jueves, 15 de julio de 2010

Verdad y ficción en Jaime Muñoz Vargas


Por desgracia, otro de los libros de mi biblioteca que se despacharon las termitas fue Juegos de amor y malquerencia (2003) de Jaime Muñoz Vargas. Lo lamento porque además contenía una dedicatoria de su autor, a quien cuento entre mis mejores amigos. Hace aproximadamente siete años participé en la presentación torreonense de esta novela con un texto que se transformó un poco para ser publicado en el diario La Opinión Milenio. A continuación una versión menos condensada de esa reseña:

Verdad y ficción en Juegos de amor y malquerencia
Una novela tiene su propia biografía, a veces muy distante de la biografía del autor, a veces no tanto. La novela por sí misma crece, madura, sufre sus propias transformaciones. Así sucede con Juegos de amor y malquerencia (2003) de Jaime Muñoz Vargas que en un principio se llamaba Fervor de Santa Teresa. No me parece gratuita esta referencia tratándose de un texto donde debajo de la simplicidad de la anécdota se esconde un mecanismo mucho más complejo, un mecanismo donde se ensamblan conceptos tan entrañables para los que nos consideramos adictos a la lectura como autoría, ficción, realidad, verdad y mentira. Porque aunque sabemos, enclaustrados en nuestro mundo gris y rutinario, que Jaime Muñoz Vargas es el autor de esta novela (pues así no los dice en letras grandes la portada del libro), dentro del mundo transformado (gracias a la escritura) y transformador (gracias a la lectura) de la ficción permanece la duda de cuál es la fuente (oral o escrita, popular o letrada) de donde emana el relato de los Tereseros de Santa Teresa.
Una fotografía del Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza de la UIA Torreón marca el nacimiento de este texto. Es la misma fotografía que tenemos en la portada así como en las primeras páginas. Tal imagen se constituye en el punto de partida para desarrollar la historia de este grupo de hombres que bajo el sol de la Comarca Lagunera se parten el lomo y al final del día se reúnen debajo del pinabete grande de la Hacienda de Santa Teresa para tomar sotol, fumar Tigres y escuchar las canciones cardenches entonadas por uno de ellos: Cheto Quezada, mejor conocido como la Marrana. En un ejercicio similar al emprendido por Jorge Ibargüengoitia con La muertas —por algo habrá ganado este libro el Premio Nacional de Novela del 2001 que lleva el nombre del autor guanajuatense—, Jaime Muñoz toma como materia prima esa fotografía donde aparecen diez hombres frente a un vagón de ferrocarril acompañados por un perro, que a través del poder inmarcesible de la ficción, vendrá a ser un Teresero más: el Chamuquillo. Es aquí donde percibimos lo útiles que son la realidad y la historia para la ficción y es precisamente esta problemática entre las unas y la otra, entre el universo de lo cotidiano y el de la invención —explicado de manera tan magistral por otro Vargas, un Vargas Llosa, en la introducción a La verdad de las mentiras— lo que más me atrapa de estos Juegos de amor y malquerencia.
Como ya otros novelistas lo han venido haciendo desde principios del siglo XX, Jaime Muñoz nos plantea las siguientes preguntas: ¿es posible llegar a un conocimiento total de la realidad?, ¿dónde se encuentra la verdad, con letras mayúsculas, sobre determinado asunto? En el caso de la historia de los Tereseros, la cuestión aparente sería dónde se halla la verdad sobre el asesinato del patrón, don Marcial Ibarra. Es aquí donde el autor de carne y hueso, Jaime Muñoz Vargas, juega también a esconderse detrás de múltiples biombos, y el relato, dentro de los confines de la ficción, pasará de mano en mano desde dos elementos que conoce el Jaime de la realidad, no ese otro ente narrativo de la introducción: la investigación histórica y, con especial pesadumbre, la corrección de estilo. Ya desde la mentada introducción el lector no puede saber