domingo, 22 de agosto de 2010

Joan Rivers, reina de la comedia gringa


Se supone que un escritor -y más un escritor lagunero- no debe confesar ciertos gustos ni ciertas aficiones. Se supone que un escritor debería detestar todo lo que huela a gringada o a frivolidad. Se supone que un escritor "prestigiado" tendría que hacer hogueras con los últimos títulos de autores best-sellerianos como Stephen King, Dan Brown, Laura Esquivel, Paulo Coelho y ni se diga Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Aunque algunos de éstos ya ni siquiera estén de moda y la gente ya ni los pele. Se supone que los escritores leemos el periódico La Jornada y por ley detestamos a Carlos Slim por ser el hombre más rico de un país repleto de pobres. Sí, se supone.
Desde que nacemos estamos condicionados a repetir las conductas de quienes nos preceden, los comportamientos que van de acuerdo con la etiqueta que el resto de los seres humanos se dignan a ponernos en binomios inalterables: hombre/mujer, mexicano/extranjero, criollo/indio, fresa/naco, liberal/conservador, empresario/escritor, etcétera, etcétera y un sinfín de etcéteras que en México por nuestra mentalidad a veces enana nos hemos dedicado a multiplicar en lugar de simplificar. El problema es cuando la etiqueta no basta para describir al ser humano, mucho menos para asirlo. La empatía no da para tanto. Todo esto para decir que a la edad a la que me aproximo (los treinta y cinco años) mis gustos son mis gustos y poco me importa si alguno o todos mis colegas escritores me echan miraditas de extrañeza que yo fácilmente podría revirarles; pero que por respeto no lo hago. Todo esto para hablar de la señora Joan Rivers.
En principio, por ser "escritor" yo debería echarle toda la mierda posible a esta vieja horrenda, frívola, con tantas cirugías como Michael Jackson o Lucía Méndez (asociaciones éstas para principiantes) y que vive dentro de un lujoso departamento de Nueva York en cuyo cuarto de servicio querría vivir el más jodido indigente de cualquier parte del mundo (no sólo México). Pero da el caso que a doña Joan Rivers mis insultos se le resbalarían porque ella es una actriz que hace el papel de comediante y todos sabemos que a los y a las comediantes todo se les resbala. O, al menos, todo tendría que resbalárseles pues antes de que podamos insultarlos ellos ya lo habrán hechos muchas veces en sus espectáculos de stand-up, disciplina a la que estamos muy poco acostumbrados en México y que algunos cómicos nacionales de cuarta (aquí me sale lo escritor contestatario) han intentado realizar con patéticos resultados. En Gringolandia es un arte bien afinado y ellos tienen un número bastante grande de comediantes especializados en el stand-up, simplemente porque es así como se inician todos los comediantes allá: solos en un escenario, frente a un micrófono y teniendo como únicas armas para hacer reír el ingenio y la palabra (aquí es donde un nutrido grupo de escritores comenzaría a sacar las piedras de su desprecio para condenar mi malinchismo y mi fresez por estar mínimamente informado sobre el stand-up y su fenómeno en Estados Unidos). Jerry Seinfeld es uno de los que más alto voló teniendo uno de los programas de comedia más exitosos de la década de los noventa, programa que reflejaba sus inicios en el stand-up pues presentaba como preludio y como epílogo de algunos episodios este tipo de rutinas. Y a su lado podrían citarse muchos nombres más de cómicos estadounidenses o incluso canadienses que emigraron al que para ellos era el país del sur. De entre esos nombres y durante los últimos cuarenta años, ha destacado el de una sola mujer como la reina indiscutible y más veterana de esta disciplina: Joan Rivers.
Las directoras del documental Joan Rivers: A Piece of Work (2010), Ricki Stern y Anne Sundberg, se dedicaron a filmar un año en la vida de la comediante, un año que se vio resumido en hora y media de duración. Al principio del documental vemos a Joan (sí, con sus cirugías y kilos de maquillaje) quejándose de que su agenda está casi vacía y que otras comediantes más jóvenes están en la cima del estrellato mientras ella, ya de setenta y cinco años, es una has-been en un negocio cada día más obsesionado con la belleza y la juventud. Por eso, Joan acepta cualquier trabajo, presentarse en cualquier lugar. Después las directoras la muestran en viaje a Europa donde monta en Edinburgo una obra de teatro hecha a su medida. Las críticas son nobles ahí, no tanto en Londres. Y eso la convence de no llevar la obra a Nueva York donde sabe que los críticos serán todavía más severos. Aquí nos damos cuenta que no todo se le resbala a esta señora que tuvo sus inicios en los años sesenta en el famosísimo programa de Johnny Carson. Finalmente la rueda de la fortuna terminará favoreciéndola cuando acepte con muchas reticencias participar en el programa El aprendiz de Donald Trump, con reticencias pues se considera la única celebridad importante en el elenco del reality-show. Al final, entre tantos viajes, presentaciones, firmas de libros y limosinas algo veremos de la personalidad que se oculta tras una máscara ya deforme y plastas de maquillaje.
No voy a negar que el humor que más me hace reír es el anglosajón (el gringo, el canadiense, el británico). No es cuestión de malinchismo sino tal vez de calidad y de costumbre. El único comediante mexicano que ha logrado que ría es Andrés Bustamente. A todos los demás, si por mí fuera, los mandaría al paredón (imagen categórica y exagerada digna de un escritor). Y es que siendo muy chico me familiaricé con programas como Saturday Night Live y The Kids in The Hall. Por eso, no pienso disculparme con nadie si la figura de Joan Rivers me resulta familiar: durante una época vi su talk-show y durante otra, cuando me chutaba las ahora odiosas entregas del Óscar, sus programas de la alfombra roja. Negarle méritos a una señora que fue y sigue siendo pionera en lo que hace (la comedia) no está en mí. Eso a pesar de lo frívola, boba, gringa y ricachona que pueda parecer. Porque conmigo logra su cometido: me hace reír. Mucho menos la insultaría después de ver el documental de la dupla Stern-Sundberg que logra transformar a la figura en lo increíble: una mujer de carne y hueso.

-Joan Rivers: A Piece of Work (2010). Dirigida por Ricki Stern y Ann Sundberg.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=2fnojZw54ls