miércoles, 27 de marzo de 2013

Encuentro fortuito

Aquí reproduzco otro cuento. Fue publicado en la revista Acequias en el año 2010 como se puede ver en esta entrada del blog. Pertenece a la camada de relatos que conforman los siguientes títulos también subidos a esta bitácora: "Parranda sobre ruedas", "Al infierno", "Maestro en la metrópolis azul" y "Muero por que no mueras". Próximamente subo el sexto y último de este grupo de cuentos. Va a continuación el texto de éste, el quinto:

Encuentro fortuito

No sabe lo que significa tener tanta sed y no tener derecho a beber mientras el agua fluye ante la mirada de uno, hermosa, salvadora, al alcance de sus labios.
Amélie Nothomb, “Cosmética del enemigo”

Existen agridulces momentos en la vida que nos dejan destrozados. Son momentos en los cuales nos encontramos frente a frente con la más grande belleza; con una belleza también inmensamente cruel porque siendo tan alta y placentera no se nos concede para disfrutar a plenitud con el lenguaje de los cuerpos. Ni siquiera podemos rozarla con la punta de los dedos. Ayer me percaté de que la existencia de esos momentos es verdadera. Dudé de su realidad durante casi toda mi vida. Y ahora en que creo haber llegado a una madurez que me complace en extremo, el esquema gracias al cual la he construido —la vida, no la madurez— se me vino abajo como castillo de naipes. No se han inventado aún palabras para describir ni la importancia del momento ni la vastedad de la belleza que lo hace tan catastrófico. Quizás sólo los poetas sean capaces de expresarlo con su lirismo. Y yo, por desgracia, no soy ningún poeta. Sin embargo, ayer, precisamente ayer, tuve la triste oportunidad de paladear uno de esos momentos. Y sí. Me dejó destrozado por su paradójica amalgama de éxtasis y dolor.
Desde entonces no sé cómo ordenar mis pensamientos. Incluso el párrafo anterior parece una mera divagación, un recuento de sensaciones sin hilo. Lo vuelvo a leer después de garabatearlo y entiendo muy poco. El impacto todavía es demasiado profundo. Aun al escribir estas frases, me tiembla la mano pues lo que me invade también me rebasa. Es mucho más grande que yo. Nunca me había sentido como un globo a punto de reventar. Y eso porque, después de ayer, todo en el mundo es únicamente belleza y dicha belleza tan totalizadora me duele en lo más hondo pues tras irradiar su luz resplandeciente sobre el universo vuelve otra vez a verterse y a ser contenida en una sola persona. Debí haberme subido a ese vagón del metro. Porque, de haberlo hecho, no me estaría hoy preguntando si fue casualidad o burla —¿o quizás voluntad?— divina. Acabo ahora un segundo párrafo y sigo tan incoherente como en el primero. No he avanzado en lo absoluto. Ni siquiera un paso.
Lo deseé. Deseé el momento sabiendo de antemano que no se realizaría nunca. Porque no tengo buena suerte. Porque esas cosas no me pasan a mí. Porque en contadas ocasiones mis deseos han pasado del plano onírico al de lo concreto. Deseé este encuentro fortuito como los niños codician un juguete nuevo lanzando la moneda a la fuente, como la solterona ansía la llegada del amor de su vida, como el joven poeta anhela la publicación de la primera colección de versos. Así lo deseé y lo hice con la cínica sonrisa que augura el fracaso de la ilusión, con el rezo interrumpido porque lo suplicado al supuesto poder supremo es irrealizable. Pero qué terrible es la sensación de que la plegaria ha sido atendida aunque sea sólo a medias. Algo así decía Santa Teresa sobre las plegarias. Según ella, se derraman más lágrimas por las atendidas. Truman Capote le haría eco muchísimo después con el título de su novela inconclusa. Nunca había entendido el significado de tal pensamiento. Hasta ayer. Quizás para explicar mi presente situación debiera antes explicar un poco quién soy yo. Esto es, el tipo de hombre que soy.
Ha pasado un mes desde la escritura del tercer párrafo el cual sólo ha logrado agregar más vaguedades. Sin embargo, me siento obligado a retomarlo donde lo dejé pendiente: mi personalidad. Tal vez haya tardado tiempo en seguir adelante porque a cualquier ser humano le intimida explicar el fenómeno de la existencia propia. Soy un hombre pragmático y ordenado de treinta y siete años. Cuento con un trabajo rutinario, una vida cómoda y, sobre todo, una excelente memoria. Ésas son las dos cualidades de las que más me precio: el pragmatismo y la buena memoria. Me gusta recordar los hechos exactamente como sucedieron. Sin embargo, en este particular caso, las dos virtudes antes mencionadas —de atreverme a llamarlas virtudes— me fallan. No afirmaría nunca que recuerdo la hora precisa del momento. Estaría mintiendo. Aunque puedo indicar a la perfección el lugar, sólo soy capaz de aproximarme un poco a la hora. El lugar —a donde no he vuelto para evitar que el recuerdo de su inesperado nacimiento me lacere— todavía existe. Y quizás lo siga haciendo si una hecatombe nuclear no lo destruye. Es la estación Snowdon del metro de Montreal. Y la hora aproximada fue, es y seguirá siendo en mi memoria las dos y diez de la tarde del día nueve de agosto del año dos mil cinco. Recalco lo de hora aproximada porque lo último que tenía en la mente cuando todo sucedió era cerciorarme de ella mirando el reloj.
