Network fue una de muchas joyas cinematográficas que debí haber visto de chiquillo. Tal vez actualmente la sátira me saldría mejor. Pero no. Me la pasaba leyendo libros o viendo películas de un solo género: el misterio. Entonces la que sí vi del mismo director a la edad de seis o siete fue Asesinato en el Expreso de Oriente. En fin. Tampoco el citado tipo de textos me sale bien. Así que mi escapismo consuetudinario de la infancia / pubertad no me sirvió de nada. No importa. Lo que sí es que este año, aunque en general deteste las efemérides, se cumplen 50 tanto de la producción como del estreno de Poder que mata (Network, 1976). Por eso y por la reciente muerte del actor Robert Duvall, decidí echarle un vistazo de nueva cuenta.
En este filme realizado por Lumet, Howard Beale (Peter Finch), un locutor de noticias que acaba de ser despedido por tratarse del de más baja audiencia, anuncia al aire y en vivo que va a suicidarse frente a las cámaras en una semana. A partir de ahí, se empieza a tejer una tela de araña de humor negro que involucra a más personas de la misma cadena de televisión, hasta llegar a las más altas esferas del corporativismo, siempre hambriento de sacarles ganancias incluso a los espacios noticiosos convirtiéndolos así en un entretenimiento de banalidad nauseabunda. Nada ni nadie se salva aquí. Incluso el activismo y los movimientos radicales de izquierda formarán parte de la corrupción y se pelearán por un pedazo del pastel mediático. Como grita el propio Beale, “estamos en el negocio de matar su aburrimiento”. Los hilos de la telaraña se expanden. Por allá anda la rivalidad / el amorío intergeneracional entre Max (William Holden) y Diana (Faye Dunaway). No podía faltar el despiadado intermediario entre las noticias y la corporación: Frank Hackett (Duvall). Finalmente, la esposa cornuda de Max, Louise (Beatrice Straight), cuyo desempeño histriónico (el de Straight, claro) pasaría a la historia como el más corto (apenas cinco minutos y dos segundos) en hacerse acreedor a un Óscar de mejor actriz secundaria. La propia Straight agradeció, frente a la “crema y nata” del Hollywood setentero, haber tenido las palabras del guionista Paddy Chayefsky como instrumento de trabajo. Y vaya que no le faltaba razón. Esta es de las cintas en donde la genialidad brillaba desde la escritura del libreto.
Lo que presentó Network en la década de los 70 era ya una verdad incuestionable para la de los 80 (no se diga para los tiempos que corren ahora). Yo no podía pasármela todo el día viendo películas de misterio, así que también veía la televisión y mucha gringa. Hace poco la plataforma de Disney subió una docuserie de Hulu que se centra en el fenómeno de los talk shows. No hubo ninguno que no reconociera. Todos los vi ya fuera mucho o poco. (De enumerarlos, el presente texto se extendería eternamente). Esto, lo de que todos los vi, décadas antes de que a las pantallas chicas y nacionales llegaran linduras como Hasta en las mejores familias o Laura de América. De alguna manera, repasar la mencionada serie casi en los mismos días que revisité Network ha detonado la escritura de lo que nadie está leyendo: este texto. El morbo y el sensacionalismo ya habían tenido su antecedente en los medios impresos (recuérdense los periódicos de Hearst), pero el alcance de la televisión con su poder hipnótico nunca había sido tan multitudinario ni tan avasallante. No se diga si se reduce la mentada pantalla chica y se la lleva uno a todas partes. No se diga si el acceso a cámaras se democratiza de tal suerte que el mundo entero las mantiene al alcance de la mano 24 horas del día.
Puesto que compite no solo con los programas informativos de otras señales sino también con toda la fauna del universo digital, ahora ya no extraña ni mucho menos escandaliza que ciertos noticieros pongan la credibilidad en la piedrota de los sacrificios con tal de mantener sus niveles de audiencia y se transformen impudorosamente en revistas matutinas: los locutores se maquillan como payasitos de circo, las del clima se visten como modelos de pasarela para lucirse en una nocturna cena de gala de muy baja estofa, obligan a sus entrevistados a bailar o a cantar, regalan boletos para conciertos de grupos populares, no se niegan al postureo, leen al aire mensajes de Whats escritos con las patas, replican videos “virales” de Instagram o de TikTok, editorializan sin empacho las notas, ventilan sus vidas privadas como si al espectador pudieran importarle tanto sus opiniones como sus intimidades y la noticia en su estado puro queda en segundo plano. En Network, se ha repetido hasta el hartazgo, ya se adivinaban los gérmenes de la podredumbre que hoy impera en los medios de comunicación. La caricatura de entonces fue convirtiéndose de forma paulatina en realidad. Viva el dominio de la indignación, la misma que entroniza a charlatanes como ya sabemos quiénes.
