A veces resulta curiosa la forma como se cierran los ciclos. La redacción (casi) final del siguiente texto coincidió con la primera semana de noviembre, también la de mi último paso por la ciudad de Montreal. Va pues:
En Francia, Ellias se destaca como diseñador de modas, el sueño tan húmedo como colonialista de quien haya nacido en y provenga de Quebec. Porque triunfar dentro de los confines de Francia (¿la Madre Patria para la provincia de Canadá con mayor población francoparlante?) equivale a triunfar en el mundo entero. No muy diferente al de “internacionalizarse” en España para artistas mexicanos. (De México a España, ¿Paulina Rubio sería el ejemplo más palpable?) De repente, con su apoteosis como el diseñador principal de una gran casa de modas parisina de alta costura, Ellias Barnès (Marc-André Grondin) se verá obligado a volver a Canadá porque su padre acaba de morir. A pesar del enfriamiento de su relación de ya varios años, él es el único pariente cercano capaz de ocuparse del asunto (su madre se arrejuntó con su tío y ambos viven en Florida). Estos ecos de Hamlet empiezan a sembrar ya la semilla de la tragedia. En fin, todo se ha organizado para que él pueda cumplir con el compromiso y salir de ahí lo más pronto posible: entrevistarse con un abogado, seguir el proceso sucesorio, vaciar la casa del papá y donar sus muebles a una asociación de beneficencia, asistir al funeral y a la subsecuente cremación del cuerpo. Sin embargo, al escudriñar los diferentes rincones de la suburbana residencia, se topa con un secreto terrible y se le presenta la toma de diversas de decisiones para evitar que el posible escándalo dañe su impecable imagen pública.
Esta es la sinopsis de El sucesor (Le successeur, 2023) de Xavier Legrand, cinta que se puede hallar a la renta en distribución de streaming dentro del menú de AppleTV con el título risible de Secretos oscuros. El director francés apareció como actor hace un poco menos de 40 años en Adiós a los niños (1987) de Louis Malle. De los muchos chiquillos aludidos del internado católico se trataba de uno intercambiable al que reprenden constantemente los padres (“¡Babinot!”). Una vez crecidito, Legrand llama la atención como realizador en 2018 por Custodia compartida (protagonizada por Denis Menochet, quien trabajara antes al lado de Grondin en Spotless [2015], teleserie franco-británica de una sola temporada). En el caso de Marc-André, los horizontes del antiguo actor infantil de Quebec empezaron a expandírseles a los 20 años con C.R.A.Z.Y. (2005), filme dirigido por un tocayo suyo: no Marc-André, pero sí Jean-Marc, el de apellido Vallée (La reina joven, El club de los desahuciados, las series de HBO Big Little Lies y Sharp Objects), fallecido de forma tan prematura como sorpresiva en la Navidad de 2021.
En Francia, Ellias se destaca como diseñador de modas, el sueño tan húmedo como colonialista de quien haya nacido en y provenga de Quebec. Porque triunfar dentro de los confines de Francia (¿la Madre Patria para la provincia de Canadá con mayor población francoparlante?) equivale a triunfar en el mundo entero. No muy diferente al de “internacionalizarse” en España para artistas mexicanos. (De México a España, ¿Paulina Rubio sería el ejemplo más palpable?) De repente, con su apoteosis como el diseñador principal de una gran casa de modas parisina de alta costura, Ellias Barnès (Marc-André Grondin) se verá obligado a volver a Canadá porque su padre acaba de morir. A pesar del enfriamiento de su relación de ya varios años, él es el único pariente cercano capaz de ocuparse del asunto (su madre se arrejuntó con su tío y ambos viven en Florida). Estos ecos de Hamlet empiezan a sembrar ya la semilla de la tragedia. En fin, todo se ha organizado para que él pueda cumplir con el compromiso y salir de ahí lo más pronto posible: entrevistarse con un abogado, seguir el proceso sucesorio, vaciar la casa del papá y donar sus muebles a una asociación de beneficencia, asistir al funeral y a la subsecuente cremación del cuerpo. Sin embargo, al escudriñar los diferentes rincones de la suburbana residencia, se topa con un secreto terrible y se le presenta la toma de diversas de decisiones para evitar que el posible escándalo dañe su impecable imagen pública.
