viernes, 17 de julio de 2015

A merced de los demás (II)

Aquí van algunos otros fragmentos de este mal relato titulado "A merced de los demás". Vienen todos los lugares comunes respecto a la ficción: "cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia", "estos personajes son sólo invenciones y no comparten ninguna opinión conmigo", "este texto no tiene ni un ápice de autobiografía", etcétera. El relato no está completo. Faltan dos fragmentos que he decidido no publicar porque, como dije en la entrada anterior, tratan de "anécdotas" demasiado recientes y las realidades satirizadas ahí se hallan todavía muy cercanas en el tiempo. Por desgracia, creo que esos dos fragmentos son quizás los más divertidos. O, al menos, así me lo parecen a mí. Van a continuación los otros fragmentos:

Primera parte

Siente que no tiene valor. Porque no posee ni un auto ni una casa y porque mientras espera que su situación en ese país se normalice los ahorros se reducen con pasmosa rapidez. La sociedad moderna sólo le otorga valor a un ser humano por lo hondo de su bolsillo y por su potencial como consumidor de bienes y servicios. Quien no consume, no es nadie. Es una conspiración, se dice, donde los medios, los escaparates de las tiendas y aun los transeúntes en las calles se han conjurado para humillar al que menos compra. Ahí, ella no valía porque no tenía nada. Y al no tener nada no podía consumir. Y cuando le llaman por teléfono a la hora de la cena en lugar de reclamar por interrumpir su comida o su programa; escucha la cantaleta de la voz en el teléfono, ésa del agente de tele-mercadeo al otro lado de la línea y termina explicando con vergüenza que no está interesada y se reserva el motivo como si fuese una falta terrible. Porque no tengo ingresos. Porque el dinero me resulta escaso en estos días. Porque soy una paria expulsada del paraíso y de la simbiótica y perfecta relación entre el trabajo y el consumo. Porque espero que una maldita oficina burocrática se apiade de mí y me conceda el derecho de trabajar en este país.
Sus estudiantes en la Maison de L’Amitié le agradaban. Se daba cuenta de que aquélla era una profesión generosa que podía emprender y desempeñar a un buen nivel sin mayores problemas. Conforme las clases se fueron acumulando comprendió la función de la Casa de la Amistad, un lugar que acogía a refugiados. Incluso una tarde se quedó alrededor de dos horas más ahí platicando con una compatriota. La mujer le contó su historia de violencia. Cómo huyó del país con sus dos hijos, cómo con muchas dificultades llegó hasta el Canadá y una vez aquí pidió refugio. Un destello de envidia se le enquistó en el cerebro en el trayecto del regreso a casa. El refugiado, a diferencia del inmigrante, también estaba obligado a esperar. Sin embargo, sus gastos se encontraban cubiertos por el gobierno o por las instituciones de beneficencia. Voluntarios ayudaban a esa mujer con los trámites burocráticos. Ella, en cambio, le había tenido que pagar a un despacho de consultores. Y nadie le daba techo ni comida. Se sintió mal consigo misma. Claro, nunca había sufrido violencia. Si es que la historia de aquella paisana era verdadera. Quién sabe.
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                Si algo lo había hecho feliz ese año de deleznable espera, eso había sido el Cinéma du Parc. Fiel a una programación de cine de autor, cercano a su diminuto departamento, barato en la matiné, escondido, doblemente subterráneo, íntimo y único para él; como un tesoro conocido y disfrutado sólo por los conocedores de su existencia, fuente de alegría, de calma, silencioso durante la exhibición de la película y ésta, con sus poderes mágicos de persuasión, cómo era capaz de hacerle olvidar lo incierto de su porvenir. Su único lujo y sin embargo también su único maná en un páramo de indiferencia. Por qué los conflictos de los personajes fílmicos adquirían tanta fuerza hasta parecer harto reales. Rogó más de una vez en la misa en español, aquélla a la que iba caminando como en peregrinación todos los domingos hasta Côte-des-Neiges, que el Cine del Parque nunca dejara de acompañarlo en sus vicisitudes, que los grandes y mercantilistas complejos no se lo tragaran, que quienes tenían el buen tino de manejarlo no lo dejaran huérfano por los caprichos de la voraz ley de la oferta-demanda, que Dios siempre bendijera al buen Cinéma du Parc.
