viernes, 25 de mayo de 2012

Maestro en la metrópolis azul

Este cuento se publicó en el número 57 de la revista Estepa del Nazas. Está marcado por dos muertes. La primera, la de mi vocación como escritor adolescente. (Mi crisis de los treinta). La segunda, años después de ser escrito, ocurrió hace algunos días. Lo reproduzco aquí para quien pueda servirle.

Maestro en la metrópolis azul

El vasallo debe presentarse ante el señor sumiso y subyugado por la culpa con que lo atan desde niño.
Saúl Rosales, “Autorretrato con Rulfo”

Mauricio McKenna no había cerrado su mochila y gracias a ese imperdonable descuido la novela desapareció. Quizás el tesoro de palabras con la dedicatoria y la firma adentro se le habría caído en el autobús. O tal vez en la calle. Con esa vacilación, salió a buscarlo por el trayecto de la parada a la puerta de su edificio. No tuvo éxito. El libro no estaba ahí. Unos minutos antes le había empezado a doler la cabeza y el insomnio de aquella noche se tornó gracias a eso involuntario. Habría sido mucho más adecuado un ejercicio de volición. Después entendió la causa de la para él invaluable pérdida. La dedicatoria escrita sobre la segunda página representaba el último y mágico brebaje para lograr revivir su sueño. Pero sueño y maestro no se correspondían del todo. No, en realidad no. El vasallaje de Mauricio McKenna no se debía a un falible ser humano tan imperfecto como cualquier otro —a pesar de llamarlo aún con sonora fanfarronería “maestro”. En lo absoluto se relacionaba ese sometimiento del hijo de inmigrantes irlandeses con la mano que garabateó la dedicatoria sobre una superficie de papel. La servidumbre estaba enlazada a un factor mucho más alto y excelso: un dulce ideal alimentado por él desde adolescente, ilusión tan cierta como mezquina a la cual vio crecer así como influir cada una de sus decisiones, un espejismo por el que —como cierto hombre de La Mancha en su versión más musical y pasteurizada— habría dado la vida y sin cuyo solaz la existencia no tendría el menor sentido. Perder la dedicatoria era, a final de cuentas, perderse a sí mismo. Y sin embargo sucedió. La única vocación había dejado de importarle y el descuido por el cual extravió el ejemplar podría considerarse —ahora, en el desvelo— como una estratagema gestada en el subconsciente o, al menos, como el certificado de una desidia que venía arrastrándose de mucho tiempo atrás.
Aprehendida ya por su entendimiento aquella conclusión, Mauricio McKenna lloró en silencio. No lo hizo a causa de haber extraviado el libro con la dedicatoria sino por imaginar el sueño marchito, vejado y sobre todo extinto. También porque ni siquiera se acordaba de la última vez en que había intentado resucitarlo, darle aunque fuera una simple transfusión de sangre. Y eso que cuando contaba veintidós años era él quien solía criticar con severidad a los académicos universitarios, algunos de ellos sus profesores en la licenciatura. Los clasificaba en su entomología particular como parásitos, microbios pergeñadores de artículos —tan sesudos como onanistas— sólo leídos entre ellos y durante sus soporíferos cónclaves para engrosar de líneas nuevas el currículo. Ahora él se contemplaba en el reflejo de sus reproches. Lloró con la quietud de quienes siempre han llevado la timidez al frente como el más impenetrable escudo porque la dedicatoria y el autógrafo debajo de ella habían sido el último vestigio de la pasión olvidada, porque aquellos trazos que ni siquiera alcanzó a escudriñar por la alegría sentida al saberlos suyos lo hicieron inmensamente feliz durante escasas horas y ahora se habían largado sin la mínima cortesía del adiós. Como a un niño debió cuidar el objeto que los custodiaba. Si años atrás dio la vida por esa locura, si juró morir antes de renunciar, si siendo joven prometió —como lo hacen los sacerdotes frente a la cruz— emprender una vida de pobreza, castidad y obediencia, qué le habría sucedido en esos senderos locos de la humanidad donde se entra a través de un paraje desértico y se recorren tundras o bosques para terminar saliendo por el mismo sitio. A lo largo de la noche en vela se preguntó varias veces en qué momento desfalleció aquella virtuosa inocencia, la del otro niño, el interior, incómodo ser a quien no hay que asesinar jamás porque al hacerlo se agota toda luz esperanzadora. Dio insomnes vueltas alrededor de la cama buscando respuestas. Sobre todo, a la cuestión principal: cuándo resurgió su renovada fantasía. Fue, sin duda, a principios de marzo.