Esta es la sinopsis de El sucesor (Le successeur, 2023) de Xavier Legrand, cinta que se puede hallar a la renta en distribución de streaming dentro del menú de AppleTV con el título risible de Secretos oscuros. El director francés apareció como actor hace un poco menos de 40 años en Adiós a los niños (1987) de Louis Malle. De los muchos chiquillos aludidos del internado católico se trataba de uno intercambiable al que reprenden constantemente los padres (“¡Babinot!”). Una vez crecidito, Legrand llama la atención como realizador en 2018 por Custodia compartida (protagonizada por Denis Menochet, quien trabajara antes al lado de Grondin en Spotless [2015], teleserie franco-británica de una sola temporada). En el caso de Marc-André, los horizontes del antiguo actor infantil de Quebec empezaron a expandírseles a los 20 años con C.R.A.Z.Y. (2005), filme dirigido por un tocayo suyo: no Marc-André, pero sí Jean-Marc, el de apellido Vallée (La reina joven, El club de los desahuciados, las series de HBO Big Little Lies y Sharp Objects), fallecido de forma tan prematura como sorpresiva en la Navidad de 2021.
Ilusa es la pretensión de desmarcarse del lugar donde uno echó raíces. Qué argumento lógico puede agazaparse tras dicho empecinamiento. Quizás por ser el terruño del padre. A lo mejor por considerarlo demasiado provinciano e insular. Nuestro calvo protagonista no se llama en realidad Ellias, sino Sébastien. Al ir escalando los peldaños del universo de la moda, cambió su nombre de pila, aunque no así el apellido de su padre. De igual forma, pulió su acento hasta desembarazarse de las huellas fonéticas que lo denunciaran en Francia como “quebeco”. Sin embargo, bajo el efecto de la tensión y a las cuantas horas de encontrarse de vuelta dentro de la casa paterna, vuelven a emerger, como se lo hace notar su chafirete. Dentro del marco de la tragedia, imposible no pensar en otras historias de determinismo, aquellas en las que las transgresiones de los progenitores pasaban directamente a la siguiente generación. Tendencias decimonónicas flotan en el aire como si yo estuviera de vuelta en la escuela secundaria leyendo en voz alta “La gallina degollada” de Quiroga o, antes de él, las extraordinarias narraciones de Poe. Ellias, el de la imagen pública sin mancha, podrá eludir su destino. Sébastien no. Desde el inicio, a nuestro protagonista se le manifiestan unos intensos dolores en el pecho que magnifican su preocupación porque al papá le dio un ataque al corazón años algunos años antes de morir.
Si este es un relato que contiene guiños trágicos desde su principio, ¿significa que el director-guionista cree en el destino? Y si tal invención humana en realidad existe, ¿se puede de veras abandonar el lugar de origen o de formación para convertirse en otro? Desafiar impunemente al hado o, al final, lo que sea el destino: algo escrito en el libro de los dioses, la carga genética o las circunstancias sociales y/o familiares. Sin embargo, para los seres humanos no nos resulta tan viable mudar de piel, como lo llegan a realizar las serpientes. La ficción nos otorga esa ilusión, pero no es nada más que eso. Un espejismo, si acaso. Una vida nunca nos basta. El ser humano no puede no ser un avorazado que difícilmente se limita a querer vivirlo todo, experimentarlo todo. Incluso quienes desean sacrificarse e intentan servirles a los demás a costa suya, terminan en el fracaso. Por amar demasiado, alejan a quienes anhelan retener a su lado. Por la soberbia de la caridad, terminan torciendo los designios del sino y sus buenas intenciones acaban siendo contraproducentes. Recuérdese el episodio entre el Quijote y Andrés de la primera parte de la más célebre obra de Cervantes.
