sábado, 26 de septiembre de 2015

Ceros a la izquierda (II)



A continuación siguen las maravillosas y extraordinarias aventuras de estos dos (¿o serán sólo uno?) fresones norteños. La primera parte se encuentra unas entradas atrás. Va esta bazofia:

Catre. Catre. Catre.
Como pudieron darse cuenta al contar nuestra fuga del mercado Juan Talón somos hombres aventureros y nos encanta hacer cosas acá bien hiper-pesadonas. A uno como cronista deportivo le gustan los deportes extremos. Tipo tirarse del bungee jumping. El otro se considera escritor maldito. Así del estilo de Bukawski. Por eso se mete en problemas adrede y hace desmóder para tener material sobre el cual escribir. ¿Sí saben cómo? Súper-vivencial. Como los actores que estudian el métod de Strindberg. Por esta combinación de nuestras explosivas personalidades decidimos gastarle una broma a Jo Anne un jueves por la mañana. Lo precedente en vista de que nuestra primera celada no nos había salido del todo bien. ¿Qué pex, mi chava? O sea da igual, niña. Strasberg, Strindberg. You say potato I says tomato y así. No nos interrumpas y agarra la onda. Retomo el fil. El malvado plan consiste en volverse a acercar a la texana-parisina y burlarse de su archi-citado catre. Cuchicheamos entre nosotros durante un descanso del curso de francés y coincidimos en que ese catre suyo suena igualito al Catre power! del ahora ignominioso y de mala recordación Fabiruchis antes de su tragedia aquélla con las chicas buena onda. Así que mientras Jo Anne está desparramada sobre un sillón del lobby de la Academia jambándose una manzana que nos recordó la típica imagen de la cerda rostizada con la fruta de marras en el hocicote, entonces atacamos. Poco a poco y sin que ella se dé cuenta nos aproximamos. Casi creo que de puntitas. Ji, ji, ji. Cuando ya nos hallamos lo suficientemente cerca aspiramos todo el aire posible de aspirar para repletar de él lo que serían nuestros pulmones y a grito pelado le soltamos en los oídos a Jo Anne fuertemente: CATRE POWER!!! Ji, ji, ji. No, mis chavos, si hubieran visto. La babosa se estremece, suelta la fruta a medio comer y casi se atraganta con el pedazo de manzanota que traía en el buche. Tose y tose hasta que se recupera. La Jo Anne se queda con sus ojotes azules y su boca entreabierta sin saber cómo responder. Luego de casi creo que un minuto de silencio en que logra tragar su bollo alimenticio escupe Pardon? Entonces nos destornillamos de la risa. En ese instante nos habla en español. ¿Por qué se ríen, chicos? Pues con más ganas nos carcajeamos. Sí, hombre, le tratamos de explicar, tú eres la chava catre-power. Y ella, ¿por qué? Y nos volvemos a reír. Pues porque siempre andas hablando del catre. ¿Catre? Sí, catre, catre, catre, ¿entiendes, Jo Anne? No. Y ji, ji, ji, nosotros. Y no entiendo, ella. Y ya mejor la dejamos con el bocado de pomme y la duda en el hocico. Ahí comprobamos que Jo Anne adolecía de lo que es la inteligencia. Pero no tanto de malicia. Ya van a saber por qué más adelante. Trinche vieja.
