jueves, 29 de octubre de 2015

Ceros a la izquierda (y III)

Va la tercera y última parte de este relato. La primera y la segunda se encuentran en los enlaces precedentes:

Esperamos algunos días para ofertarle nuestra propuesta indecorosa a Mindy. Para el efecto preparamos un picnic en el Lake Beavers del Parc Mont-Royal. Con todo y canastilla. ¿Sí saben cómo? Ya que la temperatura empieza a subir cada vez más pues no es ningún problema el desplegar el picnic ahí. En el medio de la estimulante conversación introducimos muy discretamente el tema de que sería acá padrísimo tener una cena íntima. Comidita deli. Velitas. Musiquita. Postrecito. Y vinito. Y quién quita y hasta masajito. Al principio Mindy no reacciona. Como si la vièrge le hablara a la diosa del amor. Finalmente nos da la negativa. Ay, ¿cómo creen, chicos?, si mi depa está todo sucio y desordenado, necesito tipo así una señora-que-le-ayuda-a-mi-mamá; pero aquí en este país no sé cómo conseguir una. Si no, no recibo visitas. Me da chúper-pena pero ni modo. ¡Bolas! Nos da el stop gacho. Mas la perseverancia es nuestro valor más fundamental y no quitamos, como suele decirse, el proverbial y lubricado dedo del renglón. El siguiente fin salimos a desayunar bagles a una panadería llamada San Viator y a pasear ora sí por la zona del Estadio Olímpico. Ahí el cronista deportivo imagina la hermosura de Diana Comaneci durante las olimpíadas en Montreal. Cómo alcanzó la cima de la perfección en los ejercicios gimnásticos obteniendo su famoso diez. Tras un largo y pintoresco paseo por el jardín botánico nos acercamos a la torre del estadio. Mindy se halla muy distante mientras subimos en el elevador de la tour inclinada. Uno de nosotros recuerda lo exquisitos que estaban los bagles de esa mañana. Mindy replica muy modosa que están mucho mejor los ¡BAGELS! de Nueva York. Nosotros le respondemos que éstos de Montreal están bastante sabrosos. Aunque, claro, nosotros nunca hemos probado los de New York. Porque nunca hemos ido a esa gran ubre. Somos dos humildes chicos de Torreón cuyos padres pertenecen a la clase trabajadora y nunca hemos visitado la célebre Big Apple. Ya ven, mis chavos, cómo es la gente de creída. Y esta niña Mindy estaba resultando ser sumamente creída. Una vez en lo alto de la torre, la vista no la impresiona en lo absoluto. La vista está muchísimo más chúper-bonita en la torre CN de Toronto. Total que pura desazón, pura gesticulación de fuchi, puros melindres y así. Poco a poco el plan de masaje y algo más con la delectable fémina se va evaporando entre una nube gris de ansiedad. Ni siquiera en la despedida merecemos un beso. Fue así como “ahi se ven, chavos”. Casi creo que “hasta nunca, losers”. Nomás le faltó hacer el signo de la “L” sobre su blanca e inmaculada frente.
Para colmo, cuando regresamos al cantón de Mr. John, nos topamos con tremendo pedicure. Nos damos cuenta porque hay un silencio todo denso en la atmósfera. Pronto nos enteramos de lo acontecido por las habladurías. Pero hasta después de la diner que, si no lo saben se los decimos, allá se acostumbra servir a las seis de la tarde. Bien raro, ¿no? Será porque comen a las doce del mediodía y ya a las seis les están gruñendo las tripas sonoramente. Pues resulta que un chino sendamente amanerado —con el cual apenas hemos cruzado dos palabras porque los amanerados nos dan asquillo y así— se ha ido sin ni siquiera decir adiós, como las chachas, sin pagar el último mes y prácticamente dejando el cuarto que le rentaba Mr. John hecho una caca. Digo, una popó. Pronto circulan más y más rumores sobre lo ocurrido entre el chino y nuestro landlord. Pero no nos es posible revelarlo por lo delicado del tema. Ahi perdonen la discreción, mis chavos. Ésa es otra historia. Muy grotesca, por cierto. Casi tres equis. Y aquí estamos en horario familiar. Tipo Siempre en domingo. Con el paso de los días todos los little brodis nos olvidamos de aquello tan traumatizante. Aunque al pobre Mr. John le toca limpiar e incluso remodelar a él solito el cuarto donde moraba el chino cochino. Nosotros, en cambio, estamos cada tarde pegados al teléfono esperando una llamada de Mindy. Pero nada. Nos da cortón bien feo. Así son las féminas de veleidosas.
