lunes, 6 de julio de 2015

A merced de los demás (I)

Actualmente y desde hace varios años trabajo en un volumen de relatos largos cuyo título tentativo es e/spiral/e. Ha resultado ser un proyecto tardado, ambicioso, laberíntico y, a estas alturas, incluso tedioso. De los 13 cuentos proyectados quizás el peor sea éste. Lo siento así porque, además de cómo está escrito, me ha resultado imposible separarlo de mi propia experiencia como profesor de español en Montreal. Sin embargo, no puedo igualmente resistir la tentación de compartir algunos fragmentos en esta bitácora. Los protagonistas son dos inmigrantes mexicanos, un hombre y una mujer, que se enfrentan a dificultades similares, aunque en diferentes épocas, al inmigrar a Montreal. Una imagen en común es la que observan en las paradas de autobús o las estaciones del metro: un anuncio de unos laboratorios donde se promete dinero a cambio de someterse a pruebas de medicamentos. No comparto el relato completo porque ciertas anécdotas son tan recientes que podrían costarme malas interpretaciones en mi trabajo actual. Van entonces estos fragmentos:

Cómo odiaba los paraguas. Sobre todo los muertos. Pero ante el inminente deceso imitó a los otros habitantes de esta ciudad y lanzó el suyo al bote de basura que acababa de cruzar por su camino. Con el agua torrencial hasta los huesos y el fuerte viento todavía soplando se refugió en un café. Demasiada la obligación de comprar una bebida para justificar su presencia. Lo hizo contando uno a uno los centavos que se le iban en ese vaso de café que no necesitaba en realidad. Se lo tomó despacio y así darle tiempo al cielo para  despejarse. Luego pensó cuánto le costaría un paraguas nuevo. Y maldijo el día en que se le ocurrió inmigrar a esta urbe veleidosa.
            Una hora después llegó a su destino. Al menos tenía una mochila resistente capaz de proteger lo que adentro habitaba. El documento que iba a entregar, su CV, estaba seco. Tras dejárselo a la secretaria de esa escuela de idiomas se acercó a un periódico mural donde podían leerse los cursos de español que habían ofrecido durante el invierno 2014 así como el nombre del profesor a cargo. Recorrió con el dedo los apellidos de los maestros de español de aquella institución universitaria: O’Reilly, McKenna, Bouchard, Desjardin, Angelopoulous, Vazquez, Rodriguez. Estos últimos dos sin acento por aquello de los teclados en inglés o en francés. Al menos, según lo percibido a primera vista, más de la mitad de ellos no tenían como lengua materna el español. Le pareció muy extraño. Qué alumno deseoso de aprender español querría tener como profesor a alguien cuya lengua no fuera precisamente ésa. Y, sin embargo, ahí figuraban tan campantes y despreocupados dichos apellidos. Y quienes los blandían de seguro ganaban miles de dólares al semestre sin detenerse siquiera en pesar si constituía o no un acto de franca charlatanería plantarse frente a un grupo de treinta o más jóvenes para enseñarles un idioma que no era el suyo desde la cuna.
            Tardó mucho menos en regresar a la parada de autobús. A unos cuantos pasos de donde esperaba atisbó a lo lejos su paraguas muerto dentro del basurero. Así quedaban todos esos objetos desechados por sus dueños a causa del viento. Como murciélagos muertos con las alas extendidas y empapadas sobre la banqueta húmeda, implorando compasión o al menos un entierro digno. Así era esta caprichosa ciudad. Más bien, barco a la deriva devastado por los vientos que crueles recorrían la superficie del río San Lorenzo. Muchos otros paraguas vivos circulaban ufanos por encima de las aceras. A veces, en días lluviosos como éste, se lanzaban unos contra otros en una esgrima momentánea y vergonzosa para sus dueños. Eso la enfurecía aún más que sus carencias. O al menos de esta forma quiso pensarlo antes de que el anuncio en la caseta donde esperaba el autobús volviera a tentarla para que desviara la mirada. Había visto el mismo cartel por primera vez en una de las estaciones del metro y no supo si creer o no en esa publicidad. Sonaba demasiado fácil. Je l’ai déjà fait! Qué había hecho el hombre sonriente para ganarse esos mil quinientos dólares.
