a los tres colores de la bandera francesa que simbolizan respectivamente la libertad, la igualdad y la fraternidad. Todavía poco conocido por el gran público después de la serie de televisión El decálogo (1988) y la película La doble vida de Verónica (1991), Kieslowski salta al pedestal de la notoriedad con esta trilogía. Tras ella, para el director polaco, sólo quedarán el retiro y la muerte.
Tres colores: Rojo (Trois couleurs: Rouge, 1994) cierra el ciclo después de que, en Azul, Julie Vignon se enfrente a una dolorosa y no deseada libertad al perder a su esposo y a su hija en un accidente automovilístico; después de que, en Blanco, Karol Karol recupere su vida y logre una contradictoria igualdad frente a la mujer que lo repudió. Rojo, por su cuenta, es la historia de una joven modelo suiza, Valentine (Irène Jacob), y un juez retirado (Jean-Louis Trintignant) que se dedica a escuchar las conversaciones telefónicas de sus vecinos. Luego de atropellar a Rita, la perra del juez, la joven y el viejo se encontrarán y reencontrarán en múltiples coincidencias detonando así una fraternidad que, bajo otras circunstancias, no se daría. Entrelazado se desarrolla el argumento secundario de quien parece ser el doble del viejo juez: Auguste (Jean-Pierre Lorit), un estudiante de derecho que pronto sufre una decepción amorosa, idéntica a la sufrida por el juez en su juventud.
Forma y fondo se amalgaman en perfección. Por un lado, el énfasis constante en el color que le da nombre a la cinta y el reforzamiento de la estética a través de dicho énfasis. Por otro, una trama donde el azar reina supremo para jugar con los seres humanos y llevarlos –algunas veces sí, otras no— al encuentro que los espectadores anhelan. Sin necesidad de caer en lugares comunes o situaciones repetidas hasta el hartazgo, Kieslowski muestra el último eslabón de su corta cadena a través de una fraternidad tan inusual como conmovedora. El cinismo del viejo es vencido. El desprecio de la joven Valentine frente a la reprobable conducta del juez, también. Al final, la promesa de los vasos comunicantes entre las tres cintas ya vista en Azul y Blanco (esa escena en la corte durante la cual Julie entra sólo para escuchar palabras sueltas en boca de Karol) termina confirmándose pues los personajes coinciden, por otro azar, en tiempo y espacio. A excepción del viejo juez, quien sólo puede presenciar tal encuentro sobre la pantalla de un televisor. La última cinta en la carrera de Kieslowski, por su notoriedad, confirma la destreza de este director polaco y deja a sus espectadores con la pregunta hecha, otra vez, a ese azar que se lo llevó en horas tan tempranas.

Tres colores: Rojo (Trois couleurs: Rouge, 1994). Dirigida por Krzysztof Kieslowski. Protagonizada por Irène Jacob, Jean-Louis Trintignant y Jean-Pierre Lorit.