—Dos recuerdos de dos películas: una biblioteca tenebrosa y una tonadita groovy…—
El otro día vi que un alma caritativa había subido a YouTube Más negro que la noche de Taboada. Dizque en versión restaurada y toda la cosa. Recordaba haberla visto en la tele cuando era chiquillo y también haberme asustado bastante. Sobre todo, con la escena en la que la tía fantasma anda persiguiendo a Susana Dosamantes por una biblioteca oscura. Así que decidí volverla a ver y pude comprobar que el efecto no fue en lo absoluto el mismo de antes. Permítaseme el enésimo ejercicio de nostalgia de esta bitácora.
1) Consecuencias de un gaticidio
Mientras en otros estratos más progres (o menos pacatos) y durante la década en que nací, se aclamaban cintas como Canoa, El topo, El lugar sin límites, Las Poquianchis, El castillo de la pureza o La montaña sagrada, la fresísima televisión abierta de la década siguiente nos ofrecía a los pequeños más pequeñoburgueses el deleite de las películas prohibidas en horarios nocturnos. Prohibiciones inocuas, al fin y al cabo. Entre ellas, la citada de terror Más negro que la noche. Su trama se centra en la figura de Ofelia (Claudia Islas), una chava buena onda y muy güera que comparte alojamiento con otras dos, Aurora (Susana Dosamantes) y Pilar (Helena Rojo), trigueñas de pelo respectivamente larguísimo y corto. Al trío se le une otra chava buena onda, prima de alguna, que no cuenta con un sitio donde vivir y que resulta lucir el Rostro del Heraldo de 1972, la pelirroja Marta (Lucía Méndez). En suma, un cuarteto de muchachas rabiosamente heterosexuales, liberadas y minifaldosas. De la nada, Ofelia recibe la noticia de que su tía Susana se murió y le acaba de dejar en herencia su casona. El único requisito “moral” para recibirla es cuidar del amado gato negro de la tía, de nombre Becker. Ah, sí. La casona lleva incluida una sirvienta enigmática y malencarada: Sofía (Alicia Palacios).
De las primeras escenas a destacar, el guionista se dedica a explotar la brecha entre generaciones. Incluso Marta alcanza a decir “¡pinche vieja!” para referirse a la pobre Sofía. Casi creo que la tía difunta habría vivido tres siglos antes y, claro, no estaba para nada en la onda. Casi creo que la catalogan como una momia rodeada de antigüedades. De inmediato, la chaviza anda criticando la decoración, las viejas costumbres y Marta, en específico, quiere poner sus discos de música que sí está en la onda y que hoy, cinco décadas después (mi edad), sería aceptable solo para la momiza. Ande, qué gachos los estragos del tiempo. Desde un inicio ni el animal ni la criada ven con buenos ojos las nuevas presencias. Una serie de travesuras empiezan a producirse, como un vestido de novia que termina quemado en la chimenea. La rispidez entre los inquilinos antiguos (gato y gata: sí, aunque usted no lo crea, esta misma broma se lleva a cabo en un diálogo genial) y las advenedizas va en aumento. Ofelia se convierte en mediadora entre ambos bandos. Su novio (Julián Pastor), al que alguna llama “el príncipe consorte”, también. El colmo de las travesuras llega cuando Becker mata al Piolín de Aurora.
Entre las histrionas más creíbles se encuentra, en primer lugar, Alicia Palacios. Helena Rojo queda en segundo y un poco más atrás, Islas. Dosamantes, en ni fu ni fa. Con Méndez, sí se alcanzaba el grado cero de la actuación. No había manera de redimirla. Desde entonces impuso escuela a base de jadeos y suspiritos que más adelante crearía las vergüenzas nacionales (para ella, increíbles éxitos) de Colorina, Tú o nadie y El extraño retorno de la Rana Sin Saltar (perdóneseme este añejo chiste de los tiempos idos de Chiquilladas). Pastor no está ahí más que para recalcar la heteronormatividad de Ofelia, además de que no tenía el cuerpo de Hércules para andar con la camisa desabotonada. La escena imborrable en el boliche es un horror. Pero, ya se sabe, hasta la fecha hay así muchos señores en el país. Incapaces de costearse y ponerse una camiseta abajo. Las otras van pasando de un modelito a otro como en comercial de Suburbia de los años 70. El otro príncipe, el de los nepobabies del cine mexicano (Armendáriz Jr.) aparece en contadas secuencias y hace alarde de largas patillas y bigotazo. Ya lo habíamos visto cuando otro Hércules, de apellido Poirot, visitó Acapulco en Muerte en tres actos.