            Cuando entró al país solamente tenía visa de estudiante. Y el proceso para cambiar su estatus a residente permanente se había prolongado mucho más de lo que esperaba. Para entonces ya se había arrepentido de su estrategia. Mejor le habría salido la jugada de haber pedido la residencia desde México y no una vez estando en ese otro país. Todo por desesperación. Todo por salir de una vez y para siempre de allí. Por eso y a diferencia suya, para el resto de la gente de Canadá parecía muy fácil sacar la vida adelante. Podrían echar su dinero al aire y no se les habría acabado. Al menos, eso concluye ella. El autobús la llevó hasta unas cuadras de la dirección convenida. Y cuando está en el departamento de su cliente se da cuenta de todos los utensilios que le faltan para encajar: la televisión de pantalla de plasma, plana y grandísima; los muebles de exquisito gusto, la computadora último modelo, la vajilla reluciente. Y tantas otras cosas. Cuánto tiempo, se pregunta, le habría costado a su cliente reunirlo todo. Cuánto le costó reunir tales objetos. Y cuánto a tantos otros mexicanos allá, de vuelta en casa. Más. Seguramente mucho más tiempo.
* * *
            Pocas veces en su vida lo habían hecho sentir como un sirviente. Nunca como ahora. Durante años disfrutó los goces de la pequeña burguesía mexicana del norte. Una vida sin zozobras, una educación privada y en ningún momento hambres milenarias. En el país donde la gran mayoría alegaba tener hambre, él era parte de la minoría. Y anhelaba deshacerse de ese sentimiento pequeño burgués tan detestable. Se decía a sí mismo que sólo en su país pensarían así y no acá. En este mundo las clases sociales no importaban tanto. O sí, se preguntaba, acaso resultaba tan difícil deshacerse de los prejuicios del lugar de origen.
            Nunca antes lo habían hecho sentir como un pordiosero, de ésos que veía en las calles del centro acercando la mano y preguntando por el spare change! (o más bien la frase de monnaie s’il vous plaît!), de ésos que su familia ignoraba que existían en el Canadá. Claro. Allá en Canadá, decían, no hay pobres. Uno no ve mendigos por las calles. Excepto en Montreal. Y, más en específico, en el centro de la ciudad. Pero él, después de sus estudios de posgrado y de tanto esfuerzo por sacar buenas calificaciones, no le parecía justo estar sumido en esa abyecta sima: recibiendo constantes cancelaciones que significaban un desequilibrio en su presupuesto semanal, haciendo cuentas a partir de un dinero que en principio no era seguro. Un diploma de universidad —incluso de una institución de primer mundo— no parecía significar nada. Y así se encontraba indefenso ante la espera de un dictamen gubernamental que determinaría su futuro. Se maldijo otra vez al hacer los ridículos cálculos que no hacía desde sexto de primaria. Y los hacía cada vez que iba al supermercado para comprar chatarra prefabricada sí; pero barata. Por eso, el increíble anuncio en los carteles de la calle o del metro —Je l’ai déjà fait!— constituía la única esperanza. Después de todo, ya había llegado a la que para él era la peor sumisión. Qué más le daba caer un poco más.
