lunes, 7 de diciembre de 2009

Y se hizo la lucecita


Después del suplemento cultural la tolvanera de Brecha, una de las revistas en las que más he colaborado es Acequias, publicación de la UIA Torreón, mi alma máter (alma máter para bien o para mal, no lo sé). El siguiente texto se publicó ahí, en el número 38 de la revista. Está fechado en octubre de 2006. Aquí además de la película en cuestión hablo un poco de los cines en Montreal, entre ellos, el Cinéma du Parc que cerró sus puertas aquel verano de 2006. Desde entonces, las volvió a abrir y yo me mudé aún más cerca de él. Va la reseña:

Durante casi veinte años viví en Torreón y durante otros diez —desde que mi gusto se abrió a otro tipo de filmes que no fueran exclusivamente los procedentes de Hollywood— padecí el menú cinematográfico que recetan unos distribuidores tan ciegos al arte como hambrientos de dinero, hecho del que me he quejado sin tapujos y en numerosos artículos aquí en Acequias y, anteriormente, en Brecha. Este último verano, durante mi visita al terruño, pude comprobar de nueva cuenta que en poco han cambiado los títulos de la cartelera estival. En especial, cierto miércoles de dos por uno en que sufrí por partida doble a causa del tumulto afuera de las salas y, adentro, por culpa de una película refriteada —ya la había visto de niño hacía más de veinte años— sobre un superhéroe mesiánico en mallas.
La situación, por desgracia, no es muy distinta en una ciudad tan culturalmente diversa como Montreal. No faltan los mega-complejos cinematográficos con cuotas, eso sí, mucho más elevadas de las que se pagan en México ni tampoco escasean los últimos estrenos comerciales albergados en las mencionadas multi-salas. Al menos, antes de este verano, existía el oasis del Cinéma du Parc. Escondidas en un centro comercial subterráneo y secreto a voces para muchos cinéfilos empedernidos, estas salas se dedicaban a estrenar el más reciente cine de autor. Debo confesar que ahí pasé los mejores momentos de los dos primeros años de mi residencia aquí en esta ciudad. Consuelo todavía mayor para mí al saberlo a tan sólo tres cuadras de casa. Me bastaba consultar la cartelera y salir cinco minutos antes de la hora estipulada para llegar ahí a tiempo. Durante verano pasado, sin embargo, se anuncia su cierre. Los argumentos son los mismos de proyectos semejantes alrededor del mundo: la feroz competencia del cine hollywoodense, la mezquindad de algunas salas de cine (entre ellas, las que mencionaré más adelante) que deciden ante el magro éxito de proyectos como el del Cinéma du Parc programar también cintas de autor entre su cartelera o hasta la quizás —para algunos— discreta ubicación de las tres salas de cine que lo componían.
En alguna de estas tres salas se habría exhibido sin duda Pequeña Miss Sunshine, una joya luminosa entre la marejada maloliente de bodrios que invaden inmisericordes la cartelera del estío. No, en efecto, no se estrenó en el Cinéma du Parc sino en el AMC Forum, mastodonte injertado allá por los noventas en el antiguo templo dedicado al sagrado deporte nacional de Canadá, mega-complejo que ha atinado a combinar, sabiamente, productos comerciales con pequeñas producciones independientes, entre ellas, la de esta pequeña rayito de sol (traducción literal del título de la cinta, aclaro). Aunque hubiera querido castigar la mezquindad del Forum al robarle clientes al muy querido Cinéma du Parc, no he podido hacerlo ya que algunos de los últimos estrenos de cine de autor sólo se han exhibido ahí. Entre ellos, éste del que hablo.
Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, 2006) además de la ópera prima de la pareja de directores conformada por Jonathan Dayton y Valerie Faris, es también la historia de los Hoover, una familia de perdedores en un país donde el éxito parece ser siempre el único objetivo vital y en donde desde pequeños se les obliga a los niños a competir unos contra otros. Es el intento de suicidio del tío Frank (Steve Carell) —un académico autodeclarado el mejor experto en Proust en Estados Unidos y quien ha decidido quitarse la vida porque el estudiante graduado del que está enamorado se va con otro académico, el segundo mejor experto en Proust— lo que lo traslada a este hogar desquiciado comandado por su hermana Sheryl (Toni Collette) y su cuñado Richard (Greg Kinnear), matrimonio al borde del precipicio por, como de costumbre, el maldito dinero. Richard, para quien el sarcasmo es el refugio de los perdedores, en realidad es un fracasado motivador personal que inspira muy apenas a contados