martes, 26 de junio de 2012

Al infierno

Este cuento apareció hace dos años en el número 55 de la revista literaria Estepa del Nazas. Tanto en él como en algunas entradas anteriores se puede notar mi afición por el anime mencionado. Que quede claro que el epígrafe lo utilicé con toda intención paródica. Este relato es de la misma camada de "Maestro en la metrópolis azul". Va aquí el texto:

Al infierno

¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!
Manga 23 de Saint Seiya

Los niños que jugaban a ser los caballeros del Zodiaco se reunían enfrente de mi casa. Porque debería explicarle que hay un área verde enfrente de donde vivo. No es muy grande, no. Es más bien un parquecito como cualquier otro. Aunque a diferencia de cualquier-otro, los colonos lo hemos cuidado bastante, le hemos invertido muchísimo al mantenimiento. Y sí, es cierto, varios de esos niños iban a jugar ahí. Y ahora todavía siguen yendo aunque, claro, no son los mismos. Y a veces van de otras colonias. Y eso la mera verdad no me gusta nada. Ni ahora ni entonces. Harto se esfuerza una como colona para conservarlo en buen estado, ¿no le parece? Me acuerdo. Acababa de tener a mi hijo. Desde que nació, me preocupé mucho por su futuro. Lo veía con su cara sonrosada y angelical y me preguntaba con qué tipo de niños iría a asociarse cuando fuera grande. Y es que al parquecito venían de otras colonias tal como le dije. ¿Cómo eran? Me gustaría ser más diplomática pero eran humildes, más toscos, medio naquitos, ¿sabe? Y eso no me complacía. Para nada. Menos cuando pensaba que mi nene podría, algunos años después, jugar con esos niños de otras colonias en el parque de la nuestra. Porque su educación no es la misma, ¿verdad? Los niños de otras colonias de seguro van a escuelas públicas. Y ya desde recién nacido yo estaba convencida de que a mi hijo lo iba a mandar a una privada. Además, una nunca sabe qué les enseñan sus padres. Pero me estoy desviando del tema. Desde que tuve a Julito, empecé a asomarme por la ventana y los observaba mientras mecía al niño en la cuna. Y sí, es cierto, ellos se reunían en el parque que está allí, enfrente de mi casa. Aquello fue en el noventa y cuatro, si mal no me acuerdo. Hace ya diez años. Cómo pasa el tiempo, ¿verdad? Ahora veo a mi nene crecido y casi no lo puedo creer. Ya es todo un hombrecito de diez. En fin. Le decía que estos niños se juntaban enfrente de mi casa. Todos tenían más o menos la misma edad que hoy tiene mi hijo. Ocho, nueve, diez. No pasaban de diez, estoy segura. Porque, aunque no me lo crea, éstos no eran los niños de otras colonias. No. Eso es lo extraño. Aunque las manzanas podridas se dan en cualquier parte. Pero es obvio que en esas colonias de las que le cuento son más propensos a la vagancia. Ya ve cómo los sacan en las noticias. Siempre dicen de ellos “mal vivientes sin oficio ni beneficio”, ¿no? Pues sí. Parece increíble. Sin embargo, éstos eran los niños de mi calle, eran los hijos de mis vecinas. Quién lo fuera a adivinar, ¿verdad? Es cierto. Uno de ellos me atacó. Sí. Se lo juro. Es verdad. Pero mejor no me adelanto.
Le decía que yo los observaba. No se daban cuenta. Observaba también sus juegos y, a veces, cuando estaban cerca, abría la ventana y alcanzaba a escuchar sus conversaciones. De repente oía una maldición y me asustaba la idea de que mi retoño fuera a decirlas a esa edad. Después me pareció irremediable. ¿Cómo va una a evitarlo si la sociedad entera —desde las cartolandias hasta las colonias de gente bien— está viciada y podrida? Antes de embarazarme de Julito nunca me fijé en los niños ni en cómo se comportaban. Debo confesarlo. Me eran completamente indiferentes. Qué cosas, ¿no le parece? En cuanto supe que estaba embarazada, empecé a fijarme en cómo se comportaban mis sobrinos, mis primitos, los hijos de las vecinas; y en todas partes lo hacía, hasta con los niños ajenos, en el café, en misa, en el súper. Era como una fijación. Y siempre aprovechaba la oportunidad para espiarlos a ellos, a los del parque. Sí, espiarlos. Ésa es la palabra correcta, ¿no? Aun después de nacer Julito los espiaba y me espantaba saber que eran mal hablados, pelados, léperos, sinvergüenzas, iguales a los chiquillos de las otras colonias, o peor, porque ellos sí tenían acceso a revistas, libros y películas repletos de cochinadas. Contaban con el dinero de sus padres o con sus domingos para ir a las revisterías y comprar imágenes de mujeres desnudas. Y bueno, con eso del Internet, ni siquiera se iban a molestar, ¿verdad? Con estos avances de la tecnología, ¿para qué hablar? ¿Sabía usted que los sitios más visitados en Internet son los de pornografía? Perdón. Me estoy desviando de nuevo. Sí, le decía, los espiaba y me asustaba. Sin embargo, aunque no lo crea, al mismo tiempo, me atraía lo que hablaban. Me daban ganas de ver esas mismas películas, esos libros, esas revistas. No sé por qué. A veces me encerraba en el baño y me daba mucha risa repetir las maldiciones de los niños. Porque cuando una era chica, eran otros tiempos. Por lo menos, en mi familia. No sé en las de otras muchachas. En la mía, sí eran otros tiempos. Una no podía maldecir ni fumar ni emborracharse. ¡Si viera a las chamacas de hoy! Y yo repetía sus altisonancias y me daba mucha risa pensar si me escuchara mi marido, o mi madre, o mi padre, las caras que pondrían. Eso me decía. Y así, espiándolos, fue cuando oí aquellas frases que no tenían sentido para mí. No eran malas palabras. Ni siquiera sabía qué querían decir. O sea, sí las entendía. Aunque no imaginaba por qué las decían. Pero, aunque no eran maldiciones, de tan insensatas me parecieron terribles. Con esas frases empezaron mis problemas. ¿Que cuáles eran las dichosas frases? Ay, si yo le contara.

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