sábado, 24 de julio de 2010

Dos sobre Donoso

Una reseña más de la misma muestra de cine que tuvo lugar hace algunos añitos:

Corona crepuscular
De aquella edición chilena del año 1957 de Coronación a la que hace alusión José Donoso en su Historia personal del boom surge, más de cuarenta años después, la segunda adaptación fílmica de esta novela. La primera se realizó en México, durante 1975 y con la dirección de Sergio Olhovich. La presente, en Chile y contando como realizador a Silvio Caiozzi.
El protagonista de Coronación (1999) es Andrés Ábalos (Julio Jung), un hombre pequeño-burgués de mediana edad, indiferente ante todo y atado sin remedio a “misiá” Elisita (María Cánepa), su nonagenaria abuela paterna que se resiste a morir. Del campo llega Estela (Adela Secall), sobrina de una de las sirvientas de Andrés, para atender a la anciana y calmarla durante sus desvaríos. La joven destroza la rutina de Andrés y revive en el cincuentón tanto el deseo carnal como un sentimiento amoroso cercano a la poesía. Pronto sus ilusiones se esfumarán dando paso al odio cuando Estela conozca a Mario (Paulo Meza) y después quede embarazada. Cerca del encuentro final en casa de doña Elisa, Andrés será apenas un remedo de aquel hombre pulcro y solitario del principio.
Debajo del cascarón de la antigua casona de Elisa palpita un orden jerárquico en donde el poder, el honor y la religión se fusionan. Quizás sean sus ideas románticas y su renuencia a dejar atrás nociones como la pureza de la sangre, la virtud y la honra. La vieja, en sus alucinaciones, observa, denuncia y a la vez oprime el enamoramiento de Andrés —su bebé indefenso, según ella— hacia Estela —prostituta, ladrona, india. Debajo de ese régimen, el espectador irá descendiendo hasta toparse con las criadas Lourdes y Rosario —pacientes frente a los insultos seniles de la patrona— o Mario y su medio hermano René —dispuestos a robar cuando necesiten dinero. Como contraste y frío observador de Andrés, se hallará Carlos Gros, amigo de la infancia y duro crítico por su hambre de vivir. El nudo de la trama se tensa hasta el clímax, hasta el día del santo de Elisa, hasta el día de la coronación en que los personajes más marginados entran en la casa para robar o se emborrachan frente al cuerpo inerte de la vieja. Por fin, la santa abuela obtendrá su corona de reina. Y, con ella, la muerte.
Se logra a través de esta adaptación, aunque trasladada a nuestros días, un retrato fiel a la novela de Donoso y, en sí mismo, un trabajo fílmico merecedor de la atención recibida. La labor de transformar el universo de las letras en lenguaje cinematográfico siempre resulta difícil para el guionista y el director (ambos roles recaen en Caiozzi), sobre todo al plantearse el dilema entre la fidelidad o la autonomía. En este caso, el realismo de la novela beneficia al cineasta y se logra un equilibrio loable. Tales elementos no exentan a la cinta de las características por las que es famoso el sello donosiano: la locura, la deformidad, la vejez, lo esperpéntico, lo barroco. Para concluir, Coronación es un acierto más del cine latinoamericano y una obligación para los interesados en la literatura de nuestro continente.

Y a continuación otro texto más sobre la obra de Donoso publicado tiempo después en el mismo medio impreso. Esta vez se trata de la reseña de uno de sus libros.