            Un día de fin de semana la vemos caminar por la calle Sherbrooke con su novio. Es el principio del invierno. Ha nevado unos centímetros, luego ha hecho mucho frío y debajo de la nieve se encuentra el despiadado enemigo que todos los habitantes de Montreal —transitorios o sempiternos— tememos en estas fechas; el enemigo mortal olvidado durante los días de verano en los cuales caminamos como lo hace la gente normal. Ustedes no saben cómo, mis chavos, porque nunca han visto la nieve en sus móndrigas existencias ni así. Pero durante las primeras nevadas aprendemos a caminar como pingüinos (y no Marinela, ji, ji, ji), nos acostumbramos a que nos duelan las nal… perdón, las pompis y los muslos por el esfuerzo de plantar bien los pies sobre el errático suelo cubierto del gélido contrincante y por encima, como su socarrona cómplice, la nieve con sus eternos collares de diamantes. Así bien chulos como el chulísimo rostro de la Mindy. Y en uno de esos días en los que hay que caminar con extremo cuidado vemos a Jo Anne al lado de su novio cubano. Qué onda, mis chavos. No se lo hubieran creído. Seguramente a los cubanos les encantan los bodoques como ella. O será un balsero ilegal que necesita su green cart en Estados Unidos. Quién sabe. O la tal Jo Anne lo tendrá de oro la cabrona. Oops! Ahi perdonen el francés. La camiona, quisimos decir.
            Al rato arrecia el aire, se siente todavía más frío y ellos desvían el camino demasiado. Se meten en la ciudad subterránea y nosotros los seguimos ¿A poco no sabían que Montreal tiene acá una ciudad subterránea? O sea, mis chavos, pónganse las piliux. Si no tienen una lanita ni visa para salir a países primermundistas, por lo menos cómprense unas guías turísticas o así. Digo, para que no hagan estos osos, para tener tantititito mundo. Échenle más ganillas a esto del estatuto social. Total que los vamos siguiendo a lo largo y ancho de múltiples malls que están unidos por túneles hasta arribar al área del edificio Ville-Marie, el cual por cierto se erige como el más alto de Montreal y en cuya cima está ubicado el club más chic y exclusivo de la urbe. Club, o sea antro. Como es el fin de semana y ya van a dar las doce la gente compradora comienza a reunirse en el área de la comida. Y casi creo que Jo Anne huele a las lontananzas el pollo frito, las hamburguesas y las pizzas porque luego luego arrastra al cubano hasta un puestecito de pura comida chatarra. Nosotros sin querer queriendo como el Chapulín Colorado nos paramos junto a un negocio para vegetarianos y pedimos unas salads súper-saludables. Ni Jo Anne ni su novio nos han visto. Tan acarameladitos están. Esto nos da la oportunidad para observar bien a la pareja dispareja. Especialmente al cubano que, como saben, no conocemos bien. Y no. No es ni gordo ni flaco. No es ni guapo ni feo. Un tipo así normal-normal. Medio prietón. Tras arrasar con quién sabe cuánta food-fast Jo Anne y el novio se levantan de sus asientos. Y uno de nosotros, el escritor seguramente, pergeña la grotesca imagen del cero a la izquierda. Allá va la gorda loser redonda-redonda como cero a la izquierda de un tipo que, comparado con ella, parece el número uno. La cero y el uno se agarran de la mano por completo absortos de lo ocurrido a su alrededor como si sólo tuvieran ojos el uno para la cero. Este chavo, afirma el otro de nosotros, quizás el cronista deportivo, nomás la quiere para sacarle lana, capaz que él fue quien le birló la tarjeta de crédito y le hizo los cargos apocrifos. Ya saben cómo son los cubanos, ¿no? Bien transas. Y muertos de hambre. Porque no hay otra explicación para ese romance tan sospechoso y tan inexplicable. Y tan así. ¡Ya pues! No nos corrijan. ¡Apócrifos, pues!
Catre. Catre. Catre.