            Aquéllos debieron ser los días más eternos de su vida. Las horas pasaban con una parsimonia apabullante. Llegó un momento en que no supo cómo matar el tiempo pues era imposible pasárselo doce horas seguidas en una sala de cine no siendo la entrada gratis. Y con un puñado de canales en la tele tampoco. Aquel estado de lasitud trocaba el ambiente y le daba un hálito de misticismo. Se acostumbró a construir fortalezas de la nada y a tejer en su mente la trama más sinuosa. También volvía a soñar con lo que le faltaba, con lo que nunca podría tener: el futuro. En él se vio sumergido en una prosperidad protectora y anhelada. Una sólo asequible a través de la inmigración y los sacrificios que conlleva. Hallarse en ese estado de sopor y en muchas ocasiones a merced de los demás —con la intención de llenar tanto la mitad izquierda como la derecha del refrigerador— era el paso transitorio para, en uno o dos años, acceder a las comodidades ahora vistas únicamente detrás de un aparador.
En aquella época se hizo amigo de un vecino del edificio. Era libanés. Estaba casado y tenía un hijo. Se conocieron en el cuarto de las lavadoras y ante las mismas preocupaciones por el dinero surgió la amistad. El plan maestro del libanés para convertirse en millonario cambiaba cada semana. Era estudiante de maestría en sistemas computarizados (o algo similar) en la Universidad Concordia. Una semana se trataba de uno de esos chanchullos de pirámide. Otra, el tele-mercadeo. Una más, las famosas start-up y las redes sociales. Finalmente, los billetes de lotería. Que en Canadá no eran billetes sino tickets impresos con varias series de números en ellos. Su vecino insistía en comprar los del 649, cada miércoles y cada sábado. A él le parecía un gasto innecesario. Muy apenas le seguía la corriente y compraba si acaso una o dos series de números. En cambio su amigo, a pesar de tener mujer e hijo recién nacido, se gastaba hasta veinte dólares cada vez que iban.
Y ni siquiera caminaban al dépanneur de la esquina, no. No quería que el dueño de la tienda lo tildara de pobre. Caminaban como hasta cinco cuadras para ir a otro dépanneur donde no fuera conocido su amigo y donde mucho menos fuera la mujer a hacer las compras y al dependiente le saliera el comentario de que su esposo dos veces por semana se gasta hasta veinte dólares en el 649. Y hasta allá acompañaba al vecino. Al fin y al cabo no había nada más que hacer. Y, claro, al siguiente día verificaban juntos los resultados en el sitio de Loto-Quebec. Y nada. Ni siquiera un rembolso módico. Ni siquiera otro juego de lotería gratis. Y a despedazar el billete. Y a tirarlo a la basura. Qué pérdida de dinero.
* * *
            Pero sus días no estaban exentos de oscuridad. En ellos, había ciertas horas en que hallaba inexplicable la espera en la que las autoridades de inmigración la habían confinado. Sabía que en el famoso sistema de puntos su calificación debía ser de las más altas y le era sumamente difícil entender por qué las puertas del país sí se abrían y de manera automática a quienes pedían asilo político y no a ella. Ella no había llegado a refugiarse extendiendo la mano sino a trabajar, a integrarse, a enriquecer el país. No a mermarlo. No deseaba compasión sino sólo una oportunidad para hacerse de una vida próspera. Y estaba convencida de su ventaja pues así lo habían asegurado esos portavoces de Canadá que iban por todo el mundo invitando a la inmigración. Eso le afirmaron cuando visitaron su ciudad en el norte de México. Ella encontraría un buen trabajo tan pronto le dieran la residencia permanente. Era productiva, joven, con ansias de trabajar por un sueldo justo y así mejorar su calidad de vida, aunque fuese un poquito. ¿No era ése el sueño de cualquier persona al venir aquí? Pero mientras tanto, ¿qué?: las horas vacías, los gastos, los trabajos eventuales y clandestinos, los departamentos diminutos, los cupones, los “produtos” Sélection Mérite (“produtos”, así, sin la C, como en México los produtos Soriana o Sin Marca, sin “C” por aquello de la falta de “calidá”), los meses de vacas flacas convertidos poco a poco en un año y la angustia por la pregunta: cómo hacerse del pinche dinero.
            No lo llama magia. Pero es una cualidad parecida a ésta lo que tiene la ciudad. Con cada cambio de luz, es capaz de hallar maravillas en los edificios, en los árboles, en las nubes y a veces en los rostros de los más viejos. Entonces, cuando llegan a ocurrir este tipo de revelaciones, su decisión se fortalece y desea no abandonarla nunca más y quedarse a vivir en ella el resto de sus días. Y, cuando desde lejos le preguntan si el frío no la desquicia, sólo se encoge de hombros como si fuera posible para ellos captar ese movimiento a través del teléfono pues para qué desperdiciar saliva y decir que es una enamorada de la veleidad de las estaciones y aunque el invierno dure tanto el cambio tremendo que representa es suficiente como para aceptarlo y algunas veces incluso a disfrutarlo. ¿No es eso preferible a la monotonía de una estación? La nieve, las carencias, ¿no son precios pequeños por vivir en una ciudad tan vibrante y tan multifacética como Montreal? Sí, había días en que por Montreal valía la pena hacer cualquier sacrificio. Ésta es una ciudad donde se puede mirar hacia arriba, solía decirse mientras caminaba sin rumbo por sus calles.