si es el verdadero Jaime quien le habla o un ente imaginario, un personaje más dentro del texto que pretende ser el autor anunciado en la portada. Pero antes de él, hubo un profesor Eduardo Magaña Vázquez (y aquí no puedo dejar de fijarme en las iniciales de este profesor normalista, otra invención más, para imaginarme que ésta es una nueva máscara del autor, un doble degradado de Jaime). Y gracias estos dos prologuistas del libro surge la problemática que tanto me interesó al leer la novela: ¿dónde está la génesis de este relato?, ¿quién nos está diciendo la verdad? Y es que esos mismos prologuistas afirman ser también correctores del manuscrito original, un manuscrito que nos remite a la vieja estratagema mentirosa utilizada por las novelas caballerescas ya parodiada con admirable socarronería por otro autor que en su momento se nos escabulló a los lectores dentro de su texto, el más célebre en lengua española: Cervantes y su Quijote. A final de cuentas, siempre quedará la duda: ¿cuál es la fuente de esta memoria ficcionalizada?, ¿de quién de entre los diez Tereseros de la fotografía surge el relato oral?, ¿a quién le fue dictado? No es gratuito que se nos diga en la introducción: “¿En qué momento termina la verdad de lo ocurrido? ¿En qué momento comienza la ficción? ¿Cuáles son los delgados límites entre la historia y la literatura? Todo es relato, y ambas disciplinas, historia y literatura, se prestan y se quitan con descaro” (12). Desde aquí debemos estar conscientes como lectores de que el ardid planteado por la voz narrativa de la memoria (mediatizada a través del profesor Magaña y luego a través del descubridor del manuscrito), y sobre todo ese ardid de la muerte de don Marcial Ibarra, no son más que eso, ardides, excusas, pretextos tan parecidos al presentado por Orson Welles en su Ciudadano Kane con aquella palabrita que flota sobre la atmósfera investigativa, “Rosebud”, y que en suma no nos dice nada de quien la enuncia. Sin embargo, “Rosebud” atrapa nuestra atención y nos lleva a derroteros mucho más enriquecedores. Porque la muerte de don Marcial Ibarra no es el centro de la novela, sino los diez hombres de la fotografía y la amistad que surge entre ellos.
Ya instalado en el relato, después de la introducción y de las palabras preliminares del profesor Magaña, el lector vuelve a toparse con la diversidad de la autoría y con la ambigüedad que implica. La voz narrativa, como para indicarnos la presencia de alguien que cuenta y de alguien que escribe, se debate entre la primera y tercera personas. Y, en mi opinión, es el “nosotros” el que parece adquirir la mayor contundencia, ese “nosotros” que caracteriza a los Tereseros y los funde en un solo personaje, un personaje-colectivo. Son esos mismos jornaleros que se hallan bajo el yugo del viejo don Marcial, figura tan distante como poderosa que, por su apariencia física —blanco, de ojos azules, viejo—, me recuerda (no sé por qué) al don Alejo del donosiano Lugar sin límites. Los mismos Tereseros de Santa Teresa que deben enfrentarse después a Sixto Benavides, el Dientes de Oro, y Encarnación de la O, Chon sin Miedo porque Gloria Venegas, una de esas prietitas chulas de San Pedro de las Colonias, le ha llenado el ojo a Catarino Ventura, el Quiotelargo. He ahí el conflicto que los plantará sobre el terreno de juego, los llevará a los muy peculiares entrenamientos de béisbol, consolidará la unión entre estos diez hombres y un perro humanizado, y terminarán inmersos en un desenlace estrepitoso, previsto y que, como el origen del relato, se nos escabulle porque, después de todo, el manuscrito encontrado ha pasado de una mano a otra y en esos muchos viajes bien pudo haber perdido uno o hasta dos folios. El ardid se mantiene entonces hasta la última página del texto y con él, la novela cobra vida.

—Muñoz Vargas, Jaime. Juegos de amor y malquerencia. México: Joaquín Mortiz, 2003. 123 pp.