* * *
            Se sorprendió. En un año no había cambiado aquel débil paraguas. Cómo lo llegó a odiar. Tan deforme: los brazos torcidos, los curitas o la cinta scotch aquí y allá para cerrar las partes descosidas, lo endeble de su estructura ante el viento. De esta forma los días lluviosos terminaron incomodándola mucho más que los nevados. Aún recordaba el entusiasmo que sentía en su árida tierra del norte de México cuando llovía. Por lo menos el clima de Montreal constituía un cambio a la monotonía de la aridez. Así pensó al principio. Pero ese paraguas ahora parecía un vampiro enclenque con las alas rotas que a cualquier leve provocación del viento se doblaba y de ser cóncavo se tornaba convexo. Más incluso cuando veía venir a la gente y se le quedaban mirando al pobre, sobre todo con esos dos curitas que le puso pues su indolencia y su avaricia no le permitían comprar hilo para coserlo. Más bien, la falta de dinero. Valía más comer bien que sostener en la mano un paraguas presentable para otros peatones.
* * *
            No quería ni vislumbrar los aparadores. Porque allá afuera sólo podía ver lo que no tenía: ropa nueva, iPods, otra película en formato DVD, toallas buenas. Ni siquiera valía la pena atreverse a mirar a los escaparates de ciertas tiendas. Ni con una vida entera de trabajo. Pero la publicidad del consumo le era ineludible. Incluso ubicua. Estaba en los objetos usados por los otros: autos, ropa, el largo etcétera. Incluso en taxis de anuncios luminosos. Y concluía el rito por preguntarse siempre si la gente de veras se merecía tales posesiones. Y los apartamentos codiciados. Un espacio propio y sólido donde no se escuchara lo que hacía el vecino al otro lado de la tabla roca. A veces salía del cine subterráneo y miraba las tres torres de La Cité e imaginaba algún día vivir ahí. Se preguntó si algún día entraría al supermercado sin necesidad de ir contando lo que compraba. Nada de hacer cuentas en la mente para no pasarse ni un centavo de lo que se había asignado para el gasto semanal de víveres. Qué miseria.
La escasez se nota, se dijo. Saltaba a la vista. Sobre todo, en los días lluviosos. Su paraguas moribundo con un ala rota y la otra desvencijada. La bolsa de la nalga derecha del pantalón desgarrada. Las rodillas de otro pantalón descoloridas. Y no adrede porque traerlas así con toda intención ya no estaba tan de moda. Y a veces la pobreza no resultaba tan evidente. Como el elástico gastado de los calzones o los agujeros en los calcetines que tanto le recordaban a don Quijote. Y para colmo en Canadá tenían esa rara costumbre de quitarse los zapatos o las botas antes de entrar a una casa. Había que elegir calcetines intactos cuando lo invitaran a cenar. Y cómo rechazar tal invitación ante el ahorro que implicaba.
* * *
Se levantó con la amenaza mañanera del noticiero, ésa que anunciaba tormentas vespertinas. Se mordió el labio pensando cuánto le costaría comprar un paraguas. El problema supremo consistía en no caer en el mismo error. No se trataba de que fuera lo suficientemente resistente para enfrentarse a otros paraguas en la esgrima callejera, no. Los vientos veloces, acelerados por los edificios y los rascacielos del centro, se volverían sus peores contrincantes. Eran capaces de desalarlo, de romperle los brazos y de volverlo una vez más inútil. Un paraguas barato no resistiría. Para uno caro necesitaba cuarenta dólares. O más. Simplemente no le alcanzaba el dinero. Y cómo ganarlo estando en el limbo inmigratorio. Se imaginó arribando ensopada a una cita con un estudiante en potencia. O comer sanamente o tamaña vergüenza.
            Mientras tanto le recomendaron, además de las clases privadas, hacer trabajo voluntario. Al menos con eso mataría el alargado tiempo de la espera. Así se encontró ante la Casa de la Amistad (o Maison de l’Amitié), una institución de beneficencia sobre la avenida Duluth. Al principio le gustó. No había otra manera de iniciarse en una actividad nueva más que —como reza el refrán— echando a perder. En ese lugar podría cometer todos los errores posibles para una profesora de español. Incluso los garrafales. Un día se le olvidó por completo la palabra “delantal”. En la fugacidad urgente de la clase y atizada por la adrenalina la cambió por “mantel”. Cuando regresó al departamento y consultó un diccionario quiso golpearse la cabeza contra la pared. Vivía entre dos idiomas ajenos; pero no le parecía justificable el error. Tan invadida se sintió por el inglés y el francés que ya se le estaba olvidando el idioma propio, el escuchado desde siempre. Las palabras se le escapaban. Todos esos vocablos nuevos en uno u otro idioma se amontonaban y no le permitían ver ésos que habían estado presentes desde la infancia.
