domingo, 22 de agosto de 2010

Las piezas perdidas del rompecabezas Metrópolis


Pues desde la tarde del lunes 16 de agosto estoy de regreso en Montreal. Regresar aquí me da de nuevo el privilegio de visitar el Cinéma du Parc que, como ya he dicho en otra ocasión, se encuentra en el nivel subterráneo del edificio en donde vivo. Por suerte logré ver la película de la que hablo a continuación antes de que saliera de su cartelera. Suerte porque ha constituido una experiencia cinematográfica inédita. A continuación, un texto publicado en el año 1998 en el suplemento cultural la tolvanera de la revista Brecha. Era el año de Titanic y, mientras tanto, yo trataba de bucear en aguas muy distintas, haciendo mis muy personales descubrimientos fílmicos:

Máquinas no tan mudas
Para las generaciones más jóvenes –y hasta a las que ya no lo son tanto— el cine mudo es campo desconocido. Por lo visto, ni a las salas exhibidoras ni a las tiendas de video les parece rentable el ofrecimiento al público de los primeros filmes del séptimo arte. Sólo universidades, cinetecas o canales de cultura se interesan en darle difusión a los nombres que iniciaron la aventura del cinematógrafo –Louis y Auguste Lumière, David W. Griffith, Georges Méliès o Edwyn S. Porter— o a verdaderos clásicos –El acorazado Potemkin (1925) de Eisenstein, La fiebre de oro (1925) y Tiempos modernos (1936) de Chaplin, La caja de Pandora (1928) de Pabst o Metrópolis (1927) del director austriaco Fritz Lang.
Comparable, por ejemplo, a la visión de novelas como 1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley es la mencionada Metrópolis. Con ella, Fritz Lang presenta al espectador una urbe futurista donde los trabajadores operan sin cansancio las máquinas y así mantienen a las clases superiores, a los detentadores del poder. Por encima de los habitantes de Metrópolis se encuentra el amo: Joh Fredersen (Alfred Abel). Su hijo, Freder (Gustav Fröhlich), luego de conocer a una trabajadora, María (Brigitte Helm), baja a la ciudad de los obreros y así descubre las condiciones en las que viven. Mientras tanto, Fredersen y el inventor Rotwang (Rudolf Klein-Rogge) planean sustituir a los hombres por máquinas perfectas que los obedecerán fielmente, androides que no necesitarán cambio de turno.
Los efectos, para aquella época, se sienten adelantados. La inexperiencia que marcó los años iniciales del cine se nota en el argumento. El arte, aún joven, está plagado de ingenuidad. Tal aspecto se atenúa con el baile erótico donde se demuestra, no sólo que no hay nada nuevo sobre la pantalla grande, sino también que los hombres no notan la diferencia entre mujer y androide mientras éste tenga todo en su lugar –recuérdese a Demi Moore en Striptease. Las máquinas, tiranas de los obreros, encuentran a su líder en el robot femenino disfrazado de María, invento hiperactivo en su antifaz de vieja verdulera que incita a los trabajadores a destruir el paraíso infernal. El científico loco Rotwang despierta al androide aunque le valga una mano. Mucho más tarde, Luc Besson se robaría esta idea para explicar el origen de su anoréxica Leeloo en El quinto elemento. El interminable mutismo al que no se está acostumbrado incomoda los sentidos. El maquillaje en demasía y los grandes gestos, los cuales aparentaban compensar la falta de sonido, afecta la seriedad escondida por el realizador: la lucha de clases, la pobreza, el capitalismo, el trabajo y la relación entre la humanidad y las máquinas. El mensaje de Fritz Lang es tan intenso que no duda en utilizar figuras religiosas. María predica a los trabajadores (“Entre el cerebro que planea y las manos que edifican debe haber un mediador”), los ilustra con el relato de la torre de Babel y anuncia la llegada de un mesías, un héroe de la paz. A pesar de eso, Metrópolis no deja de ser un deleite para los que se esfuerzan por buscarla. El éxtasis sucedido por la estatua mortal y los pecados capitales; los múltiples ojos que observan a María-Robot mientras baila y la visión de Molock al estallar las máquinas son rasgos oníricos apreciables. Quizá algún día Metrópolis, una producción de Erich Pommer (El ángel azul), llegue a los estantes para su renta y entonces abandone el país de los filmes feos.

Mi percepción ha cambiado mucho desde que escribí lo anterior. Metrópolis, durante bastante tiempo, se distribuyó con algunas escenas faltantes. Hace dos años, en Argentina, encontraron una copia de la película y se recuperaron algunas escenas. Finalmente el largometraje se montó con la banda sonora original y comenzó a circular en festivales alrededor del mundo. Hoy tuve la oportunidad de ver ese montaje en el Cinéma du Parc y no puedo dejar de lamentar mi inexperiencia reflejada en el texto anterior. Poco sabía yo del cine de aquella época. Por fin, hoy, pude acercarme a la experiencia de quien por primera vez iba a ver Metrópolis a finales de los años veinte del siglo pasado y no puedo definir lo que sucedió más que con la palabra estremecedor. Podrá sonar ridículo, hiperbólico o idiota. Pero así fue. La inclusión de las escenas faltantes explica mucho mejor la trama y nos da una cinta redonda, profunda y ni más ni menos que épica. Metrópolis es sin duda la gran e indiscutible precursora del cine de ciencia ficción. No puedo dejar de agradecer el privilegio (no sé a quién: quizás a la vida, al azar, a Dios o a quien me haya puesto en este mundo) de poder entrar a una sala de cine para disfrutar de esta joya.

-Metrópolis (1927). Dirigida por Fritz Lang. Producida por Erich Pommer. Protagonizada por Alfred Abel, Gustav Fröhlich, Brigitte Helm, Rudolf Klein-Rogge y Theodor Loos.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=ZSExdX0tds4