Como suele suceder, el dichoso felino termina también muerto y el fantasma de la tía empieza a cobrar venganza con cada una de las involucradas en el supuesto gaticidio. La primera será la mamá de la Chica Dorada. Queda de cabeza con el hocico abierto en el lugar que ya mencioné al principio. (Por cierto, con esta ya van dos bibliotecas de peligro en mi haber setentero porque también estaba la de Juego sucio, cinta en la que Goldie Hawn —por los lentes, una bibliotecaria aún más convincente que Susana Dosamantes— es atacada por un albino). Luego Helena Rojo que sí y que no quiere volver con su exmarido, el Armendáriz Nepobaby. La tía le da un sustote agarrándole la manita ahí en las escaleras cuando regresa de una fiesta, toda ebria y Pilar/Helenita termina cayéndose acrobáticamente por ellas. Sin embargo, la mejor muerte se la reserva el guion para el final cuando la Colorina Tejedora termina con las agujas clavadas en el no poco abundante pecho. Estará muy en la onda, pero bien que tejía con unas agujotas como de abuelita de canción de Cri-Cri. Uno se queda con la duda si son las mismas que les heredó la tía y que tenía entre las manos cuando colgó los tenis al inicio de la cinta.
Por qué tanta matazón. Porque resulta que, en modo de confesión católica, Marta/Lucía (intérprete digna del Oscar) le había hecho saber a Ofelia que ella y las otras sí mataron con alevosía y ventaja al indefenso gato. Confesión ilustrada con una secuencia alucinante y onírica de inversión cromática que no le pide nada a las de Disney, como la de los niños marcianos de La montaña embrujada. Luego de encontrar a Marta con las agujas en el pecho, todo queda listo para que Islas y su novio salgan de la mansión y así, me imagino, no regresar nunca más. Adiós, tía Gusana, ojalá te coman los ídem. Te puedes quedar con tu casona.
No sé si creerle a Wikipedia, pero afirma que Más negro que la noche (1975) se estrenó en los cines de México tan solo algunos meses después de que yo tuviera la desgracia de venir a este mundo. No puedo pensar en otro hito más grande de la humanidad (tal vez la primera emisión del programa Saturday Night Live) que se suscitara en el mismo año en que nací. Hubo remake en 2014. Y ya se sabe, no vale la pena comentar refritos.
De inmediato, al terminar Más negro que la noche y considerarla un escaparate para la moda de los años 70, no pude no asociarla con la mejor versión cinematográfica que podrá existir del libro de Louisa May Alcott (lo siento, Greta Gerwig, no es la tuya): la mexicana de 1973 dirigida por José Díaz Morales. También la pasaban a cada rato en los canales de Televisa y, por ahí en YouTube, hay una versión grabada directamente del Canal de las Estrellas, aunque se trate de una de pésima calidad.
Captura por el lente de la morbosa cámara de más chavas minifaldosas y buena onda de tiempos setenteros. En este caso, tres. Y una niña muy sangrona. Música groovy de la entrada con los créditos que se repetirá cuando vayan todas a Tepoztlán (so pretexto de mostrar a estas mujercitas en bikini). La mera verdad no comprendo cómo algunas experiencias se quedan grabadas de por vida. Esta música aparece y desaparece de mis recuerdos de manera constante. Puedo tararearla sin problema. Tan pegajosa. Me imagino, por los créditos, que fue compuesta por José Antonio Alcaraz (La montaña sagrada). Nomás no se me borra del magín. Me adelanto. Nada de Tepoztlán. Mejor, el principio de Mujercitas (1973): pucheros de entrada a retratar. No hay ni mamá en casa ni papá en la guerra. Por lo tanto, las aludidas mujercitas lloran en el panteón por los dos progenitores muertos. Solo ellas se hallan solas y huérfanas en otra casona, menos tétrica que la de la tía Susana. Las heroínas conforman el cuarteto de Magda (Nubia Martí), Roba (Rocío Banquells), Tere (Marisa Becker, ninguna relación con el gato de la tía) y Lucy (Delia Peña Orta, la enana sangrona). Transición inmediata a una noche de espantos como de Más negro que la noche. Aparece la máscara de Frankenstein en la puerta. Hace que Lucy casi se cague de miedo. Detrás se oculta Tony (Ricardo Cortés, el papá de Lolita), indiscutible monarca de los pantalones acampanados y el novio rogón de Roba. Ella lo rechaza todo el tiempo y no lo baja de cursi. Aunque no nos damos cuenta ahora, Tere está enamorada de él. La más pálida de las cuatro calla sus sentimientos. El suyo es, como el título de una telenovela de Telerisa, Amor en silencio.