            El último viernes del curso de francés se organiza la comida internacional. Así tipo pot-luck. No pongan esas caras de turulatos, mis chavos. O sea, de traje pa que me entiendan sus mercedes, siñores. Ora pues. No se sulfuren. No nos vayan a acusar de descriminadores con la CONAPRED. En el pot-luck cada alumno tiene que llevar un platillo típico de su país. A nosotros las cosas se nos simplifican. Tan pronto sabemos de qué va la famosa comida internacional nos acercamos acá todos coquetones con la generala y le decimos que nos permita traer un guacamole. Ella al principio pone cara de quoi? y nos quiere dar a entender que los platillos de los demás alumnos van a ser un poco más elaborados que un pasa-bouches. En parcas palabras uno le afirmó soy un crack de las letras y el otro soy un crack del deporte. Así que con dificultad podríamos además de lo anterior ser cracks de la cocina, chefs acá súper-internacionales estilo Gordo Ramsey. Si somos humanos, madame, no dioses. Pero eso sí, madame, nuestro guacamole no es cualquier chose. Estamos hablando de un guacamole gourmette, acá de ésos que sólo servirían en un restorán tan caché que sería cachetón. Ji, ji, ji. Como que a lo último no le entendió del todo la muy buey. Pero finalmente nos responde que está bien, que traigamos nuestro guacamole a la comida internacional. Pensamos marcarle esa misma noche e invitar cortesanamente a Mindy porque somos personas perseverantes, de ésas que nunca se dan por vencidas y que además carecen de miedo. Quien quita y ella nos ha extrañado. Quien quita y ha estado dándose su taco en espera de que nosotros le hablemos. Quien quita y Mindy acepte por fin ese sexy masajito. Y algo más. Ñaca-ñaca.
            Después de esperar que varios de nuestros romies hicieran sus llamadas de cajón a sus extranjeras casas, por fin podemos marcar el número de la bella Mindy. Para nuestra desgracia no está y le dejamos recado en su buzón de voz. Unas horas más tarde nos grita desde la cocina el little bróder mexicano de Veracruz: teléfono, es un chava con la papa en la boca. De inmediato colegimos que debe tratarse de Mindy. Empezamos la platicada un rato para no vernos tan obvios. ¿Qué has hecho, adónde has ido?, Montreal tan chido y ella, ni tanto y así. Entonces ocurre algo terrible. La noticia salida de los voluptuosos labios de Mindy nos cae como un balde de agua fría. ¿Adivinen qué, chicos?, acabo de conocer a un galán guapérrimo, atlético, güerito, ojiazul y así, ¿sí saben cómo?, todo Ken de la Barbie pero en versión rebel y sexy, porque es un poco intenso, es así de aquí de Montreal y aunque de repente se fuma sus churritos de mota, por otro lado es tipo chúper-romántico y atento y así, de flores, globos, corazoncitos, chocolates y toda la cosa, ¿qué les parece? Nos damos cuenta de que el quebeco ése del cual nos cuenta Mindy nos está ganando terreno, tipo comiendo el mandado. Tenemos que hacer algo y rápido. Luego luego la invitamos demasiado educadamente a nuestra reunión de pot-luck de la Academia. Ay, no, chicos, pero si yo no soy alumna de ahí, me voy a ver tipo así colada, gorrona y naca. Tras varios y psicológicamente largos minutos no dejamos de insistir. Bueno, le decimos, a lo mejor después vamos a un club, ahí no te verías nada colada ni naca. Oquei, bueno, así sí, cuando se acabe su comida internacional pues me mandan un mensajito y así, ¿eh? El quebeco güerito y ojiazul está a punto de pelársela, mis chavos. Y ni siquiera se ha dado cuenta. Ñaca-ñaca.