            La mera verdad observar a Jo Anne con su novio sí nos deprimió bastantísimo. No somos fortalezas inexpugnables. O sea una vieja tan pentonta y tan horrenda bien acaramelada y con pareja. Y nosotros ni siquiera nos habíamos levantado a una de esas quebecuás medio pasables. ¿Sí saben cómo? Acá güeritas y ojiazules; pero narizonas y de dientes separados. Una como la de Mad Mens. ¿Cómo cuál? Pues Jessica (te lo) Paré… Ji, ji, ji. Total que nuestra situación era… Inconceivable! Tipo Princess Bride. ¿Sí la vieron de chiquitos? ¿Que qué es “quebecuá”? No les digo, mis chavos. Culturícense, por favor. O sea, una quebecuá es una muchacha de Quebec. Agarren la onda. Para acabar pronto con esto les queremos decir que la soledad en un país extranjero es bien cabro… Ejem, cabritona… ¡Non-sabritona! Ji, ji, ji. Entonces necesitamos, luego de varios meses de estancia en Canadá, calorcito-rico. Particularmente con el arribo de la primavera. No crean que la de Canadá es la primavera de sus ranchos bicicleteros. Para nada. Hagan de cuenta que la primavera de allá es el invierno de aquí. Finalmente dijimos basta de obesas, lonjudas, gordi-malas, elefantas, miss-piggies, caderonas y afortunadamente Mr. John tiene una grandiosa idea y nos recomienda para remediar nuestros penosas vicisitudes ir a Hooters, donde se da nuestro primer intento de conquista de potables féminas. ¿Cómo que qué es Hooters? Se están viendo lentos. El restaurante acá donde las meseras andan en bikini o en ropa ajustadita-ajustadita, playeras cuasi transparentes y shorecitos cortitos-cortitos. Y así. Bien ricachonas. Pero estaba retelejos, fuera de la península de Montreal, cruzando el río Saint Catherine en lo que vendría a ser el South Shore. ¡No! Jersey Shore no. No sean pen… babosos. Y como somos bien buena onda invitamos a dos de nuestros little bróders: al chavillo de Veracruz y a un español guarro que acaba de llegar a la casa de Mr. John. Hay que darle la bienvenida al olé-huelé al primer mundo, ¿no? ¿Ven que España anda medio mal y ya se bajó al segundo o hasta al tercero? Nos vamos todos juntos en taxi y alcanzamos el South Shore. Ya les dijimos, ¿eh? No confundir con Jersey Shore. Ji, ji, ji. No, mis chavos, si vieran. Qué cueros de chamacas. Aunque sí hay una que otra skank toda tatuada y con perforaciones. Acá de teibol de la peor ralea como ustedes de seguro acostumbran porque sus pobrepuestos no les dan para más. Chale. Era broma. No se enojen. No se sulfuren. Total que puro mujerón. Pero la mayoría güeritas, de pieles lisitas y, lo más importante de todo, de curvilíneas figuras. Una morenaza nos conduce hasta la mesa. Luego nuestra mesera rubia se acerca con sensual movimiento de cadera a la mesa y nosotros cuatro acá con las lenguas de fuera cual lobos feroces frente a la Caperucita. Ay, qué hambre, murmura todo cachondillo el de Veracruz. El español se muestra mucho más discreto. Hace como si la fémina no estuviera medio encuerada y la trata con el más circunspeto respeto. Ordena en su tono castellano y le ayuda al veracruzano a hacer lo propio adquiriendo el rol de traductor. Sin embargo, nosotros no tenemos tapujos porque somos chavos acá muy reventados. Ya saben, ¿no? De inmediato le soltamos un albur todo lúbrico, tieso y peludo a la mesera. Ella no capta. Le preguntamos de otro platillo. Ahora menos. Y siendo los más rápidos del oeste, otro albur acá cochinón y babeante. Y otro todavía más pasado de lanza en ristre. El español no entendía ni móder. Y el veracruzano bien ji, ji, ji. Lo malo es que la mesera tampoco entendía nada-nadita. Cada albur, cada doble referencia, cada alusión pelangocha le pasaba por encima de la cabeza como avioncito de papel. O sea, ni cuenta se percataba de nuestro hábil ingenio para hilar uno tras otro. Eso es lo malo de los países y de las gentes extranjeras. Que no entienden nuestro humor. Finalmente no supimos cuál es la finalidad del Hooters. Te pasan por enfrente un montón de amazonas semi-desnudas y no te permiten hacerles nada ni decirles nada porque casi creo que ipsus factus te andan demandando frente a la tremenda corte suprema de justicia canadiense por acoso de naturaleza sexual. Nomás le alborotan a uno la hormona y ya. Y luego te llega tu cuentotota en dólares. Total que coitus interrutus y así. Es más, ni eso.
