sábado, 29 de agosto de 2015

Ceros a la izquierda (I)

Publico a continuación un relato largo en tres partes. Subiré las otras dos más adelante. La segunda, dentro de un mes. La tercera, dentro de dos. Disfruté mucho escribir este relato porque todos los errores son voluntarios. Y, si hay alguno involuntario, no hay problema porque puede hacerse pasar como parte de los primeros. Los protagonistas (o el protagonista, no estoy muy seguro si el personaje es uno o dos) son un par de chavos mexicanos y muy buena onda que visitan Montreal para perfeccionar su francés y vivir experiencias bastante intensas. Por desgracia, en el camino se les cruza una mala mujer. O dos, según se mire. Va a continuación la primera parte del texto:

Catre. Catre. Catre.
Seguramente quieren escuchar la historia de la mujer más loser en toda la historia de la humanidad. Se llama Jo Anne y suele decirnos al resto de la clase de francés que es de París. Luego de una larga pausa, agrega “Texas”. Sí, París, Texas. Ya sé, mis chavos. Es la misma mala broma de la película de Wenders. Nosotros también la vimos. No somos tan analfabestias como para no conocer el dato cinematographiqué. Al contrario. Si nos encanta el cine de Hitchcock, Bergman, Rubik. Tipo de autor. ¿Sí saben cómo? Estamos bien culturizados y así. Pero una de dos. O esta vieja nunca la ha visto en su lamentable y miserable vida o simplemente todos los que nacen en ese pueblucho están condenados a hacer la misma (con perdón) fakin broma hasta el final de sus días. Es más, cuando vimos la película pensamos que el director alemán se había inventado un pueblucho olvidado de la mano de Dios llamado París, Texas con el pretexto de hacer su largometraje homonimo —por cierto, en nuestra opinión, demasiado lentón, largo y pasado de cursi— pero cuando Jo Anne les dijo a todos el primer día de clases de dónde venía ella, haciendo exactamente la misma broma de la aquí multicitada película, nos enteramos de que en realidad París, Texas sí existe fuera de los confines de la imaginación de un cineasta con lentes de espanto y pelos todos espantosamente parados. ¿Saben cómo? Uno acá tipo jípster, eurotrash. Y así. ¿Qué les pasa? Sáquense. No somos jípsters, mis chavos. ¿Cómo creen? Antes muertos. ¿Qué? Que no se dice “homonimo” sino “homónimo”. Pues eso fue lo que dijimos, chavos. Oigan bien, quítense la cerilla de los oídos, pónganse las pilas y agarren la onda.
            De habernos topado en la calle con esa masa gelatinosa, con ese trasero retacado de grasa de tantas visitas al pinchurriento McDonald’s, con esa cara insoportablemente dulzona de muñeca antigua, con esos ojos azules claros que emboban a tanto compatriota de a foot pero que nosotros encontramos vomitivos en ella detrás de sus lentes horrendamente nerdos de fondo de botella, con esos globos inflados por garras cuya culminación eran unas uñas mal cuidadas, mal lavadas, mal recortadas y mal combinadas en ese color fosfo que le encantaba llevar, con esa mata de cabellos enmarañados, sin peinar y muchas veces acabados de lavar y despidiendo olor a perro remojado; jamás nos habríamos fijado ni nos habríamos dignado a posar nuestros selectamente selectos oclayos sobre tamaña madrinota de miércoles. Es decir, excuse my french, de merde. Una tipa así gorda-gorda para que nos entiendan. Qué va de aquella piltrafa humana del género femenino al endemoniadamente hermoso cuerote de la Mindy. Ésa sí es una mamazota de fémina. Pero las cosas no pasaron de esta manera. Ya van a ver, mis chavos, ya van a ver. Pérense tantititito.
