sábado, 14 de julio de 2012

Parranda sobre ruedas

El cuento que presento a continuación se publicó hace más o menos cuatro años en el número 53 de la revista literaria Estepa del Nazas. También forma parte del mismo grupo de cuentos de "Al infierno" y "Maestro en la metrópolis azul". En varias ocasiones, incluso en la novela que escribo actualmente, me he ocupado de historias sobre grupos de amigos. Esta historia en particular se ocupa del desgaste y la disolución inevitable de la amistad. Va entonces el texto:

Parranda sobre ruedas

Dos compadres con una botella, dan la mejor sentencia.
Refrán

Habían pasado alrededor de quince minutos desde su arribo y ahora estaban esperando a que las luces se encendiesen. A Gerardo ya se le agotaba la paciencia. Eran casi las cinco y cuarto y, desde hacía buen tiempo, se dedicaba a mirar de reojo el reloj. Volvieron a timbrar y luego golpearon la reja con el llavero. Al fin se hizo la luz en una de las ventanas del segundo piso. Gerardo vio cómo se encendían más lámparas conforme una sombra se acercaba con lentitud —como deshaciéndose de la modorra— hacia la puerta. Una de las dos personas que lo acompañaban dio un suspiro de alivio. Pronto les iban a abrir, mano. El otro ni siquiera se movió. Iba en estado de semiinconsciencia. De vez en cuando balbucía algo ininteligible. Después de una noche de intensa actividad, le quedaban pocos ánimos. La puerta se abrió y Gerardo observó a una mujer entrada en años, muy flaca, canosa, encorvada, casi una anciana. Asomó la cabeza. Tenía los ojos entornados y cierta expresión de enojo mezclado con cansancio. Cuando reconoció al hombre que Gerardo y su acompañante traían en brazos, la mujer gritó sin mesura:
—¡Ay, Rodolfín! ¡Otra vez me lo trajiste bien pedo!
El tipo al que ayudaba a cargar lo conocía Gerardo sólo con el sobrenombre de “El Panameño”. Esa noche lo llevaba en brazos no sólo porque el Pana estuviera bastante ebrio sino además porque, aun de no estarlo, le habría sido muy difícil caminar. Gerardo no se enteró de todos los pormenores hasta entonces. Fue Rodolfo, el primer mejor amigo del inválido, quien le contó lo sucedido y le pidió más tarde con cierta timidez que lo ayudara a llevarlo a su casa. Sí, era verdad, mano, el accidente del Pana lo despojó de su habilidad para mover las piernas. Pero eso no impedía que saliera a los antros. Le encanta. No podemos quitarle esa ilusión. Hasta sus papás cooperan. Aunque a veces se pase de rosca. Hacía años que Gerardo no lo veía. De hecho, desde la preparatoria. Ni siquiera se acordaba de su nombre, menos de su apellido. Todos lo conocían sencillamente como el Panameño. Incluso se le escapaba a Gerardo la razón de aquel gentilicio. Y sí se enteró de su accidente. Sin embargo, para entonces, fue como enterarse de un terremoto en Japón. La indiferencia se perpetuó hasta esa noche en que coincidieron y en que le ayudó a Rodolfo no sólo a subirlo a la vagoneta sino también a bajarlo de ella, timbrar, esperar a que su madre les abriera, esperar otro tanto a que le pusiera la pijama y lo acostara. Cuando regresó a su casa eran casi las siete.
No tendría mucho caso ahondar en el accidente por el cual el Panameño quedó paralítico. Accidentes como ése pululan en el orbe entero, ¿no, mano? En especial, dentro de la Comarca Lagunera donde la gente no se distingue por saber manejar muy bien que digamos. Fue, pensarás, una noche de tantas, un sábado de peda más en el que el Panameño salió a emborracharse con sus amigos de la universidad. Y de seguro, concluirás, le tocó mala suerte. Pero no fue así. No te culpo si en un principio lo pensaste. Ya ves la fama de desmadrosos que teníamos en la prepa. Sí, te equivocarías al pensar eso. ¿Cómo crees? Sí se iba de parranda. No lo niego. Siempre le ha encantado. Desde mucho antes del accidente. ¿A quién no le gusta el despapaye? Sin embargo, de caer en ese lugar común, te equivocarías. El Pana se iba al trabajo y a la universidad en bicicleta. Cargaba con mochila y celular. Estaba ahorrando para comprarse un coche y después del coche una casa mejor para los papás que la mera verdad ya están algo mayores y después se iba a comprar otro cantón para él y su novia. Y, en una de ésas, un camión de la ruta norte lo atropelló. Así de simple. El pinche chofer se hizo ojo de pulga. Nomás quedó el camión vacío al lado de un Pana ya todo chueco. Y, claro, los pasajeros que recreaban su morbo con el cuerpo sobre el asfalto. El único que se acercó para ayudarlo, después de llamar por el celular a su casa, se robó el aparatito de comunicación, la mochila y nomás no se llevó la bicicleta porque había demasiados testigos. Qué cabrón, ¿verdad? Así somos en México, bien gandallas. No se diga en La Laguna. ¿Qué se le va a hacer? Y ya desde antes del robo, él había dejado de sentir las piernas. Así es la vida. Ni modales ¿Y qué pasó con sus amigos de la universidad? La amistad dura lo que tiene que durar. Sobre todo, cuando uno hace esas amistades en la carrera. Préstame tus apuntes, dime qué encargaron de tarea para esta materia, vamos a hacer viaje. A eso se reducen las amistades hechas en la universidad, ¿o no, mano? Pero gracias a Dios los grandes amigos suyos de la carrera no eran los únicos del Panameño, ni siquiera eran los mejores. No. Sus verdaderos amigos somos nosotros, los de la prepa, los de toda la vida. A mucha honra. Nosotros estuvimos a su lado durante la convalecencia y, aunque no lo creas, seguimos a su lado hasta el día de hoy. Ni siquiera la novia aguantó tanto. Hace dos años y medio, ella se casó con otro. Los amigos aguantamos más. No somos tan traicioneros como las viejas, ¿verdad? He ahí tu caso, pensó Gerardo, el caso del fiel Rodolfo. Y lo pensó incluso horas antes de acompañarlo a dejar al Panameño. Algo de agorero tendría esa noche.

Este cuento y otros más se hallan en el volumen e/spiral/e (I)http://www.amazon.com/dp/B00F3KCXWU