Otro día y ya sin little brodis paseamos por la place Jacques-Quartier en el viejo Montreal, un lugar al aire libre inclinado en diagonal hacia las aguas cristalinas del río Saint Lawrence. Y luego nos detenemos a descansar frente al puerto. Nos sentamos en un jardincito verde-verde que por la acción milagrosa de la primavera acaba apenas de rejuvenecer. Uno de nosotros se echa una siesta pensando en la visita que quizás haremos más tarde al Estadio Olímpico, ese mismo donde se llevaron a cabo las Olimpiadas del 77. Y otro se pone a leer la nueva novela de Dan Brown. Además de autores acá tipo cultos como Borges, Nabokov, Miller, Gabo o Bukawski nos gusta la emocionante obra del buen Danny Browny porque aprendemos mucho de historia y arte con sus libros. Y se nos van como agua. Bien entretenidos y así. Además, mis chavos, no hay que ser de esos amargados esnobs que nada más leen los autores dizque encumbrados e intelectuales. De vez en cuando también hay que divertirse con las artes literarias y así. Mientras estamos cada uno en nuestras respectivas ocupaciones la vemos. Una divina aparición de mujer. Una diosa pues. Mas ustedes ya conocen mi pasivismo crónico así que no dejé de leer mi libro de Danny Browny y mando al cronista deportivo a la conquista amorosa, cosa que él realiza rapidísimamente. Además no fuera la chava a agüitarse con mis rollos letrados. No fuera a decir ay, no, este chavo es demasiado inteligente para mí, no me va a querer. ¿Ven? No sean como yo. No juzguen al libro por la portada, como dicen los gringos. Don’t book the judge by its covers ni así. Ya después entra el escritor al quite. Ambos direccionamos todas nuestras fuerzas para conseguir el número telefónico de Mindy. Revoloteamos como polillas frente a la lumbre. ¿Qué les podemos decir de ella? Mindy es una chava súper-bien. Sana, delgada, deportista, de cabellos castaños claros, hermosos ojos pizpiretos, labios de carmín tan resplandecientes como rubíes. Sobre todo, sin tatuajes ni perforaciones ni ningunas de esas skankadas ni así. Nada que deforme su perfecta figura de Venus clasicista. Súper-bien les digo. Incluso más que nosotros. O sea, hiper-fresona. Ni siquiera se la pueden imaginar, mis chavos. También es del norte de México, como nosotros. Aunque su familia viene de Monterrey. Sus papás la tienen viviendo en Londres. En un barrio sumamente muy nice. Hasta Montreal se le hace medio naquillo y provinciano. Dice que es como un Nueva York chico. Tal vez muy poca cosa para ella. Y además de preciosa a Mindy le encantan la pintura, el cine y la literatura. No es una airhead. Para nada. Esa tarde dentro de un cafecito con una maravillosa vista al puerto nos enfrascamos en una estimulante conversación con ella hablando de tópicos como las telas de Caravaggio, la obra fílmica de Kurosawa y los poemas de Benedetti. Además si vieran qué cuerpo. Mindy y su bella sensualidad nos seduce de inmediato. Unas pompis perfectas y unas bubis de rechupete. Una cinturita de avispa. Unos ojazos esmeraldas de ilusión caleidoscópica. Unos dientes de perlas. Qué niña. De veras. De ensueño de una noche de verano. Tipo Shakespeare. Aunque ahora sea primavera apenas.