A las lluvias de la primavera siguió el verano. Entonces descubrió el calor húmedo y pegajoso de esa región. Fue sobre todo el día en que acudió a la Casa de la Amistad y se percató de la verdadera vocación del establecimiento.
* * *
            Ni en las calles ni en los vagones del metro pudo evitar la presencia de los anuncios. Y se entusiasmó. Estaba convencido de que aquélla era la salida. No es que fuera un optimista ingenuo de ésos que entre acéfalas huestes seguían al gurú del “positivismo” —además de charlatán— Cornejo y Rosado. No. Eso nunca. Sabía como cualquier persona con un poco de sentido común que existía una serie de elementos imprevisibles y que el peor de ellos tal vez se hallaba a tiro de piedra. En simples palabras, poseía una habilidad extraordinaria: recuperarse con rapidez de los golpes. Y no es que fuera insensible a ellos. No. Eso tampoco. No tenía la piel tan curtida como quisiera.
Aun en México algunos empezaban a llamar tal habilidad “resiliencia”. O algún terminajo con fuerte resonancia de anglicismo. Pero él era capaz de dejar atrás cualquier malestar anímico por mucho que doliera. Y a seguir adelante. Y lo hacía sin residuos de rencor o amargura. Al menos, al principio. Si le cancelaban de última hora una clase privada o si lo ignoraban luego de una entrevista de trabajo se decía “ni modo y a seguirle”. Por eso, a pesar de ser un mexicano solo en Montreal y de tener a su familia tan lejos, lo único que poseía para ofrecerle a esa comunidad era su salud. Por esa razón, aunque en cualquier otra circunstancia le había parecido descabellada la idea de prestar su cuerpo para pruebas farmacológicas, ahora no le parecía tan humillante ni tan peligroso. No si la promesa de los mil quinientos dólares resultaba cierta. Es casi un mes de gastos, se dijo. Incluso más de un mes si se apretaba al máximo el cinturón. Y la vida se solucionaba. Por un tiempo, claro. Todo por someterse a unas cuantas pruebas que el sitio de Internet de la compañía calificaba de inofensivas. Y siempre bajo el cuidado de los médicos.
            Por aquella época el cine le ayudaba sobremanera a olvidarse de la gente que prometía echarle la mano y que nunca lo hacía, de los supuestos amigos que tenía en Montreal antes de ir allá, de los alumnos que cancelaban la clase privada con escasas horas de anticipación descuadrándole el presupuesto de la semana, del cuate que le recomendaba meterse de mesero o albañil —claro, mientas llegaba la residencia—, de la colega colombiana de una amiga “tan movida, tan viva ella” que a las tres semanas de haber llegado a Canadá había conseguido un trabajo espectacular de tiempo completo como profesora de español en un cégep, de la prima de un tío que trabajaba en el Berlitz de Ville Saint-Laurent pero que al enterarse de que él no tenía ni siquiera visa de trabajo le comunicó como a un apestado que no podía hacer nada por él —en pocas palabras, lo desahució laboralmente. Toda esa gente y sus palabras de falso aliento o desaliento le habían servido de muy poco. Y si la comida que ahora había sobre la mesa parecía ser la de un monje bajo estricto ayuno por lo menos su espíritu lograba alimentarse de las historias, los sonidos y las imágenes de los grandes realizadores del mundo en su ya muy querido Cinéma du Parc.

Segunda parte