Cátedra sobre los elefantes
José Donoso —integrante del boom latinoamericano en ocasiones eclipsado por la popularidad de Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez y Cortázar— publicó una de sus últimas novelas a un año de su muerte: Donde van a morir los elefantes (1995). En ella, el narrador chileno más destacado de la segunda mitad del siglo XX regala a sus lectores una historia de cruce de culturas además de una crítica mordaz sobre la academia norteamericana. Gustavo Zuleta, el protagonista, es un profesor de literatura en Chile que, con su esposa embarazada, recibe una oferta de trabajo de una universidad de Estados Unidos llamada San José. Por la inminencia del embarazo de Nina, su mujer, él debe partir solo y preparar el terreno para la llegada de su primer vástago en tierras tan lejanas. De inmediato, Zuleta resentirá los contrastes entre la vida académica latinoamericana y la norteamericana.
La primera sorpresa se le presenta a nuestro protagonista en el hotel donde pernoctará hasta encontrar una casa adecuada para él y para su familia. Ese primer día, será testigo de una alerta de tornado que algunos tomarán de forma pasmosamente natural. Entre el papeleo engorroso y los viajes del hotel a la universidad, conocerá a la Ruby MacNamara, una muchacha obesa pero gloriosa, la fundadora del grupo “Gordura es Hermosura” y aficionada a la realidad virtual. De súbito, esta empleada del hotel ejerce sobre él un dominio merecedor de una diosa inasible. La Ruby es tan abundante y monstruosa como el país al que Zuleta ha llegado, tan grande y fofa como las pretensiones de San José pues, según el título de la novela, los elefantes van a morir a las universidades estadounidenses. Tales pretensiones falaces las percibe Zuleta en la ceremonia de bienvenida a los nuevos catedráticos. Los méritos académicos del chileno son inflados para darle importancia a su contratación como “profesor ayudante”. Y ahí estará el viejo doctor Jeremy Butler, el orgullo de la universidad, el famoso científico con conexiones en el Pentágono, el gran patriarca manoseador de jóvenes alumnas (entre ellas, la Ruby). A su lado, una mujer anciana a la que todos llaman Mi Hermana Maud, hermana de Butler, para quien todos los latinoamericanos son iguales pues sin vacilaciones le pregunta a Zuleta: “¿No conoce Chichén-Itzá? ¿Cómo es posible una cosa así?” (50).
En el gran caldero de las razas, los orígenes parecen volverse nebulosos. Nadie puede distinguir entre Duo y Er, los dos chinos alumnos de Butler y tan célebres en su unidad indisoluble como el anciano doctor. Por supuesto, Mi Hermana Maud es la única persona capaz de separar a Duo de Er y sólo porque uno de ellos se quedará con un codiciado empleo en el Pentágono. Sin embargo, habrá otros problemas para el protagonista de la novela fuera de las confusiones culturales. Por ejemplo, las rencillas entre dos grupos opuestos dentro de los estudios literarios —España versus Latinoamérica— se empiezan a manifestar cuando Rolando Viveros, antiguo maestro de Zuleta, le dice: “Los hispanistas son enemigos declarados de los latinoamericanistas; están dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de dejarnos en ridículo” (60). Por esa razón, el profesor Gorsk (hispanista y director del departamento de Español de San José) clama de forma bastante anacrónica: “¡Latinoamericanos! ¡El compromiso! ¡La guerrilla! ¡Fidel! Estoy harto de compromisos. ¿Cuándo van a ser personas y no sólo encarnaciones de ideas, los latinoamericanos?” (102).
Aun los amigos de antaño demostrarán su desconfianza cuando se presente la oportunidad de lucirse frente a un gran número colegas y así dejar bien marcados los territorios, y así preservar los puestos vitalicios tan buscados. La ambición de Viveros y de su esposa Josefina —dama de compañía al servicio de los Butler y, más tarde, de uno de los chinos— se despojará de su antifaz amable cuando comiencen los rumores sobre una visita relámpago de Marcelo Chiriboga, ecuatoriano, miembro del boom dentro de la ficción de Donoso, autor de La caja sin secreto y tema de varios asedios ensayísticos de nuestro protagonista. Pronto Viveros se da a la tarea de escribir un artículo “chiriboguista” para desplazar a Zuleta en la presentación del escritor en San José que, a final de cuentas, nunca se realiza. La desesperación del protagonista frente a estos absurdos se agudizará cuando Chiriboga llegue y se vaya causando estragos en la relación con Ruby o, aún peor, cuando esté a punto de zambullirse en la abundancia de la joven y Nina y Nat, el recién nacido, arriben para obstaculizar sus planes.
Aunque alejado de las alegorías de compromiso para denunciar la dictadura chilena de Casa de campo y de los delirios extravagantes que bien podrían clasificarse dentro de lo esperpéntico como los de El obsceno pájaro de la noche, Donoso despliega dentro de Donde van a morir los elefantes su afición por buscar deformidades y desproporciones aun en países conocidos por su obsesión por la limpieza y el orden. Ése es el mérito del escritor chileno en esta novela: encontrar lo absurdo, lo estúpido, lo superficial y —¿por qué no?— lo horroroso en lugares insospechados. El corte realista acerca a la historia del profesor Zuleta mucho más a Coronación o El lugar sin límites que a la ambiciosa labor de El obsceno pájaro… y el universo de adefesios de La Rinconada. Donoso va un paso más lejos. Los adefesios no viven aislados, encerrados en una de las muchas casas sofocantes de la literatura del chileno. También salen a las calles de Estados Unidos, se pasean por sus parques, gritan “Gordura es Hermosura”, se abandonan en mascaradas, se evaden con la realidad virtual, desplazan a sus colegas por ambición, abusan en su decrepitud de estudiantes, aplican exámenes intimidatorios y algunas veces matan por un empleo en el Pentágono. Por otro lado, se erige la sensibilidad del autor para representar ante nuestros ojos la alteridad de la vida académica estadounidense de la que él, alguna vez, formó parte en Princeton. Al saber este dato, el epígrafe de William Faulkner cobra notoriedad: la novela es la vida secreta del escritor. Sea cierta dicha afirmación o no, Gustavo Zuleta, el personaje, está consciente de principio a fin de que su paso por la universidad San José no es novelesco y, sin embargo, parece contradecirse al comunicarnos en su epílogo que él —no Donoso— es el autor de Donde van a morir los elefantes: “Éste es el final de mi novela (…) Estamos en 1999. Escribo desde mi casa” (355). Con el juego entre ficción y realidad, con la identificación engañosa entre autor y narrador, cierra José Donoso esta cátedra sobre las trampas del sueño americano.

—Donoso, José. Donde van a morir los elefantes. México: Alfaguara, 1995.