            De entre aquellos boterescos mofletes a su vez mofletudos sale cual puro de añejísimo chiste la palabra repetida tres veces así como si fuese un diabólico conjuro hechicero para ahuyentar la furia de una maestra más semejante a un militar que a una educadora. Y de esperarse era que aquel mantra maloliente se topara con los correctos non, non, non y los quatre, quatre, quatre de costumbre. Quatre!, grita con desesperación la profesora de francés para corregirle la pronunciación a la orca. Catre!, responde Jo Anne toda gelatina temblorosa y al borde de las lágrimas. Y un c’est pas possible bisbiseado con el que termina el diálogo y se dan por moribundas las capacidades lingüísticas de la parisina-texana. Oso polaire, mis chavos. Acá regacho. De súper-vergüenza. Jo Anne nos mira casi indiferente tal vez con la esperanza de que le ayudemos de alguna imposible manera a posicionar la boca de tal guisa que pueda emitir el básico quatre en lugar de catre durante ésta, una de las últimas sesiones de nuestro curso finisecular de francés para extranjeros. Y nosotros evitamos esos ojos de borrega a un paso del proverbial matadero y, como desde el principio, la dejamos sola con las redondas y sonrosadas mejillas, el cabello ochentero nada cool, los pants pasadísimos de moda y su cuerpo orgullosamente texano y por ende abundante en carnes y grasas, trinche vieja puerca. Excuisez-muá, madam. Y a nuestra maestra no le queda más arma fuera de la resignación. A fingir que oye llover la méndiga generala. Y a maldecir al profesor del nivel precedente, ese imbécil que permitió que la señora de marras aprobara y llegara hasta aquí. Y hasta nosotros. Sáquese, marraniux.
            Un día de otoño Jo Anne llega contándonos a todos los compañeros de la clase cómo le hicieron fraude con su tarjeta de crédito. Otro, cómo se fracturó el dedo meñique. Pinky meñique. Ji, ji, ji. Y otro más, cómo había confundido un restaurante con un convento. Sí, así de pen… tonta está. Somos tus fans, cerdita. Nunca cambies. Te queremos mil. Pero rostizada en el más refundido averno, hija de tu ruta madre. De esta forma no hay manera de saber a ciencia cierta con qué novedad arribe a la mañana siguiente. El lunes aparece con un vendaje en el dedo meñique. Tras la pregunta obligada cuenta la historia de cómo el pequeño apéndice soportó su peso de paquidérmica persona tras una caída motivada por las causas más acefálicas. Casi creo, mis chavos, que gracias a una cáscara de plátano. Así tipo caricatura de Bugs Bunny. El martes el problema consiste en aquella serie de cargos enigmáticos hechos a la tarjeta de crédito anexa a la de sus padres sin que el plástico abandonara nunca su bolsa y además cómo discutió la anterior tarde varias horas con una porfiriana representante para que los cargos le fueran cancelados. ¿No se dice “porfiriana” sino “porfiada”? Ay, chavos, no interrumpan. Déjennos seguir, guarden el diccionario de la RAE, no sean intelectualoides y así. El miércoles hace un largo rodeo de palabras que comienza con una promenade nocturna a lo largo del downton, paseo culminante con la incauta confundiendo restaurante por convento incluso momentos antes de sentarse a comer con un aquelarre de mujeres adustas, bigotonas y vestidas con idéntica indumentaria monjil. El jueves se sazona con historias más añejas, de la época en que realizó ni más ni menos que una estancia en España con una familia, según ella, “¡más española que la paella!” y con la cual sin duda los problemas de comunicación se habrían sucedido uno tras otro casi hasta el final de su visita. Y el viernes habría continuado con los delirantes relatos de no tratarse del día de actividades culturales al exterior. El (a ver, pasen el RAE) pro-bos-ci-dio ni siquiera se digna a asistir. Nos concede una jornada libre al resto de la clase. Lo que sí confirman cada una de sus historias es su idiotez supina la cual nos da pie para las burlas íntimas y el silencioso intercambio de miradas atónitas. Ante el sorprendente dato de que Jo Anne ha pergeñado suficientes ensayos académicos como para hacerse meritoria —en quién sabe qué rascuache y mediocre universidad del mundo— de una maestría en letras hispánicas nos damos a la tarea de investigar entre nosotros los hispanoparlantes su habilidad en nuestro idioma. Esto sólo para compararla con su incompetencia en el francés. Y de paso hacerle una bromita witchy-bitchy. Y así.