Los lugares cuya presencia delatan inequívocamente la ciudad donde se rodó la cinta se cuentan como escasos. Por ejemplo, Legrand finge para su cámara que el nivel superior del aeropuerto Pierre Elliott Trudeau (donde se descarga a los pasajeros) es el de abajo (donde se les recoge). Aquí de seguro ganó la estética por encima del realismo. Mientras la limosina, con el chofer y Ellias dentro, se acerca al centro de la ciudad se nos regala también una toma aérea de la Square Victoria (la plaza de la reina ídem). Luego, la nevada Rive-Nord, el entorno suburbano cada vez más solicitado por quienes prefieren huir de la médula esquizoide de la metrópolis: adiós a indigentes, tráfico, obras de renovación, la imposibilidad de estacionarse, como ocurre con cada vez mayor frecuencia en cualquier sitio urbanizado del mundo. Incluso los provincianos e insulares como en el que vivo. Hasta allá, al paraíso de lo suburbano, lo lleva su chofer (Louis Champagne) contratado desde Francia. En dicho ambiente, se encontrará con la vecina Marie-Odile (Mireille Naggar) y el mejor amigo del padre Dominique (Yves-Jacques): él, una presencia cada vez más entrometida e incómoda, hombre ligado indisolublemente al secreto que se ocultaba, tanto así que Ellias no podrá preverlo hasta el video de recuerdos del velorio. El de Yves-Jacques se dibuja como un rostro frecuente en el cine de Quebec: con Denis Arcand (La decadencia del imperio americano, Jesús de Montreal, Las invasiones bárbaras, El reino de la belleza) y en alguna ocasión con Xavier Dolan (Laurence Anyways), entre otros muchos créditos e intervenciones en el teatro en obras de, por ejemplo, Robert Lepage (quien también hiciera su aparición y su memorable soliloquio de Hamlet en Jesús de Montreal). Ambos actores, tanto el joven Grondin como el veterano, han logrado el sueño que realiza Ellias-Sébastien en la película, el de destacarse en los dos lados del charco. Tanto en la provincia de Quebec como en Francia.
Al final, por torpeza, por miedo a perder lo conseguido, Sébastian/Ellias terminará siendo como no quería: como su difunto progenitor. Igual puede dársele al asunto una lectura elevada y progresista, desde un punto de vista bastante más global, como acciones consecuencia del sistema patriarcal que se transmiten de una generación a otra. Aunque mejor es no meterse en camisa de once varas. En suma, como thriller psicológico El sucesor puede fallar, presentar algunas lagunas e incluso incoherencias. Como drama, no. La última pregunta que permanece en mí es cómo ciertos desempeños histriónicos se reconocen a punta de campañas publicitarias y videos virales en redes sociales y, al mismo tiempo, algo como lo que alcanza Grondin en la escena del velorio acaba siendo completamente ignorado fuera de Quebec. Si acaso le valió una nominación a los premios de cine de la provincia francófona. Además, no es menos encomiable el ingenio de Legrand para fondear la lacrimógena escena con “Fais comme l’oiseau” de Michel Fugain, una rola de esperanza setentera (versión francesa de la brasileña “Você abusou”).
Si este es un relato que contiene guiños trágicos desde su principio, ¿significa que el director-guionista cree en el destino? Y si tal invención humana en realidad existe, ¿se puede de veras abandonar el lugar de origen o de formación para convertirse en otro? Desafiar impunemente al hado o, al final, lo que sea el destino: algo escrito en el libro de los dioses, la carga genética o las circunstancias sociales y/o familiares. Sin embargo, para los seres humanos no nos resulta tan viable mudar de piel, como lo llegan a realizar las serpientes. La ficción nos otorga esa ilusión, pero no es nada más que eso. Un espejismo, si acaso. Una vida nunca nos basta. El ser humano no puede no ser un avorazado que difícilmente se limita a querer vivirlo todo, experimentarlo todo. Incluso quienes desean sacrificarse e intentan servirles a los demás a costa suya, terminan en el fracaso. Por amar demasiado, alejan a quienes anhelan retener a su lado. Por la soberbia de la caridad, terminan torciendo los designios del sino y sus buenas intenciones acaban siendo contraproducentes. Recuérdese el episodio entre el Quijote y Andrés de la primera parte de la más célebre obra de Cervantes.