            Pero ni así se sacaba el verbo de los pensamientos. Esperar se había convertido en un vocablo odioso. En el intermedio, cuando no sucedía nada y en el que la vida se había congelado. Dentro de ese lapso, aunque tratara de desengañarse con teorías sobre familiaridades morfológicas, tampoco cabía la esperanza. Si tan sólo ese espacio en blanco de su biografía pudiera colmarlo con una afición. El cine, por ejemplo. Pero no podía. Se preguntaba por qué si a la humanidad se le había ocurrido desarrollar tan maravilloso y deslumbrante invento cómo no habían pensado otorgarlo gratis e ininterrumpido sólo por el cambio de bobina. No, porque mucho antes la humanidad había inventado el trabajo —muy por encima del ocio generador de vicios— y el intercambio de monedas por él. Ahogada por la interminable espera y dentro de esta sí morfológicamente familiar desesperación, encontraba el respiro en las funciones al aire libre de un festival cinematográfico.
            Sin embargo, las dos horas ahí a la intemperie, sentada sobre los peldaños de la Place des Arts, no eran suficientes. Entonces se entregó a una forma más barata de contarse historias: los sueños. Ya fuese despierta o dormida, a veces empezaba en un estado y culminaba con el otro. El único problema consistía en recordarlos al amanecer. Había transitado de la forma más poco aprovechable de contarse historias hasta la más barata sin siquiera pasar por la intermedia: los libros. Para qué. Otros objetos de lujo. Así vio pasar los últimos meses de la espera entre trabajos intermitentes y sueños difíciles de rememorar. Unos días antes de que de nuevo y hundida en un sueño lúcido se le quedara mirando al anuncio de los laboratorios, le llegó la noticia de que los trámites habían concluido y que la visa de residente permanente había llegado al despacho de los consultores. Sólo faltaba un requisito, le advirtió la secretaria al entregarle el sobre lleno de documentos, tenía que viajar a la frontera y en un truco de absurda burocracia salir y volver a entrar al país como si fuera la primera vez que arribaba.
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Hubo un momento en que ya no pudo comprar más números de la lotería. Tanto así que cambió el horario para lavar la ropa y con eso evitar encontrarse al vecino. Más le valía cuidar el dinero porque la falta del mismo comenzaba a reflejarse en la ropa interior. Por ahí andaban en su cajón ya cinco o seis calcetines con hoyos. Y dos o tres calzones presentaban un elástico guango, de tan estirado que aun con los pantalones puestos la prenda interior se le iba bajando hasta quedar a nivel de media nalga. Para entonces el mismo menú se repetía hasta el cansancio. Faltaba poco. Debía faltar muy poco para obtener la visa de residente. Entonces, pensó, todo se va a arreglar como por intervención divina. Obtendría un buen trabajo, el departamento con vista y cuarto aparte, la ropa interior nueva. Todo lo pregonado como necesario. Y a pesar de los calzones desgastados y una mala alimentación en lo que sí siguió desembolsando dinero fue en su único bien superfluo: el cine. Con el cine aprendió a soñar, a oscuras y al aire libre.
            Ante la gente estuvo transitando de una soledad a otra, a través de dos idiomas ajenos, el inglés y el francés, y no aterrizando en ninguna de las dos realidades porque ninguna le pertenecía, ¿no es acaso él un “alófono” como los llamaban las dos soledades, las dominantes? Qué término más imbécil. Agrupar a personas de orígenes tan disímiles dentro de una misma categoría basándose únicamente en criterios lingüísticos. Ahí, en Quebec, sólo había de tres sopas: francófono, anglófono o el resto, bautizados como “alófonos”. Tal vez por eso también logró entablar amistad con el libanés.
De nuevo se lo topó un fin de semana en que pensó que no había nadie en el cuarto de lavado. Ya vergüenza le daban sus garras. Entonces lo encontró ahí y se lo contó. Su vecino lo había hecho. Acudió a los laboratorios que ofrecían aquella cantidad de dinero para que uno se convirtiera en conejillo de indias. Lo habían sometido a toda suerte de análisis y finalmente le habían administrado medicamentos. A final de cuentas, tenía que esperar un tiempo para regresar y volver a someterse a otros análisis. Al cabo le darían el dinero prometido. La única incomodidad, un encierro de horas. Tal vez días. Su vecino había encontrado ahí a todo tipo de personas. Desde el estudiante en busca de ahorro para irse de spring break, pasando por el profesor desempleado (sin ofender al presente, claro, mon ami), músicos callejeros, artistas circenses y, aunque no lo creyera, hasta algunos jubilados cuya pensión no era suficiente para las vacaciones en el ignoto Sur, ése con mayúsculas al que acudían tales snowbirds para olvidarse del frío. Que se animara a hacerlo. Qué podría salir mal.