            Durante uno de los recreos seguimos a Jo Anne hasta el Tim Horton’s más cercano a la Academia. ¿Qué pex, mis chavos? Requieren un poquito más de erudición. Y de mundo. Hagan de cuenta que el Tim Horton’s es para Canadá lo que el Starbucks para USA. O sea, para la Unión Americana. Total que nos decimos con una sonrisa ñaca-ñaca en los labios esta marrana de seguro va a comprarse unas treinta donas y un chocolatito empalagoso para comer. Vamos a seguirla a ver si ciertamente sabe hablar el español. Ñaca, ñaca. Con nuestra maléfica intención entramos al local de comestibles, compramos nuestro cafecito rico-rico y nos acercamos a la mesa junto a la cual Jo Anne ha posado sus vomitivas asentaderas y allí donde está degustando unas donas con glaseado de caramel. La saludamos en español. Ella insiste en hablar francés. Hasta que con todo el maquievalismo que nos caracteriza le decimos que no sea tímida y que ya lejos del salón de clases hablemos español. El tono castellano de Jo Anne nos sorprende sobremanera al principio. Aunque tiene un dejo de trasfondo gringo lo que más predomina en su hablar es ese acento ceceante y risible tan acostumbrado en aquellas furibundas tierras allende el Atlántico. De verdad pareciese que lo único que la oriunda de París, Texas ha aprendido bien a bien es ni más ni menos que nuestro idioma materno. Todas nuestras luciferinas tretas se han desmoronado como castillo de naipes. Incluso luego de aquella prueba le enorgullece hablar con nosotros, los estudiantes hispanos de la clase, en nuestra móder tang. También, aunque no puedan creerlo, Jo Anne es la alumna que en francés tiene el acento hispanófono mucho más marcado que el nuestro. Hemos perdido ya la cuenta de las veces en que la maestra de francés le ha dicho que quatre no se pronuncia catre. Ya estamos casi al final del curso y cada vez que la pobre quiere utilizar el número cuatro en alguna conversación, terminamos suprimiendo nuestras risas. Si eso es tema del nivel uno. O sea, gordis, de súper-vergüenza y nada fresón. Y así.
Catre. Catre. Catre.
Un viernes la maestra nos lleva al mercado de Montreal. Por supuesto, la señorita Catre no viene con nosotros. Salimos de la Academia, tomamos el metro y vamos hacia la estación Juan Talón. Ji, ji, ji. No se llama así. Cómo creen. En realidad se llama Jean-Talon; pero nos da risa decirle Juan Talón. Ji, ji, ji. Qué cotorreo, ¿no? El mercado de Montreal es como los mercados de México. Con puestos y así. Sin embargo, al de Juan Talón le falta la vivacidad y los objetos coloridos que nos hacen destacar a nosotros los mexicanos en otros territorios del globo terráqueo. No crean que en ese mercado van a encontrar estatuitas de la Virgen de Guadalupe ni de la Santa Muerte ni las veladoras ni las hierbas para el dolor de cabeza ni su loción de Siete Machos para ligar con alguna delectable fémina. ¡No way, mis chavos! Bueno, ni mugre van a hallar. Lástima si van y la extrañan. Total que la maestra en su atinado francés nos va indicando cómo se dicen cada uno de los productos del mercado. Que el tomate, tomate. Que la cebolla, oignon. Y así muchos otros comestibles. Digo, cosas fáciles porque es día de relax y así. Y nosotros tipo aburridísimos. O sea, la generala nos está tratando como niñitos de primaria. Y ustedes ya saben lo mamilas que podemos ser a veces sin quererlo. Inclusive frente a la más autoritaria autoridad. Total que nos decimos hay que pelarnos de aquí. Pero ya, cuate. De volada. En una de ésas nos hacemos ojo de hormiga. Nos