incautos a ser excelentes mientras él se halla a un paso de la bancarrota. Ella, por su cuenta, es una neurótica que además trata de mantener juntos todos los pedazos discordantes que constituyen su familia. El resto del cuadro lo conforman Edwin, un abuelo veterano de la Segunda Guerra, lascivo y drogadicto (Alan Arkin); un hermano adolescente, Dwayne (Paul Dano), admirador de Nietzsche a través de un póster en la pared de su recámara y mudo voluntario por haber hecho un voto de silencio preámbulo a su ida a la Academia de la Fuerza Aérea —es él quien le escribe al tío Frank en una nota como recibimiento: “Bienvenido al infierno”—; por último, está la niña de lentes, Olive (Abigail Breslin), un poco pasada de peso y, a pesar de eso, aspirante a enana reina de belleza en uno de esos certámenes infantiles ideales para madres frustradas y pedófilos.
La cena familiar, después recoger al hermano Frank del hospital, es sólo un preludio a las disparatadas situaciones que vivirán los Hoover. Cuando la pequeña Olive escucha un mensaje que le abre las puertas del certamen de la pequeña Miss Sunshine en Redondo Beach, California —subsiguiente destrozo de los tímpanos de toda su familia— se toma la decisión de, a pesar de todas las dificultades, emprender juntos el viaje desde Alburquerque hasta California. Se torna entonces la sit-com encerrada dentro de la casa familiar en una road movie con la travesía delirante de Alburquerque a Redondo Beach como marco. Del encierro en la casa pasan al de una destartalada combi amarilla. Destaca a lo largo de toda la cinta, un humor incisivo, bastante negro; pero que conmueve mucho más por el simple hecho de mostrarnos personajes vivos, de carne y hueso y, sobre todo, con los que cualquier ser humano con caídas y recuperaciones en su haber puede identificarse. Como road movie —sobre todo, al verse cargando un fardo representado por el cadáver de un miembro de la familia que muere en el camino— recuerda un poco a las Vacaciones ochenteras de Chevy Chase aunque, hay que decirlo, con muchas más neuronas y emotividad. Y, al aparecer el predecible patrullero, Richard sólo acierta a decir: “Aparenten ser normales”. ¿No es ésta la cruz de todas las familias?
Cada uno de los integrantes de la familia Hoover lleva a cuestas un sueño irrealizable, una frustración, un deseo de evasión. Y, como en una sit-com donde por lo regular se encuentra una resolución, quizás, al final, encuentren sino su sueño, al menos, un atisbo de felicidad. Sí, la familia es un infierno; pero —parece decirle al espectador esa resolución— es nuestro infierno: ésta es la gente que más nos ama y nos conoce. No en balde al certamen realizan una entrada tan atroz como el camino entero. Ingresan, no sin objeciones, al receptáculo de la perfección artificial, ahí se hallarán completamente fuera de lugar, incluso la niña. Loable sin duda es el realismo del certamen pues los directores no se contentaron con mimetizarlo sino que realizaron un casting con verdaderas niñitas participantes en esos retorcidos concursos de belleza. Sin embargo, en el filme, la burbuja de indolencia, dentro de la cual un público sonriente y maquillado aplaude a niñas igual de sonrientes, maquilladas y, para colmo, sexuadas —esto último para satisfacción de la sección pedófila de la audiencia— se rompe cuando la pequeña Olive sigue la rutina autoría de su abuelo. Es ahí donde la familia Hoover decide ya no aparentar ser normal y alcanzan juntos algo de la satisfacción regateada por la vida.
Sin duda Pequeña Miss Sunshine representa un alentador inicio dentro del campo del largometraje para Dayton y Faris, su pareja de directores. Como sello de garantía, la cinta gana recientemente el Premio TMC del Público en el Festival de San Sebastián y eso después de ser una de las películas más exitosas —en cuanto a tratos de distribución— salidas del Festival Sundance a principios del año. Además, en nuestro país, estuvo programada en el IV Festival Internacional de Cine de Morelia.
Y en una nota mucho más local: como un verdadero milagro, el Cinéma du Parc revive y a unos cuantos días haber iniciado la redacción de este artículo, me entero por las noticias montrealesas que las salas subterráneas abren otra vez sus puertas a finales de octubre. Después de la noche oscura del estío, quizás al final sí brille una lucecita de esperanza.

Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, 2006). Dirigida por Jonathan Dayton y Valerie Faris. Producida por Peter Saraf. Protagonizada por Greg Kinnear, Toni Collette y Abigail Breslin.