Al anunciarse otro día, comparten el baño para cuatro. Me pregunto cómo el arquitecto no trazó en los planos de la casa más lugares para echarse un regaderazo. Lucy, la menor, lo gana. Luego surge el gran problema con la llave del agua. No la pueden cerrar. Se da un diálogo genial entre Martí y Banquells: “¡Toma la llave Stillson!”. El cinema verité a todo lo que da. Viva el prodigio de la cámara en mano. (Danny Boyle habría tenido un orgasmo de haber dirigido esto). Con el correr del celuloide por el proyector, viene la alternancia entre los Estudios América y las tomas al exterior del DF. No podía faltar el product placement del Sanborn’s en una esquina.
Entonces mi sensación era Lucy, la niña mamona y malcriada que desafiaba la autoridad de sus hermanas mayores y, en algún momento, arruina las pinturas de Roba nomás porque no la quiere llevar al teatro con el resto de los adultos discriminadores. Tras el desaguisado se escapa y, ya se sabe, a los minutos, al ser devuelta a casa por unas monjas, se produce la típica escena de risas y lágrimas tan deleitable para una audiencia intensamente adicta al melodrama como la nacional. Ante el desamparo de las muchachas, otra tía, esta llamada Cloti (Anita Blanch), amenaza con pepenarse una de las carnalitas y, en consecuencia, condenarlas a la separación. Doña Cloti quiere que alguna de las cuatro se vaya a vivir con ella para que sea su chacha. La mayor se sacrifica y acepta, pero el plan fracasa: otra vez interviene la diablilla no quiere que se separen y lo hace con una grabación oculta digna de las cintas gringas más conspiranoicas de la época. No hay separación que no se evite, empero. Peor la definitiva. La de la muerte.
Por eso, se manifiestan los primeros síntomas de Tere. “Anemia”, dice el anciano doctor de cabecera. Luego de la diversión en el Tepozteco, el tono de la cinta se ensombrece cada vez más con la misteriosa enfermedad de la lívida Tere (todavía más que Claudia Islas). Para eso, se agrega una figura paterna (Mauricio Ferrari), un amigo íntimo del progenitor muerto, que se quiere ligar a Magda. Ya se les había acercado en Tepoztlán cuando estaban embikinadas. Nada creepy el monsieur. Él sí tiene la lana para pagarles un buen doctor y el diagnóstico es un cáncer incurable de la sangre. Más lágrimas y mocos. De fondo musical el tema triste que, como el de los créditos de entrada, es una gloria. Así hasta culminar con la que quizás sea la secuencia más triste y lacrimógena del cine setentero mexicano: la muerte de Tere.
Para colmo, hubo una secuela al año siguiente con Las adorables mujercitas. Al elenco original se agregaron Otto Sirgo, de doctor compasivo; Maritza Olivares, llevando a cabo el blackface más alucinante en la historia del cine nacional (hoy estaría canceladísima); así como Gonzalo Vega, de poco convincente y mamado cieguito y ni más ni menos que Rosa Gloria Chagollán (antes de ser “Chagoyán”) en fugaz aparición de “enfermera nueva”. La secuela se puede ver de forma gratuita en Tubi. Y ya se sabe, no vale la pena comentar segundas partes por muy chistosas que parezcan.
—Más negro que la noche (1975). Escrita y dirigida por Carlos Enrique Taboada. Producida por Alberto Ferrer y Alfredo Salazar. Protagonizada por Claudia Islas, Susana Dosamantes, Helena Rojo, Lucía Méndez y Alicia Palacios.
—Mujercitas (1973). Dirigida por José Díaz Morales. Producida por Raúl de Anda y Gregorio Walerstein. Protagonizada por Nubia Martí, Rocío Banquells, Marisa Becker, Delia Peña Orta y Ricardo Cortés.


