lunes, 30 de agosto de 2010

Porquerías que vi de chiquillo (IV): Ojos en el bosque


Atrapado. Suspendido. Así me sentí después de haber visto esta porquería hace muchos años. Salió de un Videocentro y fue rentada en variadas ocasiones como si no hubiera límite al deseo de mirarla obsesivamente. Me voy por el camino más difícil, como acostumbro. En lugar de sacar un texto corto, hago lo contrario. Me lanzo a hurgar en las peligrosas mareas de la memoria. Incluso me doy a la tarea de bajar ilegalmente la película. Me llevo un chasco. Está en doblada al francés. Eso es suficiente para iluminar de nuevo los recuerdos que ya se hallaban apagados y ocultos en la oscuridad del olvido. Va entonces esto que quizás a nadie interese:

Un mundo los vigila
Conforme corren los créditos iniciales del filme, una tonada infantil de caja musical se alterna con otra más bien amenazante. Escalofríos corren por la espalda. Las tomas de un bosque frío a veces neblinoso a veces soleado nos indican que entramos a las tierras ignotas del suspenso. La cinta ochentera de los estudios Disney, Ojos en el bosque (The Watcher in the Woods, 1980) del director John Hough y basada en la novela homónima de una tal Florence Engel Randall abre cuando los Curtis, una familia estadounidense cuyo padre es un músico trasladado a Gran Bretaña, se acercan a la mansión en medio de un bosque dentro de la cual vivirán mientras estén en Europa.

Lynn-Holly en todo su temeroso esplendor
Ya desde aquí una presencia más necia que otro ochentero (Jason, el de Viernes 13) los sigue. El precio de la renta es una ganga y, ante lo bajo de aquél, la hija menor dirá que quizás la mansión sea el albergue de un fantasma. No es así. Aunque habrá momia. Una mujer excéntrica, brujeril y sola es la dueña. Esta anciana tendrá el rostro ya ajado de la gran Bette Davis quien demostraba entonces que, para trabajar a cierta edad, no había que ser melindrosa con los papeles que le ofrecieran. En quien de inmediato se fija la presencia boscosa —por llamarla de algún modo— es en Jan, interpretada por la entonces sensación juvenil: Lynn-Holly Johnson. La señora Aylwood, la dueña de la mansión, tampoco puede quitarle los ojos encima a la muchacha (rubia, joven, núbil, sensible) pues le recuerda a la hija que perdió treinta años atrás.

Corte de ventana
Primer suceso extraño: mirando a través de una ventana en el segundo piso de la mansión, mientras la familia visita por primera vez su futuro hogar al lado de una agente inmobiliaria, un resplandor sale del bosque y el cristal de la ventana se rompe formando un triángulo e hiriendo el dedo índice de Jan. La señora Aylwood, tras estudiar el carácter de la chica, acepta a los Curtis como inquilinos. Sin embargo, Jan se siente observada y no sólo por Bette Davis. Tiene miedo del aire que se respira ahí. De esta manera, se le plantea al chiquilín espectador esa sonora palabra que lo dejará boquiabierto y patidifuso: misterio. Pero no hay nada que temer en realidad siendo éste un producto de los higiénicos y purísimos estudios Disney. Se sabe de antemano que esto estará exento de chorros de sangre (gore, mutilaciones, torturas, dientes rechinando y entes sacados del averno) o de erotismo (lengüetazos, chichis, falos y ayuntamientos carnales). Ni Jason ni Freddy ni Michael Myers ni Jamie-Lee Curtis (sí, otra Curtis) tienen lugar aquí. Respiremos tranquilos a pesar de esa clasificación gringa de PG (guía de los padres), inédita en la casa del ratón Miguelito, compañía especializada en agenciarse puras G (público en general) por cada película. Especialmente durante la ñoña década que nos atañe.

