sábado, 6 de febrero de 2010

El beneficio de la restauración cinematográfica


En vista de la aparición de mi cuento "Encuentro fortuito" en el número cincuenta de la revista Acequias de la UIA Laguna decidí desempolvar mi colaboración de estreno en dicho medio precisamente en el primer número al cual me invitó Jaime Muñoz Vargas, amigo y en aquel entonces coordinador del taller literario de la universidad. Desde entonces he colaborado en Acequias varias veces. Por eso, va aquí un agradecimiento a Cristina Solórzano y a Mariana Ramírez quienes dirigieron la revista en la primera etapa, así como a Édgar Salinas y a Julio César Félix, quienes lo hacen en la segunda. Aquel texto era sobre Vértigo de Alfred Hitchcock y apareció en otoño de 1997. En aquel entonces me faltaba un semestre para terminar la carrera de derecho. Ora sí que cómo han pasado los años. Va aquí la reseña.

Vértigo: el beneficio de la restauración cinematográfica
No todo el dinero ni todos los esfuerzos en Hollywood terminan en intrascendentes bazofias veraniegas. De vez en cuando, surgen inquietudes que ahondan en joyas del pasado y las traen de vuelta a la pantalla grande. La restauración fílmica ha sido un arma útil para dar a conocer a las nuevas generaciones aquellas películas. Algunas restauraciones no son tan afortunadas –como las que pretendían colorear el blanco y negro— ni tan auténticas y, más bien, están fincadas en intereses monetarios. Basta recordar a George Lucas y la exhibición de su trilogía galáctica. En cambio, otras, como la realizada a Vértigo (1958), otorgan la oportunidad de revisitar obras maestras de grandes directores.
La tarea de Robert Harris y James Katz –los restauradores de Lawrence de Arabia, Espartaco y Mi bella dama—, con el clásico de Hitchcock, tardó tres años y costó un millón de dólares. En este lapso, Harris y Katz tuvieron que aplicar tratamientos al desgastado negativo y a la banda sonora. También el director inglés Alfred Hitchcock sorteó varios obstáculos para llegar a la filmación de Vértigo. Cuando fue estrenada Extraños en un tren (Strangers on a Train, 1951) –conocida además como Pacto siniestro—, Hitchcock decidió situar una intriga en la que él consideraba el París americano, la urbe más cosmopolita de Estados Unidos: San Francisco. Fue hasta 1957 que el proyecto pudo materializarse. El guión encontró sus raíces en la novela De entre los muertos de Pierre Boileau y Thomas Narcejac, mismos autores de Las diabólicas. Sin duda, el éxito de la homónima cinta francesa protagonizada por Simone Signoret constituyó un aliciente para que Hitchcock adquiriera los derechos del libro. La adaptación causó otra serie de problemas. Varios escritores como Maxwell Anderson, Alec Coppel y Samuel Taylor se turnaron el trabajo. Hitchcock quería a la actriz Vera Miles en el rol protagónico y prometió convertirla en una estrella al lado de Jimmy Stewart, quien ya había colaborado con el director en Ventana indiscreta, La soga y En manos del destino. El embarazo de Vera Miles resultó una gran decepción para Hitchcock –aunque más adelante la incluiría en el reparto de Psicosis— y sólo entonces recurrió a Kim Novak. Las locaciones se realizaron, por supuesto, en San Francisco y sus alrededores. La misión San Juan Bautista, a la cual se le agregó un campanario por medio de los efectos especiales, sirvió de escenario para las secuencias climáticas.
