martes, 4 de junio de 2013

Love Thy Neighbour

Reproduzco a continuación otro cuento publicado el año pasado en el número 59 de la revista literaria Estepa del Nazas. De nueva cuenta, el texto pertenece a la camada de relatos de largo aliento que conforman los siguientes títulos también subidos a esta bitácora: "Parranda sobre ruedas", "Al infierno", "Maestro en la metrópolis azul", "Muero por que no mueras" y "Encuentro fortuito". "Love Thy Neighbour" es el sexto y último cuento de esta primera camada. El título en inglés proviene de Neighbours, un corto del cineasta canadiense Norman McLaren. Espero, durante el verano, tener la oportunidad de avanzar en algún cuento de la segunda camada. Va el texto:

Love Thy Neighbour

D’ici, Montréal ne fait pas mal
Monique Proulx, “Les aurores montréales”

El hombre llevaba viviendo cerca de siete años en ese edificio cuando sintió haber rebasado el límite de sus fuerzas. Al despertarse aquel amanecer —el anterior a la madrugada de su muerte— su cuerpo y la cama formaban imanes de polos opuestos como si una parte central suya quisiera permanecer clavada al colchón hasta el fin de la eternidad. Si tan sólo pudiera quedarse ahí todo el tiempo, bajo la protección de la sábana y de la cobija. Si tan sólo allá afuera no estuviera cayendo y acumulándose en montones la nieve. Si tan sólo tuviera el valor de hacerse desaparecer del planeta sin que implicara esfuerzo alguno. Todo eso se dijo. Entonces pensó en algo mucho mejor. Si se atrevía de verdad a tomar una decisión tan definitiva, si ya de por sí iba a suicidarse, ¿por qué no invitar en el infinito viaje a sus vecinos? Tal vez fuera cierto y algunos de ellos, los recién llegados, pagarían por los desmanes que otros —los de hace cinco años, los de hace cuatro y así sucesivamente— le habían inflingido con tanto dolo. Pero, concluyó, ¿qué se le va a hacer? Cada septiembre cambiaban de rostro como mutantes del espacio exterior aunque en esencia fueran los mismos: un sartal de ruidosos desconsiderados. ¿Qué se le va a hacer? En la vida siempre pagan justos por pecadores, ¿no? No sería él quien en primer lugar alterara la regla.
Para el hombre, tras los casi siete años vividos ahí, referirse al edificio del número treinta y cinco sesenta y tres de la avenida Lorne era como hablar de un organismo vivo e independiente de quienes lo habitaban. A veces, no imaginaba el inmueble como esa construcción de débiles divisiones —finas cual papel a ciertas horas— ni como aquel renglón en los libros de avalúo del ayuntamiento que indicaban el nombre del dueño, el valor en setecientos sesenta y cinco mil dólares así como el número de apartamentos. No, no pensaba en nada de eso. Más bien construía en la mente el rompecabezas del organismo conformado por una serie de voces discordantes y babélicas, de ruidos aturdidores y molestos que perturbaban su paz. Paz en quien sólo deseaba eso. Y silencio también. Desde hacía ya casi siete años había llegado por primera vez al edificio con una inútil colección de expectativas en la maleta. La vida, creía, iba a ser mucho mejor en aquella región del país. Estaba dispuesto a intercambiar su espacio con tal de no seguirse preocupando por nimiedades. Gracias a esa mudanza se acabarían las incertidumbres y el aburrimiento. Y una vez instalado ahí ya se veía, cinco años después, con una casa, un auto, una familia y, muchas décadas en el futuro, disfrutando una vida de retiro con pensión estimable y, ¿por qué no?, dentro de ese estatus celestial del jubilado, de regreso en su terruño. Todas aquellas metas tan dulces se habían poco a poco convertido en recalcitrante amargura. La abulia le había trocado las buenas intenciones por fracaso y rutina.
Su edificio era tal vez uno de los peores de la ciudad. Se ubicaba sobre la avenida Lorne a una calle de McGill en el barrio de los estudiantes, calificado popularmente como “gueto” sin serlo en realidad. El inmueble contenía dieciocho apartamentos de una sola pieza. Algunos de ellos divididos sólo por tablaroca. De seguro lo último proyectado por los constructores fue la insonorización. Dentro del suyo —el número doce— en el baño y sobre la taza del inodoro, había una abertura que daba a un espacio vacío. Al asomarse por aquella ventana no veía un bello paisaje sino sucias tuberías con manchas de orígenes indescriptibles, un tragaluz en la cima de todo y un basurero improvisado abajo. Algunas veces, cuando las otras ventanas interiores estaban —junto con la suya— abiertas, era capaz de escuchar a sus vecinos e incluso hilar algunas de sus pláticas. Y había noches en las cuales las voces lo cercaban. Las escuchaba sobre su cabeza, a un lado e incluso desde el sótano. La lista de sus molestias iba en aumento durante las horas del día y de forma paulatina se fueron amontonando también a través de los años: los pisotones de elefante en el techo así como en el pequeño pasillo afuera de su apartamento, los golpes injustificados contra la pared, los timbrazos por el intercomunicador, las remodelaciones, los gritos y las risas a partir de la medianoche. Para colmo, la manada del último año parecía ser la más aberrante y escandalosa.

Este cuento y el resto de la camada se encuentran en el libro e/spiral/e (I)http://www.amazon.com/dp/B00F3KCXWU