Los lugares cuya presencia delatan inequívocamente la ciudad donde se rodó la cinta se cuentan como escasos. Por ejemplo, Legrand finge para su cámara que el nivel superior del aeropuerto Pierre Elliott Trudeau (donde se descarga a los pasajeros) es el de abajo (donde se les recoge). Aquí de seguro ganó la estética por encima del realismo. Mientras la limosina, con el chofer y Ellias dentro, se acerca al centro de la ciudad se nos regala también una toma aérea de la Square Victoria (la plaza de la reina ídem). Luego, la nevada Rive-Nord, el entorno suburbano cada vez más solicitado por quienes prefieren huir de la médula esquizoide de la metrópolis: adiós a indigentes, tráfico, obras de renovación, la imposibilidad de estacionarse, como ocurre con cada vez mayor frecuencia en cualquier sitio urbanizado del mundo. Incluso los provincianos e insulares como en el que vivo. Hasta allá, al paraíso de lo suburbano, lo lleva su chofer (Louis Champagne) contratado desde Francia. En dicho ambiente, se encontrará con la vecina Marie-Odile (Mireille Naggar) y el mejor amigo del padre Dominique (Yves-Jacques): él, una presencia cada vez más entrometida e incómoda, hombre ligado indisolublemente al secreto que se ocultaba, tanto así que Ellias no podrá preverlo hasta el video de recuerdos del velorio. El de Yves-Jacques se dibuja como un rostro frecuente en el cine de Quebec: con Denis Arcand (La decadencia del imperio americano, Jesús de Montreal, Las invasiones bárbaras, El reino de la belleza) y en alguna ocasión con Xavier Dolan (Laurence Anyways), entre otros muchos créditos e intervenciones en el teatro en obras de, por ejemplo, Robert Lepage (quien también hiciera su aparición y su memorable soliloquio de Hamlet en Jesús de Montreal). Ambos actores, tanto el joven Grondin como el veterano, han logrado el sueño que realiza Ellias-Sébastien en la película, el de destacarse en los dos lados del charco. Tanto en la provincia de Quebec como en Francia.
Al final, por torpeza, por miedo a perder lo conseguido, Sébastian/Ellias terminará siendo como no quería: como su difunto progenitor. Igual puede dársele al asunto una lectura elevada y progresista, desde un punto de vista bastante más global, como acciones consecuencia del sistema patriarcal que se transmiten de una generación a otra. Aunque mejor es no meterse en camisa de once varas. En suma, como thriller psicológico El sucesor puede fallar, presentar algunas lagunas e incluso incoherencias. Como drama, no. La última pregunta que permanece en mí es cómo ciertos desempeños histriónicos se reconocen a punta de campañas publicitarias y videos virales en redes sociales y, al mismo tiempo, algo como lo que alcanza Grondin en la escena del velorio acaba siendo completamente ignorado fuera de Quebec. Si acaso le valió una nominación a los premios de cine de la provincia francófona. Además, no es menos encomiable el ingenio de Legrand para fondear la lacrimógena escena con “Fais comme l’oiseau” de Michel Fugain, una rola de esperanza setentera (versión francesa de la brasileña “Você abusou”).
La sensación de incomodidad que surgió con El sucesor se ha quedado conmigo desde que la vi el año pasado. Una segunda visita a principios de este mes (noviembre de 2025) confirmó su efectividad. Aquí no hubo necesidad de que un personaje accesorio a la trama le dijera al protagonista que él era el monstruo. Todo queda sobrentendido. Aunque como thriller contenga sus defectos, funciona muy bien como drama trágico y paterno-filial.
—El sucesor o Secretos oscuros (Le successeur, 2023). Dirigida y escrita por Xavier Legrand. Producida por Sylvain Corbeil et al. Protagonizada por Marc-André Grondin e Yves-Jacques.
El avance: https://www.youtube.com/watch?v=RA7LWo78188