Llega el muy atendido día. Todos los convocados arriban al curso de francés de la Academia con sus alimentos, sus bebidas y sus viandas. Hay de todo: quesque por allá las especias hindúes y por acá los platillos africanos. No podían faltar al convite el sushi de Japón ni los dumpings de la China. De Sudamérica alguien lleva unas cosas que se llaman pupusas. Yiaks. Suenan asquerosas, ya sabemos; pero hagan de cuenta que son parecidas a nuestras gorditas. En fin, para no hacerles el cuento largo, comida de casi todas las partes del mundo y así. Lo mejor de lo mejor. La crème de la crème, diría nuestra profesora franchuta. Excepto —¡por supuesto!— el de Jo Anne que, pensamos entonces, de seguro habría llevado una gringada de ésas, tan carentes de cultura e historia, tipo hamburguesas, pizzas y papitas fritas. Y, claro, para coronar tal banquete internacional, pues nuestro exclusivo, suculento, sabroso, elegante, apetitoso y muy chic guacamole gourmette.
Una vez desplegados todos los platillos y salivando de a móders principiamos a hacer la ronda del bufet globalifílico. Una de ésas japonesitas eróticas que salen en los animes pervertidos para adultos nos ofrece sushi, un compañero del continente negro y de quién sabe qué país trae una cosa que parece mole, un chino, los celebrados dumpings que ya conocemos porque como recordarán los cominos en el Chinatown, un salvadoreño nos da de sus gorditas espurias. Y así. Y, claro, nuestro suculento guacamole gourmette es la sensación de todos los asistentes. Recibimos muchas felicitaciones y nos piden nuestra receta secreta. Ji, ji, ji. Cosa que por supuesto no les proporcionamos. Secreto de familia y así. Luego de un rato Jo Anne se nos acerca con su platillo: unos bocadillos de mini chili-dogs. Como carecemos de máscaras en principio rechazamos caballerosamente sus bocadillos. No, gracias, y así todos dignos. Por dentro imaginamos esas manazas de orca sacándose un moco y embarrándolo sin querer en las salchichas o dejando sobre los frijoles sus pelos de perro remojado. Como no queriendo esparcimos la idea de que sería bien padriuris hacer algo después de la comida. Claro, ya sin la generala maestra de francés. Algo acá tipo reventón mode. Alguien dice que hace unos días fue a un billar slash antro sobre la calle Santa Catarina. Pronto queda el plan hecho. Ni tardados ni perezosos le marcamos a Mindy para que se encuentre con nosotros ahí en unas horas. Nos responde que sí. Ese triunfo colosal nos da un segundo aire para seguir llantando —por eso de las llantas que se nos van a hacer, ji, ji, ji— aquellos manjares tan deliciosos.
Catre. Catre. Catre.
Como el hambre sigue siendo mucha y a la gorra ni quién le corra, nos acercamos bien subrepticiamente a la charola de mini chili-dogs y cuando estamos a punto de hacernos de dos de ellos sin que se dé cuenta Jo Anne voltea, nos sorprende e interviene. ¡No, ésos no! En ese instante saca un tóper de debajo de la mesa y lo destapa. ¡Éstos, muchachos!, especiales para mexicanos, ¡mucho más chili!, ¡yum, yum! Y nosotros ay, qué linda por pensar en nosotros, no te hubieras molestado, chava. Y tan rápido como lo decimos los mini chili-dogs pasan por nuestra tráquea y van viajando a lo largo de nuestro esófago hacia el abismo insatisfecho de nuestra panza como si se tratasen de torpedos dispuestos a perforar intestinos hartamente delicados. La chorcha continúa otro rato más. La profesora distribuye unos álbumes que preparó con tareas y fotos de todos los alumnos del grupo. Un estilo anuario; pero no tanto porque el curso con la generala no duró todo un año, ¿verdad? Casi. Pero no todo. Total que muy discretamente decidimos ir al billar slash antro y no decirle nada a la ñora. No se fuera a querer colar y ora sí que qué güe…flojera porque no nos podríamos reventar acá chido si ella está ahí observándonos, ¿no? Lo bueno es que ni se entera. Cada quien recoge sus platos, tópers y ollas. Cada quien se regresa a su casa y quedamos de vernos en el lugar indicado más o menos una hora después.