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            Welcome to Canada! Tras tanto tiempo aguardando esa bienvenida el instante había sido francamente anticlimático. No escuchó fanfarrias ni sintió mariposas revoloteándole en el estómago. Había tomado el siguiente autobús de regreso a la ciudad con sus papeles sellados. Los siguientes pasos resultaron la mar de simples a comparación de lo vivido con anterioridad: sacar el número de seguro social y la tarjeta médica. El CV ya lo tenía preparado. Pero luego de algunas semanas de repartirlos en diferentes escuelas la búsqueda había resultado infructuosa.
Una amiga que trabajaba en una escuela de idiomas la invitó a una cena. La amiga —una peruana de Iquitos— le había consultado a la coordinadora del programa de español y la mujer no había puesto objeción. Qué mejor manera de ampliar la búsqueda de trabajo que haciendo relaciones. Ahí, en la cena de fin de cursos, conocería a otros profesores de español y tal vez le darían un buen consejo. Quien quita y consiga intercambiar correos electrónicos o números de teléfono y a la larga le salga una excelente oportunidad para trabajar en un cégep o una universidad.
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Años antes de que Marina lo hiciera, Vázquez entró en el departamento académico para dejar ahí su CV con la secretaria del mismo. Era en una universidad, en el de lenguas modernas, donde pensó que por ser hablante “nativo” del idioma tendrían que contratarlo. ¿Cuántos profesores de español cuya lengua materna era el español habría en la ciudad de Montreal? Decenas. No, pronto se daría cuenta que cientos. Y sintió que tal vez se enfrentaba a un mercado de sobrepoblación. Había una lista de los cursos del semestre anterior en un periódico mural. Título: Invierno 2004. Recorrió con el dedo los apellidos de los profesores de español de aquella excelsa institución educativa del primer mundo: O’Reilly, McKenna, Bouchard, Desjardin, Perron, Angelopoulous, Rodriguez, Perez. Más de la mitad, al menos por lo que podía percibirse por sus apellidos, no tenían como lengua materna el español.
Nada se había resuelto como por dádiva divina ni como respuesta a una plegaria. Había llevado su CV a distintas instituciones sin resultados óptimos. Incluso a un centro comunitario donde sabía que no le pagarían ni veinte dólares la hora. Aun así siguió yendo al cine. En especial a la función de medianoche. Allí vio El show de terror de Rocky, La montaña sagrada y otras rarezas nocturnas. Finalmente le llamaron. Era para dar una clase los sábados por la mañana en una escuela de idiomas. De inmediato se dio cuenta de que la coordinadora de español sufría de una enfermedad grave: la desorganización. No sólo eso. Los cuadernos que utilizaban en lugar de libros de texto —por ser aquéllos mucho más baratos— estaban repletos de errores ortográficos. Había que pasar la vergüenza de informarles a los alumnos que esto o aquello era un error y que debían corregirlo a mano. Sin embargo, se veía que la coordinadora era una buena mujer. Trataba de ayudarlo llamándolo cuando algún otro profesor enfermaba. Le echaba la mano pues sabía que ésta constituía su única fuente de ingresos.
También les empezó a dar clases a alumnos particulares o de empresas. Con frecuencia llegó a ir a los rascacielos del centro y ahí le enseñaba a un grupo antes o después de la hora del almuerzo. Pero aquellos clientes resultaban los generadores de mayores problemas. Sobre todo, económicos. Como con los estudiantes de antaño, no faltaba la cancelación por aquello de que el trabajo se les había acumulado o por aquello de que se iban de vacaciones al ignoto Sur. Con eso desestabilizaban el presupuesto de la semana. Cuando pensó que dejaría de hacerlo tan pronto obtuviera la residencia, la vida austera continuaba. Igual que antes se fijaba en los precios de los víveres. Coleccionaba cupones. Sintiendo la amargura atorada en la garganta vio un reportaje en la televisión sobre historias de fracaso de inmigrantes —el doctor haciéndola de taxista, la maestra trabajando de afanadora— y en todo les dio la razón. Canadá —o sus vendedores a lo ancho del mundo— mentía. Las puertas no se abrían tan fácilmente. En el reportaje hablaban de un sitio en Internet (notcanada.com) donde ese tipo de historias abundaban, donde los inmigrantes daban sus testimonios de desilusión, donde el rencor ante el engaño de la promesa de una vida mejor en Canadá se desbordaba. Tras consultar el sitio marcó el teléfono de su vecino libanés para preguntarle la dirección de los laboratorios.