miércoles, 6 de febrero de 2013

Muero por que no mueras

El relato que presento a continuación es una alegoría de las dos soledades de Montreal: la francófona y la anglófona. Apareció en la revista Estepa del Nazas hace algunos años. Va el texto:

Muero por que no mueras

Lo mejor que le podía pasar a él era que se muriera. Lo mejor que me pudiera pasar a mí era que él siguiera viviendo.
Fernando Vallejo, El desbarrancadero

Hasta el día en el cual tu existencia se estrelló contra la de Francis, eras una mujer que se conformaba con seguir una vida monocorde. Lo conociste y ya para entonces no tenías ni felicidades ni tristezas previstas. Así habías estado lo mar de bien. Ni siquiera el mes anterior —cuando te hiciste el examen casero, durante varias semanas aplazado por el trabajo, y con sorpresa resultó positivo— te abandonaste a grandes emociones. Un bebé, columbraste en aquel momento sopesando la incómoda imagen embrionaria y viéndola como otro obstáculo más a vencer, igual a muchos otros en tu carrera de ejecutiva dentro de la empresa. Un bebé era un desafío más y punto. Ya te encargarías del pequeño asunto tan pronto naciera. Poco después llegó Francis y, con él, un cambio radical en tu concepción del amor y de la ridiculez que aquél trae consigo. También vino la angustia por primera vez vivida. Lo habías contactado al salir a la venta el departamento sobre la calle Prince-Arthur. Él era el agente en bienes raíces con la misión de venderlo. Tú representabas a los posibles compradores, también potenciales compañeros de trabajo a punto de establecerse en Montreal. Le habías telefoneado para echarle un ojo a la vivienda y aconsejarles a tus colegas sobre el precio. Ya contabas tres meses de embarazo cuando hicieron las mutuas presentaciones. Mientras que en apariencia la suya había sido opuesta, tu primera impresión fue de antipatía. Disimularla por completo no lo lograste. Nunca te ha venido bien ser hipócrita.
Tus colegas escogieron el departamento mostrado por Francis y, para celebrar el buen final del negocio, él te invitó a salir a la semana. Le anunciaste en la primera cita que ibas a ser madre soltera dentro de seis meses. Verdaderamente no te había agradado en el primer encuentro y por eso decidiste soltarle el yunque informativo como para quitártelo de encima. Él no se dejó abatir. Insistió. Y aceptaste después de hacerte notar una compañera de la oficina que hombres así —de ésos que incluso enterándose de un embarazo de por medio vuelven a llamarle a una para conseguir la segunda cita— ya no había. No, de ésos, mona, ni en Marte. Mejor aprovecha y dale gozo al cuerpo mientras te lo permita. Algunos comentarios lanzados tan a la ligera deberían castigarse con la prisión. Y te dejaste convencer. Volvieron a salir. Demasiado pronto te fuiste acostumbrando a su presencia. Durante aquel lapso, nunca le hablaste del padre del bebé. ¿Para qué remover y sacar a relucir el punto más bajo y deprimente del recién extinto invierno? Tampoco a ti te importó ya mucho ese tema tras la segunda cita. Fue en la sexta cuando él hizo, por su parte, una revelación inesperada. No podías creerle luego de escucharlo. El simple hecho de que alguien en apariencia tan alegre y tan lleno de vitalidad hubiera intentado suicidarse más de una vez no cupo en tu mente. Y tú, Samantha, pensabas ser la persona más autodestructiva entre tus conocidos. Estuviste durante muchos años segura de que sólo tú —de todos los seres humanos en tu radio de convivencia— eras capaz de darte un tiro en la sien pues pocas veces en tu expediente biográfico se dieron altibajos, gozos, vicisitudes o alegrías. A partir de aquella noche, el suicidio —como idea, como concepto o como demonios el mundo quisiera llamarlo— se te coló hasta lo más profundo y te emponzoñó la sangre.
Desde entonces empezaron las locuras. Y también comenzaste a amarlo. Tal vez hubieses sentido lástima al principio. Sí, lástima quizás. Luego a ella la despedazó el amor para quitarle su reino. Y al darse éste por victorioso sólo te apremiaba la imperante necesidad de evitar que volviera a intentarlo. Su muerte te habría dolido como pocas. Tal vez, a final de cuentas, sólo pensabas en ti misma. Y en evitarte un dolor tan grande. Quién sabe. También a partir de aquella cita Francis, temerario, solía afirmar que en el futuro de seguro sobreviviría a muchos otros intentos de suicidio como si desafiar a la suerte fuese una prueba de virilidad, como si su cuerpo pudiera erigirse en uno de los más resistentes del planeta; pero también te murmuraba después de la vida hay sólo vacío, la sombra de la inconsciencia y estar al tanto de eso lo contenía. Y tú no optabas por ninguno de los dos cauces pues no sabías si en eso del suicidio, como tantas veces te dijeron al crecer, había sólo cobardía o tal vez algo de bravura. Ni si lo uno y lo otro de todo lo argumentado por él al respecto constituía junto una gran contradicción.
Fuera de la oficina tus obsesiones eran pocas tirándole a nulas. De vez en cuando, sí, una obra de teatro, un concierto de la sinfónica, un buen libro o un disco de música clásica. Nada más. Nada como para provocar un entusiasmo excesivo. Con la familia lejos de Montreal, debido al éxodo de anglófonos provocado por los acontecimientos que culminaron con el referendo del noventa y cinco, los años te habían encanecido de manera prematura el cabello, los atardeceres se te habían vuelto monótonamente grises y el temperamento tan frío, cruel y pesado como los inviernos de la ciudad. Tu único desfogue lo realizabas gracias a un cuaderno plagado de pensamientos crípticos en prosa poética con los cuales pocas veces te comprometías. “Cuando la estelar voz de las nubes conspira contra el placer, los hombres se quedan sedimentados en las botellas de los náufragos” y “En el estrago sempiterno del océano, prefiero la desgarradura al embauco de una sonrisa” eran los dos más recientes antes de que Francis, por alguna razón todavía agazapada entre los enigmas del universo, viniera a perturbarlo todo para irradiar un fulgor tan inevitable como el del sol. Al menos, así fue al inicio.
Según tú, para disipar la bruma de sus pensamientos negros (ideés noires) Francis sólo necesitaba desahogarse y por eso le pediste —así como lo hizo contigo tu psicóloga muchos años atrás— escribiera un diario, el cual después nunca se atrevió a mostrarte hasta tú abrirlo aprovechando su ausencia. Le compraste una libreta en blanco, también de tapas moradas como la tuya, aunque notabas que el diseño en las cubiertas era muy diferente. El contenido de tu libreta, sin embargo, no era en estricta forma un diario. No había entradas continuas con la fecha por preludio sino, en cambio, sólo esas frases alambicadas sin bridas. Lo escribías desde hacía dieciséis años cuando tus padres te enviaron con la psicóloga por el quiebre de aquella relación obsesiva con Phillippe, un separatista radical. Entonces eras una jovencita de veintidós. La libreta de ese año dos mil cinco, el de tus treinta y ocho, la llevabas apenas a la mitad.

Este cuento y otros más se hallan en el libro electrónico e/spiral/e (I)http://www.amazon.com/dp/B00F3KCXWU