¿A quién se le acusa de tornarse en la televisión en carne viva hacia el final del relato? Por supuesto, a una mujer. Una “pior” que Eva y Pandora conjuntadas. Porque párrafo aparte merece el personaje de Diana Christensen, magistralmente encarnado (perdón por la repetición) por Faye Dunaway. Una invención que se cuece aparte. Además, una actriz a quien no parecía importarle su imagen pública. Aunque sí las habladurías crueles sobre ella. Durante mucho años, Dunaway recibió los infundios de ser demasiado “exigente” o “demandante”. Etiquetas que, en un documental sobre su vida estrenado en 2024, ella misma afirma que, de haberse aplicado a un actor, no habrían levantado ninguna ámpula. En un inicio, como ocurriera algunos años más tarde con la Ellen Ripley de Alien, Paddy Chayefsky no pensó en la persona encargada de programación como una mujer. En realidad, había pensado en dos personajes: hombre y mujer. Esta sería el interés romántico del jefe de noticieros. Al final, decidió fundir dos en uno y de ahí nació la ambiciosa Diana. Hay que verla en su discurso donde hace alusión a Savoranola para creerla. Porque al final Max bien le podría cantar, parafraseando a don José Antonio Zorrilla: Usted es la culpable de todas mis menopausias, y de todos mis comandos. Bien merecido, no para el personaje sino para la persona, si agregamos que Dunaway también se llevó la codiciada y sobrevalorada estatuilla dorada de Hollywood por la mejor actuación femenina de un rol protagónico en 1977. A los apellidos de Straight y Dunaway debemos agregar a la trivia el del propio Chayefsky (mejor guion original) y el de Finch (mejor actor principal). Por cierto, la primera vez que se otorgó el premio de forma póstuma.
Network tampoco fue un fecundo manantial que surgiera milagrosamente de la nada en medio del desierto. En cuanto a una cinta precursora, no se puede negar la influencia de Cadenas de roca (Ace in the Hole, 1951) de Billy Wilder. Ahí donde el desalmado seudoperiodista dipsómano Chuck Tatum (Kirk Douglas) enunciaba desde un inicio: “Good news is no news”. Y si se trata de poner frente a las cámaras a un personaje carismático que incite al gentío ignorante a manifestar de manera rabiosa y descontrolada su indignación, ahí también ya se había producido Un rostro en la multitud (A Face in the Crowd, 1957) de Elia Kazan. De igual forma, la influencia de Network ha sido innegable para otras cintas que la sucedieron como la más inocua Detrás de las noticias (Broadcast News, 1987) de James L. Brooks, Primicia mortal (Nightcrawler, 2014) de Dan Gilroy o incluso las secuencias de Robert DeNiro en Guasón (2019) de Todd Phillips, cinta tan saqueadora del cine más cínico, conspiranoico y pesimista de los 70. Dicha influencia no se limita al universo del cine. Tampoco el medio a criticar, la televisión, ha podido ignorar su presencia. En cuanto a series más o menos contemporáneas, ahí están Succession o The Morning Show.
Dentro del mundo cinematográfico, pocas veces un guionista había detentado el poder que durante una época ejerció Chayefsky. Cuando los créditos de entrada se empiezan a desplegar, se le da el primer crédito creativo, antes incluso que el del realizador. Las experiencias de Lumet y Chayesfky en la pantalla chica se fundieron, uno en la ejecución y otro en la escritura. No solo parecía este ejercer una influencia inédita, sino que además no había espacio para la improvisación con sus parlamentos. Los actores no contaban con el permiso para cambiar ni una palabra ni un signo de puntuación del libreto. Y ahí en el set de filmación se encontraba el ojo avisor del guionista para cerciorarse de ello. Cualquier texto con aspiraciones literarias, así sea un guion cinematográfico, anhela lograr el tejido de palabras que entretenga tanto como endulce el “oído” con la estética del lenguaje escrito. Chayesfky contaba con un manejo de idioma inglés de tal maestría que terminó siendo reconocido por todo Hollywood (el de Network fue su tercer Óscar como guionista). En sus palabras se cristalizaban el esfuerzo y al mismo tiempo la amargura del fracaso, algo que ningún (o ninguna) nepobaby hollywoodense de hoy podría alcanzar. Es más, ni siquiera Estrada con sus obviedades. Mejor ni menciono aquella bazofia de Netflix de título No miren arriba. ¿Para qué? ¿Alguien se acuerda de ella? Difícil que en la actualidad una cinta tan incómoda como ocurrente sea producida por los grandes estudios. Solo en los 70, quizás la última década en donde quedaba algún resabio de cordura. Si se desea saber más sobre cómo se hizo Network, recomiendo mucho el libro Mad as Hell de Dave Itzkoff. Si el tema es Chayefsky, nada como el documental Collector of Words. Y ya. Ahora sí se acabaron las efemérides para este blog.
—Poder que mata (Network, 1976). Escrita por Paddy Chayefsky. Producida por Howard Gottfried. Dirigida por Sidney Lumet. Protagonizada por Peter Finch, Faye Dunaway, William Holden, Robert Duvall y Beatrice Straight.
El avance: https://www.youtube.com/watch?v=1cSGvqQHpjs