Espejito, espejito
Segundo acontecimiento para ponerle los pelos de punta a los peques: durante la mudanza Jan ve desaparecer su imagen sobre la superficie de un espejo. Se presenta un nuevo ataque de la molesta presencia del bosque a la que por lo visto le fascina romper cristales cual Daniel, el travieso. De nueva cuenta, se forma un triángulo sobre el espejo a través del cual Jan observa a una mujer parecida a ella (aparición rubia, fantasmagórica, gris y con todo el peso del croma encima). La doble de Jan tiene los ojos vendados y los brazos extendidos. Es obvio que se encuentra atrapada y que suplica ayuda. Finalmente el anónimo Gasparín rompe el espejo entero y lo tumba. Con eso hasta al más valiente espectador se le baja la sangre a las rodillas. Jan cuenta lo sucedido. El resto de su familia, sobre todo los padres, parecen escépticos. Encuentran como todo ser pensante explicaciones originadas en la razón. Esa misma noche Jan verá salir a la señora Aylwood de la casa de huéspedes. No sé por qué pero la idea de encontrarme a una anciana Davis en un bosque oscuro a mitad de la noche es más escalofriante de lo que hasta estas alturas ha presentado la película.

Kyle Richards escribe al revés
A la niebla en abundancia, los cristales rotos y las rucas malencaradas y misteriosas, se une el bizarro comportamiento de la hija menor de la familia: Ellie (Kyle Richards). Al estar en la granja donde habita Mike Fleming (prospecto de novio de manita sudada para Jan) y adoptar ahí a una perra (literal, no de las otras por Dios que esto es Disney), la metiche presencia del bosque parece “posesionarse” de la niña y la hace escribir sobre un cristal empañado la palabra Nerak. Después del trance ella dice que es el nombre de la perra, aunque con las letras al revés. Mary Fleming, la madre de Mike, observa el cristal desde el otro lado y su rostro se congela de terror: ¡Karen! Zoom al semblante de la matrona y violines estridentes obligatorios. Gritillos del público también. ¿Quién será la tal Karen? ¿Podría acaso tratarse de la hija perdida de la señora Aylwood? ¿O de la hermana gemela de la perrita Nerak? Quién sabe. Todavía falta una hora para que esto termine. Y en el género del thriller infantil todo puede suceder. Además de la señora Aylwood, tres adultos más se unirán al coro de seres caripálidos, ojerosos, melancólicos y molidos a palos por la culpa: Mary Fleming, el lerdo ermitaño Tom Colley y el ricachón amargado John Keller. ¿Qué secretos guardarán estos tres como para provocar los triángulos con los que la presencia boscosa tanto jode?

Al agua, Jan
Y hablando de números simbólicos llega el tercer hecho inexplicable: siguiendo a Ellie (y ésta a su vez a la perra Nerak) hacia las profundidades del bosque, en un claro con peligroso estanque incluido, Jan escucha la tonadita de los créditos en el tarareo de quién sabe quién. Otra vez un resplandor sobre el estanque, aparición de una circunferencia azul fosforescente (quizás la presencia haya sido en otra vida profesora de geometría o algo así) y subsecuente caída al agua de Jan a quien por un segundito se le levanta la playera rosa logrando enseñar… ¡Oh, decepción, chiquilines! No más que la blancura de su brasier.

La mirada homicida de Bette Davis
Para colmo de males aparece la bruja de la señora Aylwood con largo y asesino tronco para convertir el estanque en su caldero y ahogar en él a la pobre Jan cuyo brazo está atorado por una inoportuna rama submarina. Ojos en el bosque también es ojos pelados circundados de burbujas en una pecera para simular la profundidad extrema del estanque. Así como la mirada intensa de Bette Davis. Intensa y dirigida no hacia abajo como debería de serlo en la realidad sino hacia la cámara. Esta señora tiene el instinto homicida dentro de ella, niños. Si la ven, salgan corriendo. O al menos eso es que interpreta la ingenua Ellie. Igual harán todos los sobrinitos del tío Gamboín de los ochenta. Pero no. No sean babosos. La verdad es que la anciana le está salvando la vida a nuestra involuntariamente exhibicionista heroína. Qué alivio. De regreso en la casa de huéspedes y ya comparando versiones, se revela el inesperadísimo nombre de la hija perdida de la señora Aylwood: Karen. Jan cuenta lo que vio el día de la mudanza y la señora agradece esta acción con la historia de la desaparición de Karen. Flashback obligado. Entre las curiosidades alrededor del filme, doña Bette Davis insistió en hacer ella (ella y nadie más que ella) el mismo papel de treinta años atrás. Una vez hechas la pruebas (¿apenas tras hacer las pruebas?) el director se dio cuenta de que la veterana actriz no podría pasar por una mujer treinta años más joven. Por lo tanto, se requirió de otra que entrara al quite.

