lunes, 2 de enero de 2012

Estrellas de panteón (III)


Parte 2
* * *
El elevador no estaba solo cuando Rita entró en él un poco avergonzada porque aquel hombre iba elegantemente vestido. Hasta le dio pena mostrarse ante él con su pijama rosa. El hombre, sin embargo, no se quedó callado. Hola, gatita, qué bonita pijama, ¿a qué hora te la quitas? De la vergüenza pasó a la indignación y no se dejó amedrentar por la prepotencia del individuo. ¿Cuál gatita?, no sea majadero, y lo de la pijama no se lo contesto porque a diferencia de otros sí tengo educación. Tienes, más bien, una belleza exótica, le dijo con un pronunciado acento británico. Soy casada, no me moleste. Aquello no pareció impresionar al inglés, quien se acercó mientras Rita contaba los segundos en los que el elevador bajaba al vestíbulo. ¿Y qué?, eso no importa, en este hotel hay muchas señoras casadas a las que de poco les ha valido el matrimonio cuando están cerca de mí. No me importa, yo amo a mi esposo y si esas señoras no amaban a los suyos es su problema, de seguro usted es uno de ésos que no dejan pasar ninguna falda. No soy un don Juan, minina, soy un Marco Antonio en busca de su Cleopatra perdida hace mucho tiempo. No le creo. Como quieras, deberías sentirte halagada, no ando con cualquiera, soy muy selectivo con mis gatitas y le rehuyo especialmente a los turbantes azules. No le entiendo. Hay una vieja maniática en este hotel que va de arriba a abajo buscándome y diciendo que fue mi esposa, qué tontería, yo nunca hubiera tenido una esposa tan vieja, fea y gorda, mejor hablemos de ti, ¿cómo te llamas? No le importa. Por fin el elevador se detuvo. No te vayas, yo me llamo Richard. Qué bueno y con permiso. Imaginó que la seguiría. Sin embargo, el hombre permaneció en el elevador hasta que se cerró.
De repente le dieron ganas de orinar y entró en el baño de mujeres. Mientras meaba, escuchó golpes y susurros. Era una conversación entre dos actrices jóvenes. Cada vez, subía más de tono. No me interesa lo que digas, soy la mejor actriz de Hollywood y del mundo. Tú habrás podido haber ganado el Óscar esta noche, pero me pertenece por derecho, dámelo. Uy, sí, cómo no, mira la señora, ¡pues no!, bastante trabajo me costó. Ya lo sé, abriendo las piernas, querida. No tanto como tú abriste la boca, mimosa. Ya verás, ese Óscar es mío. No, es mío, la Academia me lo dio a mí y ahora te aguantas, espérate hasta el próximo año. No me la pasé cogiendo con casi todos los miembros de la Academia para que me obviaran. Lo mismo digo yo, hasta al conserje del estudio me eché. Es mío. No, mío. Rita salió del escusado. Las mujeres empezaron a forcejear con la estatuilla dorada hasta que se hicieron de jalones de pelo y bofetadas. ¡Mío! ¡No, es mío! A Rita, la escena sólo le provocó risa. El mismo patrón se repetía a todo lo ancho y largo del hotel. Esas dos mujeres, aunque más jóvenes, eran iguales a las que vio en el cuarto contiguo al suyo peleándose por saber quién era la más perra de Hollywood. Después de evitar a los dos espectros, lavarse las manos y volver a reír con el festín de zarpazos, salió.

Más en la Parte 4

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