agazapamos detrás de un puesto de quesos franchutes y apestosos. Cuando los demás se pasan al siguiente y la maestra canturrea el vocabulario de la fruta, salimos carcajeándonos del mercado Juan Talón y nos subimos a un bus que nos lleva más al sur de la península. Dentro del camión continuamos burlándonos de nuestra maestra y de nuestros compañeros ñoños que correctamente se han quedado en el mercado siguiendo en fila india a la generala como si fueran enanos de primaria. No way! No se sorprendan. Lo que pasa es que somos bien independientes. No nos gusta seguir a la bola como zombis tipo The Walking Dead. Además, ¿qué nos puede hacer la generala si estamos en una visita voluntaria que no cuenta nadamente para la calificación final del curso de francés? Que se jo… Digo, que se friegue. Venimos pues plática y plática en el camión cuando de repente una viejilla quebequense horrorosa-horrorosa se nos queda viendo. Horrorosa-horrorosa tipo nariz ganchuda de bruja y quijada prognatá. Tipo mamá de Celine Dion. Y nosotros en la chorcha acá bien chabocha. Y la cabecita blanca corajuda no nos deja de ver con ojos de pistola. Y nosotros ji-ji-ji y jo-jo-jo y el mercado Juan Talón y los ñoños y la generala. Y así. Hasta que la reverenda nos hace shhhhhh! Como aún desconocemos las reglas de convivencia social de Montreal pues ni modo. Nos callamos. No nos fuera la trinche ruca a meternos en un pedicure con el chofer o con la policía montrealesa. Pero si hubiéramos estado en México y una ñora así toda decrépita, naca y brujilda nos trata de callar, que se cuide. Hasta le damos una buena madriza a la ruca alzada. A nosotros nadie nos calla. Mucho menos una viejilla fea y malvibrosa. No nos intimidan las canas y, como ya dijimos antes, somos bien rebeldes sin causa. Así tipo Marlon Brandon. Cuando ya nos hemos apeado del vehículo automotor colectivo y nos ubicamos en la calle Santa Catarina del downton, se nos olvida el penoso incidente y recorremos esta rúa repleta de tiendas súper-acá. Très chic. ¿Sí saben? Fresononas. Y así.
Nosotros llegamos al Monterrey de Canadá —ji, ji, ji aparte— bien chidamente unos meses con antelación. Cuando todavía era verano. El mismo señor es nuestro papá de acogida. ¡No! ¡No piensen mal! O sea, nuestro lordland. Así se les dice allá a los que hospedan a estudiantes extranjeros. Se llama Mr. John y en su casa hay gente de todas las nacionalidades que se puedan imaginar, mis chavos. Tipo Big Brother. Pero estudiantil. Y de primer mundo. Bueno. Casi. Hay chinos, japoneses, israelíes, árabes, rusos, alemanes, argentinos, australianos y, claro, mexicanos. En total somos doce. Así que a la hora de tomar el diner Mr. John es como Jesús y nosotros como sus doce apóstoles. Tipo reunión de la UN. Entre la docena hay cuatro mexicanos. Qué gacha la explotación demográfica, ¿no? Eso es lo malo. Que mexicanos hay hasta en Siberia. Ya ni ahí puede uno huir de los compatriotas. Tres chavos y una chava en el cantón de Mr. John. Ji, ji, ji. Hasta en verso nos salió. Y sin esfuerzo. Ji, ji, ji. Pero nosotros dos nos llevamos mejor porque pues la mera verdad sí somos gente sophisticaté, acá bien fresonona. Fuimos a la universidad, tenemos nuestra licenciatura, hemos viajado y hemos tenido demasiadas aventuras por el mundo. Así tipo experiencia de señor de cuarenta. Y ya saben que los viajes lo culturizan a uno. Al principio sí salimos los cuatro juntos por compromiso. Con eso de que en el extranjero se debe ser solidario con los paisanos. Pero el chavo de Veracruz —un