Jan en problemas
Jan por fin se entera de que Karen, su doble, desapareció luego de una noche de eclipse de luna, de juegos entre cuatro amigos, de centellas sobre una capilla y de incendio destructor. Ida para nunca más volver. Según la señora Aylwood, su hija todavía sigue viva y está ahí, en el bosque. A todo esto seguirán: 1) una carrera de motocross donde participa Mike y donde se da otro suceso raro que casi termina en tragedia y 2) un paseo a caballo interrumpido por la renuencia de los animales a penetrar en el bosque que desemboca en el descubrimiento de la capilla. Por todos lados aparecerán triángulos y círculos superpuestos. Karen volverá a pedir ayuda en su encarnación grisácea y de croma dentro de la casa de los espejos de una feria. Ni la madre de Mike ni el ricachón John Keller quieren desenterrar el pasado. Pero el eremita Tom Colley sí. Otro flashback obligado donde vemos cómo los tres adolescentes llevan a Karen vendada de los ojos hacia la capilla para jugar pomposamente al rito de iniciación. Bajo la campana que cierto Pedro Torres campechanamente se robó para el videoclip de su entonces mujer Lucía Méndez, Karen desaparece y la capilla se incendia.

Ellie, me das miedo
La tonada del inicio vuelve a repetirse para explicar su recurrencia pues pertenecía, obvio, a una caja de música de Karen y en el presente sirve para sumergir a Ellie en trance y darle voz a la presencia boscosa que además de pediche (hagan esto, hagan lo otro) resulta groserísima (Stupid! Stupid! Stupiiiiiid!). Tápense los oídos, adeptos al Gato GC. Ante un connato de huida, hasta sin carro y sin teléfono dejará la muy molona presencia a los Curtis. Vendrá más escritura al revés para ser leída en el reflejo: “háganlo otra vez mañana”. Lo que diga su invisible majestad. Si tan sólo nos hubiera dicho qué es ese algo que hay que hacer para rescatar a Karen de su limbo de croma. A la mañana siguiente todas las piezas caen en su lugar. Jan debe recrear el rito iniciático con los tres participantes (el círculo, el triángulo) durante un eclipse de sol (los superpuestos). Corre el riesgo de desaparecer como le ocurrió a Karen treinta años antes. No hay por qué temer, público infantil. Ya lo sabemos. Esto es una creación de Disney. Aunque les dejo una advertencia. Falta lo más perturbador: la pequeña Ellie en trance dictando órdenes y dando explicaciones sobrenaturales sobre las energías del eclipse, confusiones extraterrestres y hasta otra dimensión todo con voz ominosa que poquito le pide a la de Linda Blair en ya sabemos qué cinta. Con el intercambio de rehenes, Jan estará a salvo con su familia y en brazos de Mike. Al final, claro, madre e hija se reencontrarán. Lágrima obligada. Fin.

Estás en casa
Si antes era capaz de ver una infinidad de veces Ojos en el bosque, ahora ya no me siento a la altura. Treinta años después, doña Bette Davis está en donde todos terminaremos algún día, a Lynn-Holly Johnson -casada y con hijos- se le puede encontrar en convenciones de ex chicas Bond o rentando aquella cúspide de la cursilería en patines llamada Castillos de hielo, Kyle Richards sigue actuando y sus participaciones en programas de la televisión gringa lo comprueban. Treinta años después, esta joya de mi infancia se ha convertido en una porquería más que vi de chiquillo.

El avance "ñaca-ñesco": http://www.youtube.com/watch?v=3DFacqQp8uw
Un final alternativo con, me imagino, la presencia del bosque encarnada por un monstruo extraterrestre de risa loca: http://www.youtube.com/watch?v=Bkpf2IzmMVg