Mauricio McKenna se había enterado del cercano arribo del maestro por el cartel del festival literario “Metrópolis azul”. Por casualidad, estaba caminando sobre Milton. Este dato no lo sorprendió después. Encontrar el anuncio a lo largo de la vía que ostenta el nombre de otro gran escritor era natural aunque no estuviera seguro de que la calle llevara el nombre por John Milton, pero qué otro Milton podrá ser, se había cuestionado muchas veces antes al deambular por ese barrio. Detuvo la marcha nomás ver el anuncio tricolor —blanco, negro y azul— sobre la puerta de la librería inglesa de segunda mano. Incansable recolector de símbolos literarios en la cotidianeidad, tampoco consideró raro descubrir el afiche sobre la puerta de esa tienda dentro de la cual casi nunca se aventuraba. A veces, cuando sobre el aparador figuraban libros en inglés de sus autores favoritos, sí se detenía para paladear rimbombantes títulos en la lengua materna ya conocidos con antelación en castellano. El nombre del maestro estaba por encima de todos los demás. No era de extrañarse. Sonaba lógico con su prestigio. Y aquella tarde, para él, la simple idea de presentarse ahí —a alguna de sus tres conferencias— le pareció fuera de tono. Un tipo tan traicionero como Mauricio McKenna, un ser maculado por la holgazanería ante el ímpetu creativo, un adepto de ciclópeas proporciones a la procrastinación que cada vez con mayor frecuencia dejaba sus textos inconclusos, ¿alguien así iba a atreverse a estar cerca de uno de los escritores más laureados en lengua española? Unos pasos más adelante y al recordarse que se había nutrido con suma devoción de casi toda su obra —pues cómo seguirle el paso a tal prodigio capaz de publicar uno o dos volúmenes al año— se convenció de lo opuesto. Mauricio McKenna tenía, al fin y al cabo, el derecho a asistir por lo menos a una de las conferencias y a encontrarse en el mismo espacio que el maestro. Y eso porque, alguna vez ya difuminada en su borroso pasado, cuando era todavía muy ingenuo, quiso también ser escritor. Ése había sido siempre su anhelo, a pesar de haber nacido con el idioma incorrecto y en el país equivocado.
El inglés era su lengua materna. Innecesario negarlo. Ese idioma, durante ya mucho tiempo tan ajeno como aborrecido, se lo debía a sus padres, inmigrantes irlandeses. Cuando los visitaba cada quincena salía de ahí prometiéndose no volver. Sobre todo durante los últimos años en los cuales se percataba de que su amor por la literatura en lengua española no había resultado ser tan fuerte como se lo imaginó. Al contrario. A las primeras de cambio, poco después de conquistar la tercera década, flaqueó. Si había dejado de creer en todo —en la iglesia, en el dios de los papas romanos, en el maldito gobierno, en el matrimonio, en la amistad, en su propia familia— siempre pensó que la literatura se conservaría incólume sobre el altar de sus fervores. No supo en qué momento, pero conforme sus pasos avanzaron por el vital sendero, conforme dejó sobre páginas sus ideas y frustraciones, conforme brotaron en verdaderos saqueos de la realidad narraciones y personajes —a veces expandidos, a veces minimizados— él se fue secando. No le quedaron más palabras ni más voz en el sistema lingüístico dentro del cual ni siquiera había sido elegido para nacer. Se agotó. Para su desgracia, el matrimonio McKenna no se había dignado a apellidarse Martínez ni Pérez ni Fernández. Era una mala racha de cuya ascendencia quizás nunca iba a reponerse.

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