Ahora nos hallamos dentro del antro con mesas de billar y pista de baile con nuestras cubas —o así— en la mano. El sitio se llama Sharx y para su información se localiza sobre la calle Santa Catarina y muy cerca de la Universidad Concordia. Digo, cuando vayan… Porque no está tan gacho y me imagino que sí estaría a la altura de sus presupuestos. Si es que les conceden la visa y van allá algún día, mis chavos. Ora, ora. Otra vez de susceptibles. Ya pues, era broma. No se encabritonen. Mindy hace su entrada triunfal y todos nuestros compañeros se quedan con la bocotota abiertotota. Pedimos una bebida espirituosa para la dama y nos ponemos a platicar ignorando olímpicamente a los demás sabiendo que de seguro se estarán preguntando quién es la hermosa princesa y cómo le hicimos para amistarnos con tan distinguida y potable mujer. Luego de un rato y de haber hecho “piedra papel y tijera” junto a la barra para saber cuál de los dos bailará primero con ella, la suerte es del cronista deportivo y con él Mindy se encamina hacia un rinconcito obscuro del lugar. De repente él hace una cara de angustia, llama al literato para que sea su relevo y se aleja apresurado hacia el baño para hombres. Literato y Mindy comienzan a bailar acá en súper-coqueto mode y mientras él imagina que no sería mala idea dejarlo a la suerte y volver a jugar “piedra, papel y tijera” para saber cuál de los dos le hará primero lo que vendría a ser el amor a la damisela, entonces siente cómo las entrañas se le mueven no en baile cadencioso sino en trance frenético. De inmediato se excusa con Mindy y sigue el mismo camino que su camarada hubiera hecho minutos antes.
Una vez intercambiando impresiones de un trono real al otro nos percatamos de que nos acaba de ocurrir la mesma cochina cosa. Pero en aquel momento no conectamos dos y dos. Según nuestra opinión, tanta comida internacional —entre china, hindú, africana, japonesa, tex-mex, sudamericana y aparte nuestro guacamole— habían conformado una combinación letal en nuestros nada internacionales ni ecuménicos intestinos. Una mezcla donde la salsa de soya se agarraba a golpes con la especias de la India, donde el chile mexicano se trenzaba en terrible combate contra inusuales ingredientes del continente negro. Definitivamente el mestizaje, mis chavos, es un ingadera. Abajo con el multiculturalismo montrealés y así. Allá hasta hay un partido político que lo dice y forma parte de su plataforma electoral. Y vaya que tienen razón. Y el resultado de estas diversas culturas culinarias se encontraba allí, líquido y desparramado, sobre el fondo de las tazas de ambos escusados. Y ni hablar de su olor, mis chavos. ¡Yiaks! Nada fresón. Ya lo dijo el Quijote: hueles y no precisamente a ámbar de semáforo ni así.
Como para entonces nos habíamos tardado más de lo normal en lo que antes se denominaba el W.C. Mindy se va acercando discretamente hacia la puerta. Ya al final se desespera por nuestra tardanza y venciendo todos sus pudores de niña bien abre la puerta y asoma la cabeza preguntando por nosotros. Pero tan pronto hace lo anterior la ráfaga de olores nauseabundos se estrella cual pay gelatinoso contra su rostro y penetra hasta lo más profundo de sus fosas nasales. No tarda nada nadita en registrarse tal hedor dentro de su cerebro que desde el centro de control manda una señal urgente a las cuerdas bucales para lanzar desde ahí a pulmón pelado: ¡¡¡GUÁCALA!!! Y ese horripilante y melindroso ¡guácala! —cual si hubiera olisqueado el mismísimo culo de Satanás— fue lo último que escuchamos de los labios sensuales de esa linda sirena llamada Mindy. Una vez que el torrente ora sí que cacafónico —ji, ji, ji— amaina y que somos capaces de levantarnos de nuestros respectivos tronos reales y de salir a pedir informes, el resto de nuestros compañeros afirma que, perdiendo toda su dignidad de chica fresa, Mindy salió despavorida hacia la mesa con su cara de fuchi irradiando hacia los cuatro puntos cardinales, tomó velozmente su bolso y sin despedirse de ninguno de ellos dejó el Sharx tambaleándose. Qué chúper oso, habría dicho ella, mis chavos, con estos chicos caguengues no salgo de nuevo ni a la esquina. Pero alguien está regordeándose con nuestra derrota: el salvado-ñero —celoso, envidioso y resentido como buen sudamericano, como buen latino-gatino— nos dice que Mindy incluso se fue diciendo: eso me pasa por juntarme con mexicanos, todos son iguales, ¡pinches nacos! Pero no le creemos que nuestra musa haya dicho eso porque, además de que no somos ningunos nacos y de que ella es muy finolis como para escupir esa maldición, de seguro él se hubiera querido quedar amartelado con un cuero como Mindy. Ella, sin embargo, nunca más vuelve a contestarnos el teléfono ni los mensajitos ni los meils. Jamás volvimos a saber de ella. Qué triste, ¿no?
