domingo, 23 de enero de 2011

Aversión al western


No hace mucho vi un avance de Cowboys & Aliens (2011), bodrio “spielbergiano” dirigido por un actorcete metido a cineasta llamado Jon Favreau. El avance por poquito me produce arcadas. Pensé que se necesitaba algún ingrediente más sustancioso que monos y naves espaciales para revivir un género ya decrépito y decadente. Desde hace muchos años, no me avergüenza confesarlo, les tengo verdadera y recalcitrante aversión a las de vaqueros, al para mí deleznable y vomitivo género del western. El único que vi siendo niño fue El bueno, el malo y el feo (1966). Me gustó, sí. Después de todo, tenía siete u ocho años. Pero no les seguí la pista a otras del mismo estilo. De ahí en más, entonces, ningún western en mi dieta fílmica. Siendo más joven beneficié otros géneros que me atraían de manera más contundente como el horror y el suspenso. Y ya a estas alturas del partido no me interesa bucear en un grupo de filmes a los que considero acartonados, muy previsibles y tan secos como los paisajes que retratan. Será algo psicológico pues si vengo huyendo de una región semi-desértica, ¿por qué habría de buscarla en el cine? Eso sí. Hago una excepción cuando se trata de los hermanos Coen.
Los Coen, Ethan y Joel, se dieron a la tarea a realizar no sólo un refrito (algo que ya han hecho antes) sino, además, dentro de este género en mi opinión tan de matiné. Está bien. No se los reprocho. Después de sus créditos del 2007 y del 2009 se pueden dar ese lujo. De esta forma, lograron tener entre sus manos la que quizás llegue a ser su cinta más taquillera: Temple de acero (True Grit, 2010). Así como no pensaba antes chutarme ningún western, igual me sucede con la precursora de esta True Grit, la protagonizada por John Wayne de quien orgullosamente puedo decir que nunca he visto y con mucha probabilidad nunca veré ninguna de sus actuaciones. Ignorando (y asumiendo sin pena esta ignorancia) la película de 1969, la nueva True Grit, la de los Coen —según se dice bastante apegada al libro que la originó— comienza con la muerte de un hombre, una muerte más entre miles que se dan en esta tierra sin ley en donde la trama está ubicada. Tras el asesinato, Mattie, la hija de catorce años, asume el rol de ángel vengador. Es con el personaje interpretado por la joven y novata actriz Hailee Steinfeld que Temple de acero me hizo olvidar que veía un western, ese género tan detestado por mí. Porque el personaje de Mattie arranca en el filme envuelta por una frescura que sólo durante momentos nos hace olvidar cuál es su terrible misión: atrapar a Tom Chaney (Josh Brolin), el asesino de su padre, y llevarlo ante la justicia. Como sea. No importa el precio. Está convencida de que lo hará. Lo atractivo de Mattie es que no se amilana ni se deja intimidar por este universo salvaje de hombres bragados (y a veces no tanto) que la subestiman y que al final tendrán que rendirse ante la voluntad imbatible de esta adolescente. Mattie tampoco es tonta. Sabe que necesita de un cazador que la ayude a atrapar la presa. Ése será Rooster Cogburn (Jeff Bridges), un alguacil alcohólico, un hombre de ley aunque no dude en quebrantarla. Desde El gran Lebowski (1998), Bridges no trabajaba con los Coen y en realidad su Rooster Cogburn no es más que una versión más sedienta de sangre del “Dude” en aquel crédito. Tras el rastro de Chaney también está el policía montado LaBoeuf (Matt Damon), en instantes colaborador de Mattie y Cogburn, en otros momentos estorbándoles ya que él espera aprehender al fugitivo para llevarlo ante la justicia texana y cobrar una recompensa, algo inaceptable para la joven. No creo arruinar la experiencia de otros cinéfilos ante la película —pues se ve claro en el avance— al develar que Mattie caerá en manos de Chaney y un borracho Cogburn se verá en la necesidad de rescatarla. Bienvenidos al territorio de los lugares comunes del western. Fue aquí donde el personaje de la joven Mattie cae de su admirado pedestal convirtiéndose en una más de las muchas damiselas en peligro de tantas otras de vaqueros. Digamos que a partir de entonces mi interés por la historia se quebrantó.
Realizar un refrito es muy arriesgado. Muchos lo intentan y terminan desbarrancándose hacia la vergüenza y la ignominia. Refritear conlleva, para bien o para mal, el estigma de la falta de originalidad. Y, para colmo, si no se supera a la obra precursora el ridículo perseguirá al atrevido. Aunque los hermanos no son novatos en esto. Ya habían refriteado en 2004 El quinteto de la muerte (The Ladykillers, 1955) con cierto éxito logrando apropiarse del material original y transformándolo en una obra personal y valiosa por sí misma. Ellos a su vez han sido refriteados. Por ejemplo, el año antepasado el cineasta chino Zhang Yimou hizo una farsa extravagante y no muy bien lograda de título A Woman, a Gun and a Noodle Shop (2009) cuya fuente es la ópera prima de los Coen, Blood Simple (1984). Volviendo al tema, este intento refritero llamado Temple de acero, no lo puedo negar, se defiende muy bien. Después de todo, estamos ante una dupla que parece no equivocarse a la hora de filmar: excelente ambientación, buenas actuaciones, bella fotografía, etcétera. Sin embargo, no puedo decir que sea de mis favoritas entre la filmografía de los Coen. Sé que esto es sólo porque le tengo una fuerte aversión a las de vaqueros. En este caso, la culpa es mía. Temple de acero se estrena en el DF el 4 de febrero.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=CUiCu-zuAgM