mequillo apenas en la prepa— luego luego enseñó el cobre. A cada rato terminaba con los ojotes como platotes. Tipo ira, ira, qué shido y ajá-ajá. Y así. Parecía que era la primera vez que salía de su rancho tropicoso. Y puros osos acá bien tremendos estilo Magneto. Y andar con una chava acá medio arañona y jipi-jípster wannabe del DeFectuoso con todo y tatuaje en la espalda baja nos iba a ahuyentar a todos los otros cueros. Los de a de veras. De Canadá claro; pero también de Europa, Australia, Japón y así. Niñas bien pues. No fueran a pensar esas diosas que uno de nosotros andaba con la skank chilanga. Uno, escritor viajero y el otro, cronista deportivo nos hicimos cuatachos de volada y hasta en la misma escuela de idiomas nos inscribimos, la Academia Internacional de la Lingüística. Academia no tan naca como la de cierta televisora, claro. ¿Cómo creen? Porque tratando de huir de esperpentos como nuestros little bróders mexicans, al entrar a la clase de francés, nos encontramos con Jo Anne. Que no es mexicana. Pero sí otro esperpento más. ¿No les parece sarcástico-irónico-cáustico-fatídico? Y pásennos ahora el diccionario de sinónimos para seguirles contando. Y así.
Ya sabíamos que iban a querer que les describiéramos a Montreal. Ji, ji, ji ¿A poco van a salir con la gatada de que les gustaría irse a vivir allá? Ay, tan bonito, ¿edá? Ta güeno. Por algo dicen lo de “a qué le tiras cuando sueñas… Ji, ji, ji. Pues Montreal es una península rodeada por dos ríos, el Saint Lawrence y el Saint Catherine. Se encuentra en el estado de Quebec donde, seguramente ya se dieron cuenta por nuestro cautivante relato, casi todos hablan franchute. Uh, là, là y oui, oui y así. ¿Sí saben cómo? Una lengua sumamente muy romántica. Y para hablarla tienen que parar sus trompitas como si fueran a dar un beso. ¡Sáquense! A nosotros no. ¡Guácala de perro! Ji, ji, ji. En Montreal este legado se nota hasta en los edificios del downton a causa de una arquitectura tornada hacia el afrancesamiento y con un toque de cálida elegancia. La ciudad posee un sistema de transporte efectivo y limpio que incluye, además de autobuses y trenes suburbanos, lo que es el metro. El metro tiene cuatro líneas: la verde, la roja, la azul y la naranja. Y es muy fácil tomar una u la otra. Porque la gente de allá es bien amable. Les pueden hablar en inglés o en francés. O hasta en español porque también muchas personas lo hablan. O sea que ni siquiera ustedes se perderían en la península de Montreal, ¿sí me entienden? Me acuerdo que en cuanto llegamos Mr. John nos llevó con todos nuestros little carnalillos a conocer los lugares más padres de Montreal. Fuimos al Chinatown donde comimos unos dumpings acá bien magníficamente deliciosos. Además visitamos la Place des Armes donde había mucha gente; pero donde también se localiza la Basílica de Notre-Dame construida en un estilo gótico-medieval-afrancesado. Después recorrimos el Viejo Montreal y apreciamos las diferentes fachadas arquitectónicas de los edificios antiguos. Acá tipo romanesco y neoclásico. Y ya el fin de semana Mr. John nos acompañó al parque municipal, a un concierto de tambores africanos. Aunque no había gente africana sino quebeca y jipiosa bailando toda dizque groovy. Recordamos que como era verano por todas partes volaban pelusas blancas que quién sabe de dónde venían; pero que volvían el paisaje demasiado poético. Y ya al final fuimos al Centro Eton, el mejor mall de Montreal. Claro, no podía faltar la visita al mall. Para el obligado chópin.

Segunda parte