Durante el regreso a la casa de Mr. John vamos otra vez todos alicaídos. Sin embargo, nosotros adolecemos de lo que vendría a ser una venia de tristones, acá bien deprimidos, malvibrosos y amarguéitors. No, claro que no. Somos adeptos al positivismo y no tardamos en quitarnos el polvo cuando hemos caído en desgracia. Así que en menos de lo que canta un gallo ya estamos otra vez de buenísimo humor y en plena chorcha chabocha. Nos queda, empero, la pregunta de por qué a los otros compañeros no les pasó lo mismo que a nosotros. Al fin y al cabo, como buenos norteños que somos, tenemos un estómago de acero que tolera todo tipo de manjares, desde los de alta alcurnia hasta los callejeros, aguantamos al mismo tiempo gorditas, enchiladas, cochinita pibil, discada y media, reliquias, salsas picosas, burritos de hielera y demás alimentos de puestos ambulantes. No hay explicación lógica a este desaguisado intestinal: ji, ji, ji. Casi creo, afirma el cronista, que fue la maldición de Moctezuma pero al revés. Sí, segunda el literato en nosotros, todos esos turistas que han ido a México y han padecido la venganza del emperador Naca-teca se la cobraron con nosotros, no es justo, pagan chavos buenos por pecadores. Y en el instante más inoportuno. Luego pensamos que tal vez de seguro el platillo que estaba preparado de forma menos higiénica eran las tales pupusas salvadoreñas. Al otro se le ocurre decir que no habrían sido “pupusas” sino más bien “popusas” por el efecto causado. Ji, ji, ji. Ya con estas últimas risotadas se nos quita definitivamente la depre por el oso con Mindy y hasta nos olvidamos de ella. No sabes de lo que te perdiste, chava. Allá tú y así.
            El último día del curso de francés como segunda lengua son las evaluaciones. Para nuestro examen oral final debemos pasar al frente de la clase y dar una exposición de varios minutos sobre alguna leyenda o algún mito de nuestro país. Nosotros, claro, hablamos de leyendas como el águila y la serpiente o los volcanes o la llorona o así, cosas tipo típicas y folclóricas. Y de la misma forma los otros alumnos de la clase con cada uno de sus países. Pero cuando le toca el turno a la gorda horrenda de la Jo Anne se levanta y dice que en Texas no hay leyendas ni mitos. Sólo vaqueros. Y se pone a hablar de lo que vendría a ser un vaquero. Pero tan reborujado el rollo que a final de cuentas nadie le entendió bien a bien de qué diantres estaba hablando. Aparte de que, ya se sabe, pronuncia mal las palabras en francés. Al salir del curso, nos despedimos de la maestra generala y de cada uno de los compañeros afirmando (sin realidad quererlo, claro) que ya saben que tienen su casa en el norte de México y que no dejen de visitarnos y así. Cuando nos acercamos a Jo Anne, ella tiene una sonrisita mamilona en los labios y no nos explicamos por qué. Así como nosotros lo hacemos antes, ella nos invita a París, Texas, su pueblo natal del que quizás nunca debió haber salido esa mujer tan loser. Finalmente nos pregunta cómo nos cayó el platillo que ella preparó muy especialmente para nosotros. Entonces nos dimos cuenta de la verdad. En los mini chili-dogs ofrecidos por la infeliz orca venían integrados laxantes para sus servilletas. De ahí nuestro oloroso accidente.
            Excusen el lenguaje, mis chavos, pero… ¡Qué pinche puta vieja puerca tan pendeja, tan mamona y tan loser! Nosotros qué le hicimos o qué para merecer eso, para que nos arruinara nuestro date romanticón con Mindy. No mames y así.
Catre. Catre. Catre.