Luego de una semana de salir juntos, decidimos alistar toda la puntiaguda artillería para conquistar a Mindy. Acá súper-coqueto mode. La llevamos a un lugar que, según todas las guías turísticas de Montreal, hay que visitar: el restorán-deli Schwat’s. El lugar está en la Maine. O sea, la calle principal de Montreal, la Saint Laurence. Como el río. ¿Que por qué le dicen “deli”? Pues porque es deli-deli, mis chavos. Ji, ji, ji. ¿No? Pos sepa la bola por qué le dicen así. Pero han ido todas las stars internacionales a pesar de que no es precisamente un restorán de lujo ni nada de eso. Sí me entienden, ¿no? Así gente como Larry King y Celine Dion. Total que invitamos a Mindy y vamos para allá un sábado a mediodía. No, mis chavos, la situación se amoló desde el principio. No sabíamos que el restorán es chiquito-chiquito y los clientes, muchamente muchísimos. A la hora de la comida hay que hacer cola… Perdón, hay que hacer la fila afuera del restorán durante quién sabe cuánto tiempo para conseguir una mesa. Y una vez adentro ni una móndriga mesa había. O si había teníamos que compartirla. ¡Comer con desconocidos! ¡No mames! Digo, no succiones. Ni modo. Nos toca sentarnos en la barra. Ya desde entonces Mindy pone cara de fastidio. Así tipo de “a qué restorán de quinta me vinieron a traer, chicos”. Para defendernos con argumentos escritos sacamos la guía. Le decimos otra vez que comer un sándwich de carne ahumada de ahí es un must si visitas Montreal. Ella se calma un poco. Pedimos cada uno nuestro sándwich con pepinillos y chenry soda. Porque somos bien chenrys —ji, ji, ji— y porque eso es lo típico que se viene a realizar ahí. Cuando a Mindy le sirven su comida vuelve a poner cara de guácala de perro. Se queja de que es demasiada carne para el panecito flaco-flaco que le ponen a uno. Además los pepinillos le provocan asco. Con eso se nos ocurre alburearla como a las meseras del Hooters. Empero, no parece prudente a lo largo de ese instante. No se vaya a encabritar más la Mindy. Nos sale demasiado fresa esta niña fresa. Y ni volviéndole a informar que a Schwat’s vienen a comer eso mismo todas las estrellas del firmamento hollywoodense ni así nos sonríe de nuevo con esa dentadura tan perfecta y aperlada. Total que esta primera invitación resulta ser un date acá todo fallido y gacho.
Mindy ni siquiera nos pide que la acompañemos hasta su casa y retornamos a chez Mr. John en metro sumidos en la más depresiva depre. Todos alicaídos y agüitados porque no recibimos nada de calorcito-rico. Apenas un ósculo en la mejilla como se acostumbra en nuestras tierras. Ni siquiera dos tronaditos como le hacen en Montreal. Lo bueno de esta experiencia tan solitaria en casa de nuestro lordland es que uno aprende a hacerse sus cosas. Prepararse su desayuno, tender la cama, lavar y planchar ropa y así. El vivir lejos de los padres es muy importante para madurar. Nosotros se los recomendamos, mis chavos. Lo malo es que no podemos invitar a Mindy a nuestros aposentos en casa de Mr. John. Si hubiéramos tenido un departamento acá tipo penthouse y de lujazo en el downton de Montreal pues quizás todo habría sido muy diferente. Y es que nuestro plan para seducir a la fémina en cuestión incluye varias cosas además de un espacio propio. En primer lugar, tener acá una cena romántica con Mindy. ¿Ya saben, no? Comidita afrodisíaca. Velitas. Musiquita. Postrecito. Y vinito, papá. Y de ahí ¡¡¡CATRE POWER!!!, como diría Jotiruchis. Tras mucho comentarlo y elucubrarlo decidimos no darnos por vencidos. Tendremos pronto que accesar al jardín florido de la fermosa damisela y así, bien romanticones al puro estilo de don Quijote y con sus palabras domingueras y conquistadoras.