El argumento de Vértigo gira alrededor de John “Scottie” Ferguson (James Stewart), un exdetective de San Francisco que deja su trabajo por padecer pánico a las alturas, enfermedad adquirida tras la muerte de un colega. En el desempleo, sólo sazonado por las pláticas con su amiga Midge (Barbara Bel Geddes), le ofrecen a Scottie un extraño encargo. Debe vigilar a Madeleine Elster (Kim Novak), la esposa de un antiguo compañero de la universidad. Conforme observa sus manías en el anonimato, Scottie descubre, contra el lógico escepticismo, que Madeleine se siente posesionada por el espíritu de Carlotta Valdés, una ascendiente española, e intenta suicidarse imitando el trágico destino de la muerta. Scottie, al lanzarse a la bahía salvándola, sale de las sombras desde las cuales espiaba a Madeleine y pronto se enamora sin importarle la fidelidad a su contratante, Gavin Elster (Tom Helmore). Los instintos suicidas de ella disipan la felicidad. Cuando Madeleine muere lanzándose desde un campanario sin que Scottie, por su fobia, pueda detenerla, el delirio y las perturbaciones mentales lo atosigan. Luego de recuperarse, se encuentra con una joven muy parecida a la Elster: Judy Barton. En delante, no cejará hasta convertir a la renuente muchacha en otra Madeleine. La intriga oculta es lo de menos cuando Alfred Hitchcock expone la psicología de sus títeres.
En Vértigo, Kim Novak más que representar un objeto de deseo, encarna una imagen de deseo. Y James Stewart más que amar a una mujer, ama un icono. Cuando mujeres rubias, de pelo recogido y trajes grises se le cruzan por la calle, su mirada titubea esperando encontrar a Madeleine. Su padecimiento es una necrofilia atenuada. La expresión “de entre los muertos” se bifurca en sus significados y sigue dos líneas distintas: la aparente posesión de Carlotta Valdés –una muerta— sobre Madeleine y el fetichismo de Scottie relacionado también con la muerte. Por tanto, Madeleine baja al averno de la mano de Carlotta y Scottie desciende a ese infierno para recuperarla transformando a Judy en su musa perdida. El personaje de Stewart, podría decirse, es una mezcla de Orfeo, por su necrofilia, con Pigmalión, por su fetichismo. Las similitudes entre Scottie y Alfred Hitchcock no pueden ser negadas. El director inglés era famoso por cambiar a las actrices y volverlas arquetipos, figuras "femeninamente" perfectas para él: cabello rubio, rostro glacial, instinto oculto en represión y perturbaciones bajo la belleza. Con observar a sus protagonistas –Grace Kelly, Janet Leigh, Tippi Hedren— se comprueba lo dicho. A toda heroína admirable corresponde un papel secundario y femenino cuya mediocridad roza lo apocado: Midge, la mejor amiga de Scottie.
Las críticas fueron severas con Vértigo tras su exhibición. Tal vez, en 1958, eran intratables los temas presentados por la película. O quizá el público esperaba la típica fórmula policiaca. Con el paso del tiempo, los comentarios cambiaron de dirección apuntando a las alabanzas. El 2 de julio pasado murió Jimmy Stewart y a Hollywood se le fue uno de sus mejores actores. Su participación en Vértigo es un ejemplo muy palpable de lo anterior. Aunque Hitchcock tuvo continuas discusiones con la Novak, el desenvolvimiento de la actriz en sus dos papeles (Madeleine y Judy) es para recordarse. La reacción de ver a una mujer en un rol doble no se presta a ridiculeces y ha sido imitada por otros directores, entre ellos David Lynch. La composición de Bernard Herrmann es envolvente, provoca un suave delirio y un mareo acorde con el padecimiento de Scottie. La entrada de Saul Bass sigue el ejemplo musical y despliega espirales para ilustrar la caída libre de los protagónicos. La restauración realizada por los estudios Universal dio nuevos bríos a esta obra de Alfred Hitchcock y, una de las mejores experiencias cinematográficas, sería verla en la pantalla grande. Por lo pronto, ya se exhibió en la salas de la capital y esto es un indicio de que probablemente su magnitud se extienda a la provincia.

-Vértigo (1958). Dirigida y producida por Alfred Hitchcock. Protagonizada por James Stewart, Kim Novak, Barbara Bel Geddes y Tom Helmore.

El avance clásico: http://www.youtube.com/watch?v=9p8SpTfVKpc