Aunque quisiera ahora mismo asirla, la exactitud en el tiempo, la capacidad de destacar un solo segundo en la vida de entre tantos otros, siempre tuvo una mala opinión de mi parte. Eran las mujeres melodramáticas quienes siempre terminaban dándole importancia a tales minucias. De tantas idas y venidas, de tanto circular de las manecillas del reloj, me preguntaba cómo eran capaces de indicar la singularidad de un instante aterido en la nada del pasado. No puedo dejar de sentir vergüenza por juzgar durante tanto tiempo con demasiada severidad los comportamientos ajenos. Sigo, me doy cuenta, desperdiciando tinta para contar un hecho que pasó tan rápido y tan de repente. Me hallaba entonces en la estación Snowdon inclinado sobre mi libro. Leía el capítulo diecinueve de la novela Juntacadáveres del uruguayo Juan Carlos Onetti para distraerme antes del arribo del tren subterráneo. Estaba a punto de terminarlo. (Quizás me detuve un rato en esta frase dicha por Jorge, uno de los personajes de la historia: “La amistad se acaba enseguida y uno sigue porque sí, por pereza, porque el otro hizo cosas con uno y ahora es parte de uno”. No recuerdo por qué razón; pero cuando hojeo el libro otra vez la frase está subrayada.) Sí, leía. Ni siquiera estaba apresurado. Había tomado libre la tarde. Me la merecía. Me había sentado —solo por supuesto— en la barra de asientos sobre el andén de la línea anaranjada con dirección a Henri Bourassa; pero mi destino era la estación Lionel Groulx y, tras el trasbordo, Peel. Tenía ganas de ir al cine Paramount.
Me estoy equivocando. Hasta ahora me doy cuenta. Debería comenzar el relato minutos antes: cuando trasbordé de la línea azul a la naranja, cuando me bajé en otro andén. Venía de la estación Saint Michel después de dejarle unos documentos oficiales a una traductora. Había recorrido la línea azul entera hasta que el tren se detuvo en Snowdon para el trasbordo a la línea naranja. Bien pude haber corrido al bajar las escaleras. Sólo lo pensé. No lo hice. Es ahí donde se gestan mis conjeturas. Ahí, en la encrucijada. Pude, desde luego, haber alcanzado el tren que todavía estaba detenido y con las puertas abiertas. Dos o tres mujeres, de ésas que siempre parecen tener prisa sin justificación, corrieron y lograron introducirse en el vagón. Por alguna causa que me elude a medias, yo no quise correr. Iba con tiempo de sobra para llegar a ver la película. Es más, me dije: hay bastante tiempo, no corras, no te apresures, no finjas tener prisa, no hagas el ridículo como estas mujeres. Sin embargo, ahora me pregunto cuál fue la verdadera razón. ¿Por qué no tomé el camino más natural para ir hasta allá? ¿Por qué no trasbordé en Jean Talon y luego en Berri-UQAM? ¿Por qué recorrí la línea azul del metro de principio a fin? ¿A qué fuerza engañosa estaba tentando?
El vagón se fue con las mujeres apresuradas y todavía soy capaz de imaginármelo. Puedo verlo aún, hasta en cámara lenta. Cuando el paso atronador del tren terminó de extinguirse por el túnel, me senté. Abrí mi libro y continué con la lectura empezada desde la estación Saint Michel. Me acuerdo que, cuando el metro había pasado antes por Côte des Neiges, lo deseé. Deseé ardientemente nuestro encuentro. Vive por aquí, me había dicho, ésta es su estación, ésta es la estación por donde sus pies van y vienen, a la que entra para ir a cualquier otro punto de la ciudad, ¿qué pasaría si…? Los molestos “si” de esta vida nos carcomen como termitas la cordura. Y una vez más, entre queriéndolo y no, hice la plegaria por el encuentro fortuito pues para mí, de seguro, significaría algo. Lo deseé. Deseé el encuentro como nunca antes había deseado algo. Me es difícil no utilizar dos veces la misma palabra. Me es difícil usar otra palabra que no sea “algo”. Porque “algo” siempre conlleva ambigüedad. Ni siquiera quienes la usamos constantemente sabemos qué quiere decir. Por eso utilizo —contraviniendo los consejos de mis maestros de redacción en la escuela secundaria— “algo” y también para definir la significación del momento. Es éste: no habían pasado cinco minutos cuando escuché una voz llamándome. Escuché mi nombre. Y ahí, dentro de ese fugaz instante, se dio el encuentro. Mi deseo se realizó.

Este cuento y los demás se encuentran en el libro electrónico e/spiral/e (I)http://www.amazon.com/dp/B00F3KCXWU